Me levanté, la alcé estirándola por un brazo y la sábana resbaló. Era tal como había imaginado, no llevaba ni bragas ni nada. Me imagino que es normal que en aquel momento pensara en su raja y en sus labios; sí, sentí unas condenadas ganas de echarle un polvo, fue un pensamiento que me atravesó como un relámpago. Me quedé grogui durante un minuto y a continuación la hice sentar en la cama. Conseguí echar mano a una camiseta que estaba en el suelo. Increíble, santo Dios, todos aquellos platos de cartón tirados por la moqueta, era increíble, con cosas pegadas y secas y aplastadas y pieles de naranja y colillas de cinco centímetros planadas en botes de yogur. Aparte de eso era una habitación normal, mcluso tenía ese gusto de los cacharros que se ven en los catálogos, como las cosas que se hacen habitualmente.
Ella se dejó hacer mientras le ponía la camiseta, pero no hizo ni un solo gesto para ayudarme y más bien mantenía los ojos en el vacío; en fin, prefería eso a un ataque de nervios o a que me dijera bueno, a ver, por qué te metes, nadie te ha llamado, lárgate antes de que te saque los ojos.
No perdí el tiempo buscando sus cosas, simplemente enrollé la sabana alrededor de su cintura y la arrastré. Recorrí la casa en sentido contrario, en la oscuridad. Ella se dejaba llevar por aquellas malditas escaleras y gimoteaba quedamente, pero yo no prestaba atención a ese detalle, trataba de no romperme la crisma con ella y tenía bolas de fuego en los pulmones, porque era una noche cálida y me faltaba un poco el aire.
En la sala se cayó de rodillas, se dobló en dos. Volví a levantarla, no es fácil levantar a una chica que no dice ni una palabra y que abandona. La tomé en brazos y le metí la sábana entre las piernas para que no la fuera arrastrando por el suelo, quería tener todas las bazas a mi favor.
Evité cuidadosamente las astillas de cristal al atravesar la ventana, y cuando puse un pie en la terraza sentí en la cara un poco de aire fresco que me devolvió un mínimo de confianza. Tuve la impresión de que habíamos salido bastante airosos los dos y que después de todo, ella tampoco pesaba tanto. Me concedí un segundo de descanso para mandarle una sonrisa a las estrellas. Hay una cosa importante en la vida: debemos dar gracias al cielo de cuando en cuando si queremos tener posibilidades de continuar.
El coche estaba a un centenar de metros, no era el fin del mundo. Avancé por la acera con aquella hermosa chica en brazos. Hacía buen tiempo. Hacía realmente un tiempo bueno aquella noche y naturalmente yo estaba lejos de esperar una sorpresa así. Simplemente lo vi saltar al lado, exactamente entre dos coches y no sé con qué me dio. El cacharro no brilló como un relámpago, pero yo sentí la impresión de haberme partido en dos. Las lucecitas de la zona se pusieron a bailar y caí de rodillas. Conservaba toda mi lucidez y me dije ahora va a acabar contigo, no puedes ni moverte, su primer golpe te ha paralizado totalmente y ahora va a hacer correr tu sangre por la acera. Los periódicos van llenos de historias de ese tipo, pasan a cada rato. El segundo golpe me dio en la cabeza y salí despedido hacia delante. Quedé tendido y me abrí la frente con el reborde de cemento.
Nina lanzó un grito al verme. A través de una cortina de sangre, o casi, vi que el tipo dudaba, y justo en aquel momento un coche dio la vuelta a la esquina y el cerdo ese se largó corriendo. No me incorporé inmediatamente. Saboreé durante un momento la tibieza del asfalto en mi espalda, estaba aún sonado pero vivo. Estoy contento, pensé, estoy contento, podré terminar mi novela. Oí que Nina discutía con alguien; seguramente había hecho parar al coche que venía por la calle. Sonó un portazo y a continuación un individuo se inclinó sobre mí. Era del tipo indefinible, con los hombros caídos y un vago pliegue en los pantalones. Le sonreí y le tendí mi blanca mano para tratar de levantarme, pero se apartó rápidamente.
– Vaya, está usted mal, ¿eh?… -tartamudeó.
– Ya está -dije-. Quiero levantarme.
– Oiga, ¿y qué le ha pasado?
– Me han agredido. Estaría mejor de pie -insistí.
– ¡Eh! ¡Fíjese! ¡Está usted herido! -exclamó.
Enseguida me di cuenta, era uno de esos funcionarios a dos pasos de la jubilación, con cojines nuevos en el coche y patines de felpa para no ensuciar el suelo de su condenada casa.
– Papaíto, por Dios, no me dejes en el suelo. Soy un ser humano. Simplemente quiero levantarme. Eso es todo.
Pero me quedé con la mano tendida hacia su cara. No recuerdo cuánto tiempo estuve así, e incluso traté de mandarle una sonrisa; soy un ángel herido que trata de volar hacia el cielo, no me dejes morir en este desierto, pensé, no en este maldito suburbio.
El tipo retrocedió lentamente meneando la cabeza. Me incorporé un poco, apoyándome en el codo.
– ¡¡ABANDONO DE PERSONA EN PELIGRO!!- grité. Empujó a Nina, que estaba delante de la puerta, y subió rápidamente a su coche.
– ¡¡APUNTA LA MATRÍCULA DE ESE HIJOPUTA!! -vociferé-. ¡¡RECUERDA TODOS LOS DETALLES!!
Oí que el coche arrancaba, e inmediatamente después volvió el silencio. Luego, para mi sorpresa, me puse de pie sin ninguna dificultad, sin sentir ningún dolor en particular, sólo un poco en la cabeza. Vi a Nina plantada en medio de la calle, inmóvil, enrollada en su sábana como un marisco de los mares cálidos, y me acerqué a ella.
– Está todo controlado -le dije-. El coche está ahí al lado.
Como no se movía, le di la espalda y me dirigí hacia el coche. Me siguió.
– ¿Te duele? -preguntó.
– Qué cosas tan raras -dije.
– Lo siento.
Le abrí la puerta y me quedé aferrado al picaporte. Le previne:
– Es una tontería -dije-, pero creo que voy a desmayarme.
Nina me asió por un brazo.
– ¡Oh, no! ¡Aguanta! -exclamó.
– Me coge el pasmo…
– No me dejes sola.
– Soy un escritor -le dije-. Resistiré.
10
Me desperté en el hospital, justo al pasar la puerta con una chica bajo cada brazo. Sentía que mis pies iban arrastrándose por ahí atrás. Las chicas me abandonaron en un asiento y fueron a discutir del asunto con dos tipos jóvenes que llevaban bata blanca y que fumaban tranquilamente al fondo de un pasillo. Los tipos no se precipitaron en absoluto, y poco faltó para que me quedara dormido con el ronroneo de los neones y con mi sangre perlando el linóleo. La cosa duró un rato, y a continuación me levanté, abrí la puerta principal y me encontré afuera. Qué noche, me dije. Avancé por la acera buscando el coche con la mirada y oí que se me acercaban por detrás.
Subí al coche y me instalé tras el volante. Ellas se detuvieron, me miraron a través del parabrisas y luego subieron. No tenía nada que decirles. Me sentía en una fase depresiva, y pensaba que la cosa iría mejor si lograba llegar a mi casa y podía estirarme un poco, Para olvidar todo ese horror y la fuerza del destino.
– No encuentro las llaves -dije.
– Qué imbécil llega a ser -dijo Sylvie-. Es el típico tío que puede leernos una cosa así.
A esa tipa tendría que haberla hecho pedazos la primera vez que a vi. No la miré, no le contesté y tendí la mano para que me pasara las putas llaves.
– Oye -dijo Nina-, no te hagas el imbécil. No puedes quedarte así.
– Bueno, pero estoy cansado. Y ya no sangra.
Sylvie soltó una risita aguda, se inclinó por encima del respaldo delantero y empuñó el retrovisor. Lo dirigió hacia mi cara.
– Mírate -dijo-. Dentro de treinta segundos no te quedará ni una gota. Nos quedaremos tranquilas.
– Escucha, no hagas tonterías -añadió Nina.
Miré largo rato el cielo negro, con un limpiaparabrisas plantado justo en el centro de mi campo visual. Debían de ser las dos o las tres de la madrugada; había un montón de estrellas, y nada que me animara excesivamente. La entrada del hospital parecía un túnel luminoso. Pronto cumplirás treinta y cuatro años, me dije, y tus posibilidades de realizar un acto de valentía, cada vez son menores; tu cuerpo ya no querrá saber nada de eso, y además tienen razón, no te van a matar, HAZLO.