– ¿Había quedado Kate con alguien?
Ruby se apartó de la cara los mechones del pelo que el viento de las alturas zarandeaba.
– No tengo ni idea. Kate no me dijo nada. O sí, ahora que me acuerdo -se corrigió-: me dijo que se iba a acostar temprano. Al día siguiente nos esperaba una jornada de trabajo muy dura.
– ¿Su empresa contrató a la estilista?
– Sí. Kate empezó el rodaje ayer, como todos los demás.
Ruby ya no fumaba: mordisqueaba metódicamente una cerilla que había sacado de una caja.
– ¿Tenía alguna relación especial con algún miembro del equipo? -quiso saber Epkeen.
– ¿Quiere decir anal?
– Muy gracioso. Ahora que lo dice, creo recordar que era usted ferviente partidaria de esa clase de relación.
– Es usted un grosero.
– Se le disculpa esta salida de tono, pero será la última. Volviendo a lo que nos ocupa: ¿tenía Kate alguna relación especial con algún miembro del equipo?
– ¡No!
– ¿Consumía drogas?
– ¿Cómo quiere que lo sepa?
– El negocio del espectáculo es un aspirador de coca, no me diga que no lo sabía.
– Yo no trabajo en el negocio del espectáculo -gruñó Ruby.
– Sin embargo vive con el dentista de las estrellas; debe de tener cenas apasionantes con presentadores de televisión, modelos, publicistas…
Ruby pretendía odiar la vulgaridad del dinero y la mayor parte de la gente relacionada con ese mundo.
– ¿Adónde quiere llegar, inspector Gadget?
Los ojos de Ruby tenían un brillo perverso.
– ¿No le pareció que Kate estaba distinta últimamente? -prosiguió Epkeen.
– No.
– ¿Irritable? ¿Impaciente?
– No.
– ¿Le conoce algún amante?
– No especialmente.
– ¿Eso qué quiere decir, que cambiaba a menudo de amante?
– Como todas las chicas de veintidós años que no cometen la estupidez de enamorarse del primero que pasa.
Veintidós años: la edad de Ruby cuando la conoció en el concierto de Nine Inch Nails. En otra vida.
– ¿Tenía Kate preferencias? ¿Un tipo de hombre en particular?
– No lo sé.
– ¿Hombres negros?
– Le he dicho que no tengo ni idea.
– ¿Cena a menudo con gente a la que no conoce?
Ruby arqueó una ceja finamente dibujada con lápiz de maquillaje. No hubo más reacción que ésa.
– ¿Y bien?
– Kate tenía veinte años menos que yo -se impacientó-, y era una chica angustiada muy reservada. ¿Hay que repetirle las cosas diez veces para que las comprenda?
– Dieciocho -contestó-: es la teoría de John Cage.
– ¿Ahora le interesa el arte conceptual?
Intercambiaron una sonrisa cáustica.
– ¿Nadie trató de ver o de ponerse en contacto con Kate ayer? -continuó Epkeen.
– No, que yo sepa.
– ¿Le habló alguna vez de algún ex?
– No.
– ¿De alguna cita?
– No -se impacientó Ruby-. Le repito que teníamos un día muy duro de rodaje. Nos separamos en el aparcamiento, yo me fui a buscar los cabestros al club de hípica y ya no la volví a ver…
Epkeen sintió un escalofrío, pese a que había vuelto a lucir el sol.
– ¿Cabestros?
– Ya sabe, esa especie de correas largas que se les colocan a los caballos al cuello cuando se ponen nerviosos -ironizó ella.
– ¿Qué pasa con ellos?
– Están en el guión del videoclip -explicó la asistente de producción-: «unas furias se abaten sobre los cuatro demonios de la noche, les ponen un cabestro al cuello y los azotan para que tiren de su reina…». ¿No le gusta el imaginario del death metal, teniente?… Y eso que le gusta hacer de caballo, ¿no?
Lo invadió una duda. Enorme.
Tara.
Su encuentro inesperado en la playa. Su noche de amazona.
Brian conocía a su demonio de memoria: la sonrisa de oreja a oreja que lucía Ruby era demasiado bonita para ser honrada. Había contratado a Tara para seducirlo, había contratado los servicios de una profesional para embrujarlo y luego dejarlo tirado, como una mancha de semen en las sábanas…
– ¿No se encuentra bien, teniente?
Ruby seguía sonriendo, con la indiferencia criminal de la gata ante el ratón.
– ¿Qué club de hípica? -preguntó.
– Noordhoek.
Epkeen se recuperó de sus sudores fríos. Noordhoek: nada que ver con la playa de Muizenberg, donde había conocido a la amazona… Joder, se estaba volviendo paranoico del todo con esas historias.
– ¿Qué vehículo tenía Kate cuando se separaron en el aparcamiento? -prosiguió, ya recuperado del susto.
– Un Porsche Coupe.
Habían encontrado el coche en la cornisa, a dos kilómetros de su casa… Plantada en medio de la brisa, Ruby lo miraba con un aire lacónico.
– ¿Es todo lo que puede decirme?
– Me estoy esforzando al máximo -replicó ella.
– Pues no aporta usted gran cosa, señorita.
– Señora -rectificó ella.
– ¿Ah, sí? ¿Desde cuándo?
– ¡No pensaría usted que iba a invitarlo a mi boda! -se burló, disfrutando el momento.
– Le habría llevado unas flores de hierro -dijo Brian, haciéndole ojitos.
– Qué bien conoce la sensibilidad de las mujeres… Y ahora, si tiene alguna pregunta inteligente que hacerme, encuéntrela rápido, porque tengo otros cuatro especímenes de su estilo con los que lidiar, la lluvia nos ha desbaratado el decorado, y vamos con retraso.
– The show must go on.
– ¡¿Cómo que The show must go on?! -repitió ella, sin entenderlo.
– La muerte de Kate no parece haberla conmovido demasiado.
– Por desgracia para mí, ya he pasado el duelo de muchas cosas…
Una perla de ternura se precipitó contra el rompiente.
– Seguramente vuelva a hacerle algunas preguntas más -le dijo Epkeen.
El equipo técnico ya estaba ocupando su lugar. Ruby se encogió de hombros: -Si eso lo divierte…
Una violenta ráfaga de viento los hizo tambalearse. Brian sacudió la cabeza.
– Sigues igual que siempre, ¿eh?
En Sudáfrica ejercían sesenta mil sangomas, de las cuales, varios miles sólo en la provincia del Cabo: sacrificios, emasculaciones, rapto y torturas a niños…, con el pretexto de curaciones milagrosas se cometían regularmente los asesinatos más abominables, promovidos la mayoría de las veces por adeptos ignorantes y bárbaros.
El mechón de cabello y las uñas cortadas daban pie a la hipótesis de que el asesino buscaba elaborar un muti, un remedio, o alguna pócima mágica. Un muti… Para curar ¿qué? Después de las desafortunadas declaraciones de la ministra de Sanidad con respecto al sida, ese tipo de historias desacreditaban a todo el país…
Neuman había rebuscado en el Criminal Record Center (CRC), el órgano de la policía que recopilaba los datos de todos los criminales de los últimos decenios y, en especial, aquéllos relacionados específicamente con crímenes rituales: varios centenares oficialmente, sólo en los diez últimos años. Miles, en realidad: niños mutilados, con los brazos, el sexo, el corazón o los órganos arrancados, a veces en vivo, para que el muti fuera más «eficaz», testículos y vértebras vendidos a precio de oro en el mercado de la superstición, el museo de los horrores estaba en auge, con una multitud de incrédulos anónimos, asesinos por poderes, y las estadísticas en progresión constante. No había encontrado nada.
El equipo de la policía científica había invadido el chalé de Montgomery, pero no había encontrado indicios de allanamiento. El sistema de seguridad funcionaba, y no faltaba nada en la vivienda. Así pues, Kate no había tenido tiempo de pasar por casa después del rodaje, o lo había hecho en compañía de su asesino, lo que no parecía muy probable: alguien los habría visto juntos, empezando por la cámara de vigilancia de la entrada, cuyas cintas no aportaban ninguna prueba. En la cuneta, a dos kilómetros apenas de la casa, habían encontrado su Porsche Coupe. Como en el caso de Nicole, el asesino había elegido un lugar aislado, sin testigos potenciales: la carretera de la cornisa salía de Chapman's Peak y serpenteaba entre la vegetación antes de llegar al pueblecito elegante de Llandudno. A bordo del vehículo sólo se habían encontrado las huellas de la víctima. El asesino la había interceptado en la cornisa. O Kate se había detenido por propia voluntad, sin recelo, como Nicole Wiese. Según la información recogida por Epkeen, la estilista debía llegar a Llandudno hacia las siete y media de la tarde. Su muerte se había producido a las diez: ¿qué había hecho en ese intervalo? ¿La habría drogado el asesino para que no ofreciera resistencia? Dos horas durante las cuales la había secuestrado, para preparar su sacrificio, ololo, «os matamos», sobreentendido: los zulúes…