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– Iremos lo más pronto que nos sea posible -dijo el hombre-. Gracias por llamar a Samaritanos.

Todo el mundo sabía que priorizaban a los humanos, por supuesto. No era una práctica legal, pero se hacía. Y lo peor, se dijo Bruna, es que tenía cierto sentido hacerlo. Cuando un servicio médico estaba desbordado, tal vez fuera sensato dar preferencia a aquellos con una esperanza de vida mucho mayor. A aquellos que no fueran prematuros condenados a muerte, como los reps. ¿Qué era más provechoso, salvar a una humana que aún podría vivir cincuenta años, o a una tecnohumana a la que tal vez sólo le quedaran unos meses? Una amargura de hielo y de hiel le subió a la boca. Miró el rostro grotescamente incompleto de su vecina y experimentó un rencor punzante contra ella. Estúpida, estúpida, ¿por qué has hecho esto? ¿Y por qué has venido a hacerlo a mi casa? Bruna ignoraba los motivos de la mujer, la razón de su extraño comportamiento. Estaría drogada, o tal vez enferma. Pero no cabía duda de que esa pobre chiflada se odiaba a sí misma, eso estaba claro, y el odio era una emoción que Bruna podía entender. Nada mejor que el odio frío para contrarrestar la quemadura de la congoja.

Archivo Central de los Estados Unidos de la Tierra

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Madrid, 14 enero 2109, 09:43

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Tecnohumanos

Etiquetas: historia, conflictos sociales, guerra rep, Pacto de la Luna, discriminación, biotecnología, movimientos civiles, supremacismo.

#376244

Artículo en edición

A mediados del siglo XXI, los proyectos de explotación geológica de Marte y de dos de las lunas de Saturno, Titán y Encelado impulsaron la creación de un androide que pudiera resistir las duras condiciones ambientales de las colonias mineras. En 2053 la empresa brasileña de bioingeniería Vitae desarrolló un organismo a partir de células madre, madurado en laboratorio de manera acelerada y prácticamente idéntico al ser humano. Salió al mercado con el nombre de Homolab, pero muy pronto fue conocido como replicante, un término sacado de una antigua película futurista muy popular en el siglo XX.

Los replicantes gozaron de un éxito inmediato. Fueron usados no sólo en las explotaciones mineras del espacio exterior, sino también en las de la Tierra y en las granjas marinas abisales. Comenzaron a hacerse versiones especializadas y para 2057 ya había cuatro líneas distintas de androides: minería, cálculo, combate y placer (esta última especialidad fue prohibida años más tarde). Por aquel entonces no se concebía que los homolabs tuvieran ningún control sobre sus propias vidas: en realidad eran trabajadores esclavos carentes de derechos. Esta abusiva situación resultó cada día más inviable y acabó por estallar en 2060, cuando se envió a Encelado un pelotón de replicantes de combate para reprimir una revuelta de los mineros, también androides. Los soldados se unieron a los rebeldes y asesinaron a todos los humanos de la colonia. La insurrección se generalizó rápidamente, dando lugar a la llamada guerra rep.

Aunque los androides estaban en clara desventaja numérica, su resistencia, fuerza e inteligencia eran superiores a la media humana. Durante los dieciséis meses que duró la guerra hubo que lamentar muchas bajas, tanto de humanos como de tecnohumanos. Por fortuna, en septiembre octubre de 2061 asumió el liderazgo de los rebeldes Gabriel Morlay, el gran filósofo y reformador social androide, que propuso una tregua para negociar la paz con los países productores de replicantes. Las difíciles conversaciones estuvieron a punto de naufragar innumerables veces; entre los humanos había una facción radical que rechazaba toda concesión y abogaba por prolongar la guerra hasta que los replicantes fueran muriendo, dado que en aquella época sólo vivían alrededor de cinco años. Sin embargo, también había humanos que condenaban los usos esclavistas y defendían la justicia de las reivindicaciones de los rebeldes; conocidos despectivamente por sus adversarios como chuparreps, estos ciudadanos partidarios de los androides llegaron a ser muy activos en sus campañas en pro de las negociaciones. Esto, unido al hecho de que los rebeldes hubieran tomado el control de varias cadenas de producción y estuvieran fabricando más androides, acabó por cristalizar en la firma del Pacto de la Luna de febrero de 2062, un acuerdo de paz a cambio de la concesión de una serie de derechos a los insurrectos. Se da la circunstancia de que el líder androide Gabriel Morlay no pudo firmar el tratado que había sido su gran obra, ya que pocos días antes cumplió su ciclo vital y falleció, acabando así su fugaz existencia de mariposa humana.

A partir de entonces los replicantes fueron conquistando progresivamente derechos civiles. Estos avances no estuvieron exentos de problemas; los primeros años tras la Unificación fueron especialmente conflictivos y hubo graves disturbios en diversas ciudades de la Tierra (Dublín, Chicago, Nairobi), con violentos enfrentamientos entre los movimientos pro-reps antisegregacionistas y los grupos de supremacistas humanos. Por último, la Constitución de 2098, la primera Carta Magna de los Estados Unidos de la Tierra, actualmente en vigor, reconoció a los tecnohumanos los mismos derechos que a los humanos.

Fue también en dicha Constitución en donde se utilizó por primera vez el vocablo tecnohumano, puesto que la palabra replicante está cargada de connotaciones insultantes y ofensivas. Hoy tecnohumano (o, coloquialmente, tecno) es el único término oficial y aceptado, aunque en este artículo se haya usado también la voz replicante por razones de claridad histórica. Por otra parte, hay grupos de activistas tecnos, como el MRR (Movimiento Radical Replicante), que reivindican la denominación antigua como bandera de su propia identidad: «Ser rep es un orgullo, prefiero ser rep a ser humana, ni siquiera tecnohumana» (Myriam Chi, líder del MRR).

La existencia e integración de los tecnohumanos ha creado un fuerte debate ético y social que está lejos de haberse solventado Algunos sostienen que, puesto que, en su origen, la creación de replicantes como mano de obra esclava fue un acto erróneo e inmoral, simplemente deberían dejar de fabricarse. Esta posibilidad es rechazada de plano por los tecnos, que la consideran una opción genocida: «Lo que una vez ha existido, no puede regresar al limbo de la inexistencia. Lo que se inventa, no puede desinventarse. Lo que hemos aprendido, no puede dejar de saberse. Somos una nueva especie y, como todos los seres vivos, anhelamos seguir viviendo» (Gabriel Morlay). Actualmente, las cadenas de producción de androides (hoy llamadas plantas de gestación) son dirigidas al 50% por tecnos y por humanos. Un androide tarda catorce meses en nacer, pero cuando lo hace tiene una edad física y psíquica de veinticinco años.