»Entre la era de los babilonios y la incursión romana hubo varios intentos de robar en el Templo por parte de bandidos. Yo creo que es posible que los sacerdotes idearan un plan de evacuación para ocultar el Arca en caso de que el Templo se viera amenazado. Así que cuando los romanos conquistaron Israel, es muy probable que los sacerdotes consideraran que el Templo volvía a convertirse en un objetivo tremendamente atractivo para los buscadores de fortunas.
»Mi teoría es que el Arca fue ocultada en algún lugar de los túneles que había bajo el Templo, para protegerla de los romanos. Si así fue, muy pocos lo habrían sabido, pero es seguro que el sumo sacerdote lo sabría. Y si el sumo sacerdote lo sabía, es muy posible que su esclavo, Maleo, también lo supiera.
Decker y Tom asintieron con vacilación.
Rosen continuó.
– Muy bien, ahora avancemos unos mil cien años hasta tiempos de la primera cruzada. Muy pocos saben que los cruzados, en su mayoría franceses, tuvieron bastante éxito en sus primeros intentos por arrebatar Tierra Santa a los musulmanes. Llegaron incluso a tomar Jerusalén, donde se hicieron fuertes e instauraron un rey de origen francés. Poco después se estableció en la misma ciudad la que se conocería como orden de los Caballeros Templarios.
– He oído hablar de ellos -comentó Decker-. Si no me equivoco, fueron muy poderosos.
– Lo fueron, pero no al principio. Los caballeros del Temple hicieron votos de proteger Jerusalén y auxiliar a los peregrinos europeos que viajaban a Tierra Santa. Un propósito muy poco realista, teniendo en cuenta que en sus orígenes la orden no contaba con más de seis o siete miembros. Y eran todos muy pobres. Irónicamente, uno de los votos era de pobreza. Y digo que irónicamente porque, de una manera u otra en el transcurso de cien años, aquel pequeño grupo de caballeros no sólo se multiplicó en número, sino que se hizo inmensamente rico. Es más, aquellos hombres se convirtieron en los primeros banqueros internacionales, prestando dinero a reyes y nobles a lo largo y ancho de Europa. Cómo amasaron tan inmensa fortuna ha sido y es objeto de mucha especulación.
– Y usted cree tener la respuesta, ¿no es así? -le urgió Decker.
– Eso creo, y si es así, es mucho lo que explica. Veréis, la sede de los caballeros del Temple estaba en la mezquita de Omar -es decir, la cúpula de la Roca-, que ocupa el emplazamiento del antiguo Templo. Se ha llegado a sugerir que los caballeros excavaron los túneles de debajo de la mezquita y allí hallaron los tesoros del Templo de Salomón, de ahí sus riquezas.
– Pero ¿dónde encaja la Sábana en todo esto? -preguntó Tom.
– Dios ordenó a Moisés que construyera el Arca -continuó Joshua- para guardar en su interior determinados objetos sagrados: las Tablas de la Ley en las que Dios escribió los diez mandamientos; el primero de los cinco libros de la Biblia escrito por Moisés; la urna con el maná que Dios hacía caer del cielo cada mañana para que se alimentaran los hebreos mientras permanecieron en el desierto; y la vara de Aarón, que Dios hizo que brotara milagrosamente y diera almendras de fruto. [24] Todo ello se guardó en el Arca como prueba para las generaciones venideras del poder de Dios y de su alianza con Israel.
»Pero siempre ha habido algo en esa lista que no me cuadraba. Las tablas de piedra pueden durar para siempre. El pergamino en el que Moisés escribió los primeros cinco libros de la Biblia podría conservarse durante años al abrigo del Arca. Pero la urna con el maná en condiciones normales quedaría reducida a polvo en pocos meses. Y la vara de Aarón, por mucho que sobreviviese durante siglos en forma de una simple vara de madera, sin los brotes y las almendras, poca prueba sería del poder de Dios. Entonces se me ocurrió que es posible que el poder del Arca sea mucho mayor y muy diferente de lo que creemos. Tomad la vara, por ejemplo, ¿cómo de alta pensáis que podía ser la vara de Aarón?
– Uf, no sé -dijo Tom-, detesto hacer gala de mi ignorancia, pero en lo único que se me ocurre pensar es en otra película, Los diez mandamientos. [25] En ella, la vara de Moisés podría medir unos dos metros.
– Bueno, no es que tus fuentes sean demasiado fidedignas, pero creo que no andas desencaminado -dijo Joshua-. El pastoreo no ha cambiado mucho con los siglos, y todos los cayados de pastor que he visto tienen más o menos esa medida. Así que cuando se piensa en la vara de Aarón, con sus ramas y brotes y almendras, ésta debía de tener un diámetro importante. Pero -dijo Joshua a punto de llegar al meollo de la cuestión- si nos basamos en un cúbito medio de cuarenta y seis centímetros, lo máximo que podía haber medido la vara para caber en el Arca es un metro cuarenta y tres centímetros, y eso sin ramas.
Aunque lo intentaba, Tom no entendía a lo que apuntaba Joshua.
– ¿Y?
– Piénsalo. Para que un cayado de unos dos metros encajara dentro del Arca, las dimensiones del interior no podrían estar limitadas por las del exterior.
Tom lo miró atónito.
– Ya entiendo. Una especie de truco a lo Mary Poppins [26] -dijo echando mano a otra película-. Como cuando Mary Poppins podía meter en su maleta toda clase de objetos más grandes que ella.
Decker y Joshua soltaron una carcajada.
– Exacto -contestó Joshua-. Si la urna del maná y la vara de Aarón debían atestiguar a las generaciones futuras el poder de Dios, el Arca tiene que tener alguna capacidad milagrosa para preservar las cosas. Supongo que ya sabréis que el tiempo es para muchos la cuarta dimensión; longitud, anchura y altura son las tres primeras. Lo que sugiero es que tal vez no existan esas dimensiones en el interior del Arca: ni longitud, ni anchura, ni altura; lo que explicaría que la vara de Aarón encajara; y que tampoco exista el tiempo, lo que explica que se hayan conservado el maná y la vara.
Decker comprendió de repente a lo que Joshua pretendía llegar.
– Así que cree que el esclavo del sumo sacerdote metió la Sábana en el Arca, y ésta permaneció allí hasta que los caballeros del Temple la sacaron cuando descubrieron los tesoros del Templo más de mil años después.
– ¡Exacto! -exclamó Joshua-. Claro que no es más que una conjetura, pero por lo menos ofrece una teoría única que da respuesta racional a unos cuantos interrogantes. Además, es cuando menos lógico que la Sábana, la única prueba física de la resurrección de Yeshua y de la consumación de la nueva alianza entre Dios y su pueblo, permaneciera depositada en el Arca de la Alianza junto con las pruebas de la vieja alianza con Dios.
– Un momento, un momento -dijo Tom, que intentaba a duras penas seguir el argumento.
– ¿No lo entiendes? -dijo Decker-. Ésa es la razón de que la Sábana no pasara la prueba del carbono 14. Durante los más de mil años que estuvo dentro del Arca, la Sábana se salvó de todo deterioro o envejecimiento.
– Madre de… -Tom se contuvo, pero con el entusiasmo elevó tanto la voz que muchos de los turistas y fieles que les rodeaban se giraron para lanzarle miradas de desaprobación-. ¡Es increíble! -dijo controlando la voz esta vez-. ¿Y qué hay de los templarios? ¿Están relacionados de alguna forma con la Sábana de Turín?
– Bueno -dijo Joshua-, si nos remontamos en el tiempo, la primera persona que se puede probar tuvo la Sábana en su posesión fue un francés llamado Geoffrey de Charney. Pasados unos años, su familia entregó la Sábana a la Casa de Saboya, quien la trasladó más tarde a Turín, en Italia.
– Pero ¿hay alguna conexión entre De Charney y los templarios? -preguntó Decker.
– Pues ya que lo preguntas -el rostro de Joshua se iluminó al escuchar la pregunta que esperaba-, sí, sí que la hay.
– Bueno, ¿cuál es? -preguntó Decker cuando consideró que la pausa de Joshua se alargaba demasiado.