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– ¿Es él el zulú del que hablan los periódicos?

– No me digas que sabes leer.

– Tengo chicas que han aprendido para mí -dijo, volviéndose hacia la mestiza medio tumbada en el sofá-. ¿A que sí, preciosa, a que tú sabes un huevo de lectura?

– Claro -contestó la cortesana; el pecho se le desbordaba de la camiseta ceñida roja-: ¡hasta tengo la Biblia escrita en el culo!

Hubo unas cuantas risotadas. Los pechos de la chica temblaban al compás de su risa.

– ¿Y bien? -se impacientó Neuman.

– No -dijo Mzala-: nunca he visto a ese tío.

– ¿Dónde se esconde el resto de la banda?

– En los Cape Flats, en un antiguo plaza shop según el tío este, junto a la vía del tren… No he ido a comprobarlo. Apesta a mierda en toda esa zona.

Mzala sonreía, enseñando sus dientes amarillos, cuando de pronto los cristales de las ventanas saltaron por los aires. Acribillaron a balazos a los dos policías que montaban guardia en la entrada antes de que les diera tiempo siquiera a blandir sus armas, y el rótulo y la puerta estallaron en pedazos. Un Toyota con la lona abierta se detuvo delante del shebeen: los tres hombres que iban detrás descargaron una lluvia de fuego sobre el local. Los clientes retrocedieron bajo el impacto de los proyectiles: un hombre cayó de bruces al suelo, otro se desplomó delante del mostrador, con el cuello roto. Los más fuertes huían empujando a los borrachos estupefactos, abriéndose paso a puñetazos: una ráfaga le arrancó la mandíbula a un policía atrapado en el tumulto, y lanzó un grito salvaje. Neuman se había tirado al suelo. Los cuerpos caían a su alrededor, y los que aún estaban en pie corrían a refugiarse a la sala de juego. Disparos de AK-47. Presa del pánico, otros trataban de huir por las ventanas, donde los esperaban los asaltantes para devolverlos al interior como peleles sanguinolentos. Neuman buscó a Epkeen con la mirada y lo encontró a ras de suelo, pistola en mano. Refugiado contra la pared, Mzala gritaba órdenes por su teléfono móvil. Los clientes se precipitaban hacia la puerta metálica, ametrallados a quemarropa: las balas seguían lloviendo, en medio de una explosión de yeso, vasos, botellas y carteles publicitarios… Mzala y sus hombres se colocaron a ambos lados de la ventana del salón privado y dispararon a su vez.

Sanogo y sus hombres se habían replegado en la confusión más absoluta, siete agentes de uniforme, entre ellos uno con la barbilla hecha pedazos, que sujetaba a otro recién incorporado al cuerpo, que estaba aterrorizado. Las balas volaban por encima del mostrador, donde se escondía Dina, con la cabeza entre las manos. Neuman reptó en medio del tumulto y siguió a Epkeen por la puerta de servicio. Sonaron otros disparos en la calle, que hacían eco a los estertores de los heridos.

Siempre alerta, los americanos habían acudido enseguida para un contraataque relámpago: sepultaron bajo las balas al vehículo enemigo, aparcado delante de su cuartel general, lo que puso fin al diluvio de fuego.

Epkeen y Neuman aparecieron en el patio del shebeen, un callejón sin salida en el que se amontonaban cajas de madera y latas de maíz molido. Vieron los tejados de chapa ondulada y treparon por el canalón. Asustados, los viandantes habían huido; se oían gritos en las callejas vecinas. Los tres negros de la parte trasera del Toyota se habían dado la vuelta y contestaban ahora a los tiros de los americanos que habían acudido a ayudar a sus compañeros. Se dispararon unos a otros durante un breve momento: uno de los negros se desplomó contra la lona del Toyota; el conductor arrancó el motor y se alejó a toda velocidad. Un cuarto tirador cubría su huida disparando desde la puerta del vehículo. Epkeen y Neuman tiraron a su vez desde los tejados, vaciando sus cargadores sobre los tres tsotsis de la parte trasera del todoterreno.

Saltaron del tejado envueltos en una nube de pólvora.

El Toyota ametrallado hizo eses en la calle antes de chocar con una casita de ladrillo, contra la que se empotró con un ruido sordo. El tsotsi sentado en el asiento del copiloto saltó por la ventanilla y huyó gritando. Epkeen y Neuman acudieron corriendo, mientras recargaban sus armas. Los tipos de la parte trasera del Toyota ya no se movían, tenían el cuerpo acribillado a balazos. La sombra de Ali se proyectó por detrás de Epkeen, que apuntó al motor humeante con su pistola: la cara del conductor descansaba sobre el volante, con los ojos abiertos. La bala le había salido por la boca… El afrikáner levantó la cabeza, vio a gente correr en todas direcciones, y distinguió a Neuman en el otro extremo de la calleja, ya le sacaba cien metros de ventaja.

El tsotsi que había huido del vehículo empuñaba un AK-47: lanzó una ráfaga a ciegas antes de doblar la esquina de la calle. Volvió a aparecer enseguida, andando hacia atrás y disparando en todas las direcciones. Los americanos habían cercado el perímetro, impidiendo así toda huida. Un coche destartalado surgió entre una nube de polvo y se detuvo en seco.

Acorralado, el tsotsi se volvió hacia Neuman y, con los ojos desorbitados, lo apuntó con su AK-47. Un negro de facciones espantosas, que parecía desafiarlo en su locura: Gulethu.

Neuman disparó en el preciso momento en que éste apretaba el gatillo.

Los hombres de Mzala salieron del coche, arma en mano. Gulethu yacía sobre el suelo de tierra, con una bala en la cadera. Guiñó los ojos bajo el soclass="underline" vio a los americanos al cabo de la calle y trató de agarrar su AK-47, sin conseguirlo. Sonrió como un demente, apretando el amuleto que colgaba de su cuello; los hombres de Mzala lo remataron de una ráfaga a quemarropa.

Neuman quiso gritar pero sintió un dolor intenso. En un gesto instintivo, se llevó la mano a la tripa: cuando la retiró estaba roja, y la sangre caliente corría por su camisa…

TERCERA PARTE

QUE TIEMBLE LA TIERRA

1

Zina no tenía hermanos varones. Como era la mayor, había aprendido el izinduku. El arte marcial zulú solía estar reservado a los varones, pero había demostrado una habilidad y una saña poco comunes para una muchacha tan guapa. Su padre se marchó un día al bosque para tallarle un bastón a su medida. Se peleaba con los chicos, devolviéndoles hasta el último golpe, ajena a las burlas.

Su padre había sido destituido de su estatus por insubordinación a las autoridades bantúes, las cuales, con el pretexto de obedecer a las leyes del apartheid, habían permitido una autonomía relativa a los jefes tribales: no estaba dispuesto a ser uno de esos reyezuelos comprados por el poder blanco cuyas milicias no tendrían reparos en imponer el orden a golpe de porra en el interior de los bantustán. Habían destruido su casa con una apisonadora, habían matado a sus animales, expulsado al clan y dispersado a sus miembros en las chabolas vecinas.

Zina había decidido devolver los golpes. Como el ANC estaba prohibido, y sus miembros llevaban veinte años en prisión, se afilió al Inkatha zulú del jefe Buthelezi.

Había pocas mujeres combatientes en el Inkatha: a veces, sirviéndose del club de punto como tapadera, ayudaban a organizar reuniones políticas o a ocultar a simpatizantes blancos para evitar que fueran detenidos por el ejército o linchados por los comrades. Zina se había manifestado con los bastones zulúes que les estaba permitido llevar, y había amenazado al poder blanco desfilando con armas imaginarias, había impreso panfletos, atacado y huido de los militantes del ANC-UDF, que hasta entonces representaban a la oposición. A fuerza de aplacar su feminidad en los ámbitos masculinos, su parte amordazada había resurgido, volcánica: violencia vana, amores y desilusiones telúricas, hacía tiempo que Zina había tirado su corazón desde lo alto de un puente y esperaba a que una niña fuera a recogerlo, ella misma.

Los años de apartheid habían pasado, años de adulto: el combate político la había vuelto como la madera de los bastones que su padre tallaba para ella. Al abrazar a sus enemigos políticos, el presidente Mándela había puesto fin a las matanzas, pero el mundo, en el fondo, no había hecho sino desplazarse: hoy el apartheid ya no era político sino social, y ella seguía en lo alto del puente, inclinada sobre su gran corazón caído.