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– Bien, según mis cuentas ahora comienzas a sentirte mejor, ¿no es así?

– Señor -respondí con voz cansada. No entendí muy bien de qué goboraba con ese asunto de las cuentas, porque sentirse mejor después de estar bolnoyo es asunto de uno, y nada tiene que ver con cuentas. El doctor Branom se sentó, muy amable y drugo, en el borde de la cama, y me dijo:

– El doctor Brodsky está muy contento contigo. Tuviste una reacción muy positiva. Por supuesto, mañana habrá dos sesiones, por la mañana y por la tarde, y supongo que luego te sentirás un poco decaído. Pero si queremos curarte tenemos que ser duros.

– ¿Quiere decir que tendré que aguantar…? Es decir, ¿otra vez esas…? Oh, no -dije-. Fue horrible.

– Por supuesto que fue horrible -sonrió el doctor Branom-. La violencia es algo muy horrible. Eso precisamente es lo que estás aprendiendo ahora. Tu cuerpo lo está aprendiendo.

– Pero -dije- no entiendo nada. No entiendo por qué me sentí tan enfermo. Antes no me enfermaba nunca. Todo lo contrario. Quiero decir, que si lo hacía o miraba, me sentía realmente joroschó. No veo ahora por qué o cómo o qué…

– La vida es algo maravilloso -observó el doctor Branom con una golosa muy solemne-. ¿Quién conoce realmente esos milagros que son los procesos de la vida, la estructura del organismo humano? Por supuesto, el doctor Brodsky es un hombre notable. Lo que ahora te ocurre es lo que debiera ocurrirle a cualquier organismo humano normal y sano que observa las fuerzas del mal, el trabajo del principio de destrucción. Estamos curándote, te estamos devolviendo la salud.

– No me parece -dije-, y no entiendo nada. Lo que ustedes consiguieron es que me sienta muy enfermo.

– ¿Te sientes enfermo ahora? -preguntó, siempre con la vieja sonrisa druga en el litso-. Estás bebiendo té, descansando, charlando tranquilamente con un amigo… ¿no es cierto que te sientes bien?

Busqué como escuchando y tanteando dolores y malestares en la golová y el ploto, claro que con algún temor, pero era cierto, hermanos; me sentía realmente joroschó, y hasta tenía ganas de comer. -No sé -dije-. Seguro que hacen algo para que me sienta enfermo. -Y fruncí el ceño, tratando de recordar.

– Esta tarde te sentiste mal -dijo el doctor Branom- porque estás mejorando. El hombre sano siente náusea y miedo cuando se encuentra con cosas odiosas. Te estás curando, eso es todo. Y mañana a la misma hora te sentirás mejor todavía. -El doctor Branom me dio una palmadita en la noga y salió de la habitación, y yo traté de descifrar lo mejor posible toda la vesche. Pensé que tal vez eran los cables y las otras vesches que me habían puesto en el ploto los que me provocaban esos malestares, y que en realidad todo era un truco. Seguía pensando en el asunto y preguntándome si valdría la pena resistirse al día siguiente, cuando me quisieran atar al sillón, armando una buena dratsada con todos, porque yo tenía mis derechos, cuando vino a verme otro cheloveco . Era un veco starrio y sonriente, Encargado de Egresos según dijo, y traía un montón de papelitos.

– ¿Adónde irás cuando salgas de aquí? -En realidad, no había pensado en esa clase de vesche, y sólo ahora comenzaba a entender que muy pronto sería un málchico suelto y libre; y entonces vi que eso ocurriría sólo si yo aceptaba todo, y no empezaba a dratsar, crichar, y rehusarme, y esas cosas.

– Oh, iré a casa -dije-. De vuelta con pe y eme.

– ¿Con quién? -Claro, el veco no conocía la jerga nadsat , así que le aclaré:

– Con mis padres, en la vieja y querida casa de vecindad.

– Comprendo -dijo-. ¿Cuándo fue la última vez que te visitaron?

– Un mes -contesté- más o menos. Suspendieron un tiempo las visitas porque una ptitsa le pasó un poco de pólvora a un prestúpnico. y castigaron también a los inocentes, lo cual fue una jugada calosa. Así que desde hace un mes no tengo visitas.

– Comprendo -dijo el veco-. ¿Y saben tus padres de tu traslado y tu próxima libertad? -Ese slovo libertad tenía un svuco realmente hermoso.

– No -contesté, y luego-: Será toda una sorpresa para los dos, ¿verdad? Yo entro por la puerta y digo: «Aquí estoy, otra vez un veco libre».Sí, realmente joroschó.

– Bien -dijo el Encargado de Egresos-, lo dejaremos así. Lo importante es que tengas dónde vivir. Bueno, está también el problema del trabajo ¿no? -y me mostró una larga lista de empleos posibles, pero yo pensé que para eso había tiempo de sobra. Primero un lindo y malenco descanso. Podía buscarme una crastada apenas saliera y llenarme así los carmanos, pero tendría que hacerlo con mucho cuidado y completamente odinoco. Ya no confiaba en los supuestos drugos. Así que le dije a este veco que dejáramos estar un poco la cosa, y que ya volveríamos a goborarla. El veco dijo bien bien bien y se preparó para salir. Descubrí que era un tipo muy raro de veco, pues en ese momento soltó una risita y luego dijo: -¿Te gustaría darme un puñetazo en la cara, antes que me vaya? -Me pareció que yo no había slusado bien, y le pregunté:

– ¿Qué?

– ¿No te gustaría -aquí otra risita- darme un puñetazo en la cara? -Lo miré con el ceño fruncido, muy asombrado, y pregunté:

– ¿Por qué?

– Oh -dijo-, sólo para ver cómo andas. -Y me acercó mucho el litso, con una sonrisa satisfecha en toda la rota. Así que levanté el puño y se lo descargué sobre el litso, pero el veco se apartó realmente scorro, siempre sonriendo, y mi ruca pegó al aire. Me pareció muy extraño, y fruncí el ceño mientras él se alejaba, smecando a todo trapo. Y entonces, hermanos míos, me sentí otra vez realmente enfermo, lo mismo que durante la tarde, aunque sólo un par de minutos. Se me pasó scorro, y cuando trajeron la cena descubrí que tenía buen apetito, y que estaba dispuesto a devorarme el pollo asado. Pero era curioso que el cheloveco starrio me hubiese pedido un tolchoco en el litso. Y más raro todavía que yo hubiese sentido ese malestar.