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Miré un momento entre sus piernas el tejido amarillo que se le pegaba a los muslos. Esa imagen barría con todo en mi cerebro. El veneno empezaba a correr por mis venas, y hasta que terminó la partida no pensé más que en una cosa, en una única cosa, en meterme en su vagina.

Estuve sufriendo durante todo el resto de la partida, plegado en mi silla con el pito tieso y aplastándose contra los botones de hierro de los tejanos. No lograba concentrarme y ya habíamos perdido, por mi culpa, varias buenas manos; pero el póquer no es nada comparado con el Juego Supremo, unos cuantos billetes muertos contra algo vivo. Soñaba dos tetas empapadas de sudor cuando le di una mala carta a Yan. No vi las miradas que me lanzaba. En esa mano perdí un mes en las islas, y una segunda vez vi volar el equivalente a un magnetoscopio del tipo zona superior de la gama, que me habría permitido pasarme días enteros viendo películas, con una reserva de cigarrillos y cervezas. Todo eso volaba de golpe y por culpa mía, pero me importaba un comino; lo único que quería era acostarme con Nina lo antes posible.

Los tipos se quedaron todavía un buen rato, y mientras tanto llegó el amiguito de Yan. Vi que se besaban en la oscuridad, muy rápidamente, porque esperábamos a Yan para repartir. Era un tipo de unos dieciocho años, no más, con el cabello rubio y los ojos maquillados. Se sentó en un rincón sin concederle ni una mirada a nadie, con las piernas cruzadas y los puños hundidos en los bolsillos de su chaqueta.

Yan propuso que se fijara una hora para el término de la partida. A los otros la cosa les pareció totalmente normal, perdían un buen pastón pero ni chistaron. A lo mejor tenían dinero para perder, o tal vez se habrían pasado la noche metiéndole ese dinero a una tragaperras, aunque la tragaperras estuviera estropeada; así que nos quedamos con la pasta.

El compañero de Yan se levantó un momento y nos distribuyó unas cervezas. Hizo una pausa antes de pasarme la mía:

– Oye, ¿tú eres el que escribes esos poemas? -me preguntó.

– No -le dije-, ¿o te refieres a esas cosas tipo búscame el nudo…?

– Claro, a eso.

– Yan -declaré-, ya lo ves, date cuenta de que todo está jugado por anticipado.

Pero el muy cerdo no levantó los ojos de su juego. Luego liquidamos las últimas manos y los tipos se tomaron una última copa mirando a Nina. Se me hizo muy largo, creí que no iba a terminar nunca y el día estaba a punto de llegar. Debían de ser las cuatro de la madrugada y se tiraron una enormidad de tiempo diciendo gilipolleces en la acera, buscando por todas partes las jodidas llaves de su puto coche. Todos estábamos afuera y los vimos arrancar en la madrugada, rasgar unas hebras de bruma rosada, escalar lo alto de la calle y doblar a la derecha justo después del semáforo. Y volvió el silencio. Di media vuelta para entrar en la casa, y el tipo de dieciocho años estaba plantado justo detrás mío.

Le dediqué una sonrisa.

– Me gusta todo esto, me gusta el silencio y la madrugada irreal -me burlé-. Me gustan todas esas cosas de tipo búscame el nudo, ¿sabes?

– De forma general, no puedo cargarme toda la poesía -dijo.

– Eso está bien -le dije-. Sigue así…

Yan juntó las cartas bostezando, amontonamos todos los billetes encima de la mesa y nos repartimos el dinero. Buenas noches, dije mientras saludaba a todo el mundo con mi paquete de pasta. Nina me alcanzó en la escalera y entramos en una habitación. Ella se lanzó sobre la cama, y de verdad que no había sido preparado con antelación, pero dos o tres rayos de sol pasaban a través de las persianas y resbalaban sobre su cuerpo, cortándola en rodajas. Me senté a su lado, adelanté una mano entre los hilos de luz y la moví lentamente a través de ellos. Me dejé aturdir por el olor de sexo que perfumaba delicadamente la habitación. Poco a poco el sol empezó a trepar por las paredes, y yo la penetré tomándome todo el tiempo del mundo.

12

Me desperté antes que ella, cerca del mediodía, y la casa estaba silenciosa y tibia. Me costó un rato comprender que estábamos en la habitación de Annie. A continuación recordé que Yan me había explicado no sé exactamente qué acerca de ella, en todo caso que se había ido durante unos días. Pensé en ella, imaginé que volvía a su habitación y me encontraba enrollado en sus sábanas, con ese abominable par de cojones y con barba de tres días. Me levanté silenciosamente, me puse los pantalones, y bajé. Hacía buen tiempo, el piso de la cocina estaba caliente bajo mis pies y hurgué vagamente en los armarios buscando el café. Puse agua al fuego, me quedé de pie frente a la olla, y esperé tranquilamente a que aparecieran las burbujas, balanceándome sobre uno y otro pie.

Al cabo de un momento empecé a sentirme realmente raro, como un tipo que vuelve lentamente en sí después de un desvanecimiento, incluso la luz exterior me parecía diferente. No era nuevo para mí, no era la primera vez que me pasaba. Y sin embargo habría jurado que la vida con Nina era formidable, había degustado cada minuto hasta en los menores detalles; no entendía por qué me sentía tan jodido así de golpe.

Fui hasta la ventana y miré la calle durante largo rato. Miré a la gente que pasaba por la acera. Era un espectáculo bastante triste y bastaba para fastidiarte el día, pero me di cuenta demasiado tarde. Así que me encontré con la frente apoyada en el vidrio mientra Yan me acariciaba el hombro.

– Qué tonterías -dijo-. Es un día hermoso.

Su voz me parecía lejana, y su mano falta de vida.

– Oye -le dije- ¿podrías prestarme tu coche?

– No. Ella se va a creer que yo tengo algo que ver.

– Qué va. Esta vez le dices que se trata de una cosa grave, que me han llamado con urgencia…

– ¿Y quién podría llamarte con urgencia a ti? -preguntó.

– No estoy de broma -le dije.

Me soltó el hombro sin contestarme, y yo puse mala cara mientras se servía una gran taza de café. Di vueltas a su alrededor rechinando los dientes. Nina podía despertarse de un momento a otro.

– Oye -le dije-, en todo caso tú podrías pedirme cualquier cosa, y yo la haría sin ni siquiera tratar de entender.

– Es demasiado fuerte -señaló Yan-. Te pasas mucho.

– Me cago en la puta. He hecho lo que decían. He seguido el asunto al pie de la letra.

Colocó la taza en un rincón de la mesa y sacó las llaves del bolsillo. Las sostuvo en el aire.

– Me molestaría que te suicidaras en mi coche -dijo-. Acaban de ponerme la caja de cambios nueva.

– Vale, tranquilo, que no voy a ir por ahí como un loco.

Corrí hasta la habitación para recuperar mis cosas, y giré en torno a la cama más silencioso que una serpiente y con la mirada clavada en aquel cuerpo dormido. Me reí porque era duro luchar contra eso. Me quedé plantado a su lado con aquel deseo enloquecido que me invadía, pero no hice ni el menor gesto. Respiraba tranquilamente, e hice chasquear una por una las articulaciones de todos mis dedos. Estuve así al menos cinco minutos, apuñalan dome con sus rizos rubios. Ella me daba la espalda, con las piel ñas plegadas sobre el vientre, y me largué antes de que su raja hi meda me hiciera caer de rodillas. Me largué antes de volverme totalmente loco.

Yan alzó los ojos al cielo cuando me vio pasar, y yo recordé que olvidaba algo, así que di media vuelta.

– Mierda, me olvidaba de los papeles del coche -le dije.

– Están debajo del asiento. Pero, a ver, ¿qué es lo que no funciona con Nina? ¿Por qué te buscas todas esas historias?

Abrí la nevera, cogí dos o tres cervezas para el camino y cerré la puerta pensando, porque era mi único amigo y no quería contestarle con cualquier tontería.

– ¿Sabes qué es lo mejor del mundo? -le pregunté.

– Suéltalo, te estoy escuchando -me dijo.

– Sentirse como al principio de la propia vida.

– Vale, bebé. Pero no te olvides de devolver el coche cuando hayas terminado.

Era un «Mercedes» amarillo descapotable, con los asientos de cuero negro. Me encantaba pasearme en ese coche, sobre todo porque esta vez iba con los bolsillos repletos de dinero y estaba dispuesto a tirarlo por la ventana. La pasta siempre me da ganas de hacer gilipolleces con una sonrisa en los labios. Atravesé la ciudad conduciendo lentamente, con un cassette de María Callas a todo volumen, Manon Lescaut, acto IV, y tratando de coger el máximo de semáforos en rojo. Las chicas de la acera me miraban, y también los tíos, pero de forma menos agradable, sobre todo los que ya no esperaban nada de la vida y les cogía el sofoco detrás del parabrisas de sus cochecitos cutres. Cada vez me ponía de nuevo en marcha acompañado por un concierto de bocinas, sabía que les ofrecía una imagen insoportable, a pleno sol y en un día laborable. Puede que hasta estuviera bronceado como un cerdo y el «Mercedes» lanzara destellos en todas direcciones, pero mientras uno de aquellos majaras no se bajara de su cacharro con una manivela en la mano, yo iba a seguir fastidiándolos. Me cagaba en todos ellos, y a los que me parecían más tarados los miraba directamente a los ojos.