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Al cabo de trescientos metros acabé por dirigirme al pobre chico, que resoplaba como un condenado.

– ¡Coño, suelta esa jodida puerta o te va a dar un ataque! Tienes los labios totalmente amoratados, muchacho.

Me contestó con una mueca y siguió aferrándose, cuando la verdad es que no tenía ni la menor oportunidad. Lo felicité interiormente por su valor y a continuación me acerqué todo lo posible al borde de la carretera. El tipo desapareció en la cuneta con un ruido de hojas secas removidas.

La chica lloriqueaba suavemente apoyada en mi hombro y acariciándose la mejilla, y debo decir que yo, que tengo buena experiencia en eso de las lágrimas, vi que la cosa no iba en broma, había algo que andaba realmente mal. Por otra parte, no me gustaba nada que estuviera pegada a mí, y no sólo porque estaba sudando y porque era gorda y fofa, sino porque en general no me gusta el contacto físico con la gente. La aparté explicándole que así no podía conducir y que nos arriesgábamos a tener un accidente, y entonces ella inundó el asiento con lágrimas gordas como puños y se puso a gritar:

– ¡¡¿¿QUÉ MIERDA PUEDO HACER…??!! ¡¡¿¿QUÉ PUEDE IMPORTARME MORIR, EH??!!

– Vale ya, ¿no? No tengo ganas de oír tonterías de ese tipo -dije yo.

Estábamos en pleno campo, sólo había cables de teléfono a lo largo de la carretera columpiándose en el aire caliente, y ella continuaba llorando y sonriendo ruidosamente. Me detuve. Cogí una cerveza de debajo de mi asiento y la abrí de inmediato. Era un lugar particularmente desierto, definitivamente cocido por el sol y cubierto por un polvo muy fino. No era lo más adecuado para levantar la moral y yo mismo sentía algo indefinible, algo así como la borrachera del absurdo.

Busqué nerviosamente la segunda cerveza, pero fue en vano; Pensé que tal vez había rodado hacia atrás, así que me incliné por encima de mi asiento y lo primero que vi fue el tapón abandonado encima del asiento. Oh, no, pensé, y encontré en el suelo la botella vacía. Me quedé totalmente cortado.

– Ese cerdo de mierda se ha bebido mi cerveza a escondidas -logré articular.

La chica tenía los ojos enrojecidos e hinchados y el pelo pegado en la cara, en todas direcciones.

– Bueno, a ver -le dije-, trata de hacer un esfuerzo. Deja ya de llorar…

Levantó las rodillas hasta apoyarlas en el pecho, las rodeó con sus brazos y echó la cabeza hacia atrás para mirar el cielo. Un inmenso lagarto verde atravesó la carretera precisamente en aquel momento, pero no dije nada porque seguro que la cosa no le habría interesado; tal vez fuera mejor dejarla en paz. Volví a arrancar sin decir ni una palabra más. Creí que ya se había calmado un poco, pero inmediatamente volvió a la carga sacudiendo la cabeza de derecha a izquierda.

– ¿Por qué tengo que ser tan fea? -dijo-. ¿Por qué pasan cosas así?

– No sé -dije yo-. No quiero explicarte cuentos.

– Es normal que no pare ni un solo tío… Cómo les va a parecer agradable viendo esto, toda esta porquería…

Se agarraba sus michelines llorando y se trituraba los muslos, dejando amplias marcas blancas en la piel que le duraban unos cuantos segundos; creo que de haber podido se habría cortado en pedazos. De pronto se puso a gritar mira, fíjate bien, mientras se quitaba la camiseta y la carretera seguía increíblemente desierta. Yo no iba demasiado deprisa y la miraba, y ella tan pronto reía como lloraba. Tenía unos pechos enormes para su edad, con pezones muy rojos, casi violeta. ¿Has visto qué maravillas?, sollozaba, ¿te das cuenta? Yo no contestaba pero me daba cuenta, casi llegaba a comprenderla. Ella se enjugó las lágrimas aplastándose los ojos con las manos abiertas, y a continuación se hundió en el asiento y levantó las caderas para quitarse el short; las bragas también bajaron. Tenía la piel muy blanca excepto donde el sol le había dado, en brazos y piernas; era como si se hubiera caído a cuatro patas en una bañera medio llena de mercurocromo.

Se colocó en una especie de postura imbécil, con las manos cruzadas detrás de la nuca, una pierna plegada bajo las nalgas y las ojillas separadas, y me miraba con ojos enloquecidos.

– ¡Caray, tío! -soltó-. Parece que te quedas muy tranquilo en tu rinconcito, ¿eh? ¿No te excito? ¿A qué se debe que aún no te hayas enamorado enloquecidamente de mi cuerpo?

Esperé una docena de segundos y luego puse una mano en sus muslos. Sentí que se ponía rígida.

– Recuerdo a una mujer de ciento dos kilos -dije-. Era bastante mayor. Pero era totalmente imposible aburrirse con ella, ¿sabes?, y en la cama era como si bajara directamente del cielo; siempre me da un cosquilleo cuando pienso en ella. Bueno, vamos a buscar un sitio tranquilo, vamos a estirar esos putos asientos y vas a ver…

De golpe dejó de llorar y cruzó las piernas, pero yo seguí aferrado a su muslo.

– Tienes suerte al haberte topado conmigo -añadí-. Soy totalmente indiferente a la belleza física. Me fastidia.

Me quité la camiseta con una mano y me enjugué el cuerpo y la cara con ella. El campo estaba derritiéndose a nuestro alrededor.

– Santo Dios -aseguré-, estoy más caliente que un mono.

13

Llegamos a nuestro destino a última hora de la tarde, porque ella se había empeñado en parar en la ciudad para hacer unas pequeñas compras. Pasamos por el cedazo todas las panaderías del lugar para tener un surtido de esas porquerías blandas, perfumadas y transparentes en forma de oso, de cocodrilo y de pezón. Vas a ver, le encantan estas cosas, me había explicado, no lo veo más que una vez al año, lo adoro, su mujer ha muerto y soy la única de la familia que viene a verlo. Por mi parte, también había puesto algunos billetes para redondear las provisiones del abuelo. Nos pusimos nuevamente en camino con varios kilos de golosinas apilados en el asiento trasero.

La chica estaba de buen humor desde hacía un buen rato; se había puesto unos pantalones y una inmensa camisa a cuadros amarillos y negros; aquella ropa le sentaba bastante bien. Se había recogido el cabello hacia atrás, y cuando se reía uno podía encontrar cierto encanto en su cara, aunque sólo fuera por el brillo de la mirada o el grosor de los labios, aunque el resto no estuviera a la altura.

A fin de cuentas, no había pasado nada entre nosotros dos. Si ella hubiera jugado la partida hasta el final, le habría pegado un buen polvo, porque lo que me faltaban no eran precisamente las ganas, me bastaba con imaginar su raja húmeda y pegada al cuero del asiento, o su enorme culo blanco. De forma general puedo enfilarme con las nueve décimas partes de las mujeres que estén mínimamente vivas. Lo único que me detiene, y que reduce mi marca a un miserable puñado, es lo que ocurre después. Quiero decir que te das cuenta de que estás con una mujer cuando aún tienes el pito lleno de pringue, y te preguntas qué mierda estás haciendo allí, con las mandíbulas apretadas y planeando el mejor sistema para llegar hasta la escalera de los incendios. Formo parte de ese grupo de tipos angustiados, y eso era lo que me inquietaba un poco con esa chica, que veía mal la continuación del viaje con ella una vez que hubiera salido de entre sus piernas. Pero ahora ya no podía echarme atrás, había llegado demasiado lejos con el torso desnudo y recocido por el sol, y aquella chorra que se había puesto en pelotas en un momento de chifladura. Mierda, soy un desgraciado, pensé, pero voy a tomar el primer camino que se aleje un poco de la carretera.

Lo hice así y nos encontramos en un camino de tierra, lleno de baches, y en medio de grillos excitados. Logré aparcar bajo un árbol. Salté por encima de la portezuela y le hice una señal para que me siguiera. Era necesario tener algo muy importante que hacer para dar uno o dos pasos con aquel calor, era necesario tener realmente muchas ganas. Cuando me giré vi que la chica no me seguía. Volví al coche.

Ella no se había movido, simplemente tenía la cabeza baja y apretaba sus shorts contra el pecho.