Выбрать главу

Rhoda sonrió incómoda.

– Pero sí que tengo un amigo al que debería llamar -continuó volviendo a la pregunta original-. Es probable que crea que he muerto.

– ¿Decker?

Tom la miró sorprendido.

– ¿Cómo lo sabe?

– Mencionó su nombre varias veces mientras deliraba.

– Oh.

– ¿Alguien más? -preguntó ella.

– Bueno, aquí en Israel tenía unos amigos apellidados Rosen, pero murieron en el Desastre. -Tom estaba repasando la corta lista de personas a las que consideraba amigos. Hasta el día del Desastre había recibido todos los días en el hospital de Tel Aviv la visita de Joshua e Ilana Rosen. Su hijo Scott había sobrevivido al Desastre, pero Tom no le incluía entre sus amistades más estrechas-. Lo cierto es que tendría que llamar a News World -dijo-. Trabajo para ellos. Pero, a decir verdad, prefiero no llamarles hasta que me haya examinado el oftalmólogo. Soy fotógrafo, o eso era. Me parece que no hay mucha demanda de fotógrafos ciegos.

– No, supongo que no.

– ¿Y qué hay de usted?

– ¿Cómo?

– Su familia.

– Oh, claro. Bueno, pues tengo a mi hermano Joel, a quien conoció ayer. Su mujer y su hijo murieron en el Desastre. Ella me caía muy bien, y el niño era encantador. Antes solíamos ir juntos a los servicios religiosos. Fue así como conocí al rabino Cohen. Joel es analista de sistemas informáticos y trabaja para el gobierno israelí en algo de defensa estratégica, pero no está autorizado a dar detalles. Eso fue antes de que los rusos le relevaran del puesto, claro. Me siento mal por él; lo ha perdido casi todo en los dos últimos meses. Mis padres y mi hermana pequeña viven en Estados Unidos.

Tom asintió y dejó pasar un momento de cortesía antes de preguntar a Rhoda si sabía qué hora sería en Washington.

– Las doce de la noche más o menos -contestó tras hacer un rápido cálculo mental.

– Perfecto, Decker seguro que está en casa. ¿Puedo utilizar el teléfono?

– Por supuesto -dijo ella-. He de advertirle que poner una conferencia no es tarea fácil. La verdad es que no tiene ni pies ni cabeza. Después de la ocupación, intenté telefonear a mis padres un montón de veces para decirles que estaba bien. Debí de marcar el número cien veces antes de que me diera la señal de llamada. Y en cuanto lo conseguí fue todo sobre ruedas, y sonaba como si estuvieran en la habitación de al lado. Pero no es sólo por la ocupación. Durante la guerra se produjeron muchos destrozos.

Rhoda marcó el número que le dio Tom y le pasó el teléfono.

– El botón del medio de abajo del todo vuelve a marcar el número -dijo-. Si no le da señal, puede intentarlo cuantas veces quiera.

– Me da señal -dijo Tom sorprendido.

– Eso no volverá a pasar ni en un millón de años -dijo Rhoda impresionada por el golpe de suerte de Tom.

Tom aguardó mientras el teléfono seguía sonando.

– ¿Qué ocurre? -preguntó Rhoda un minuto después.

– No contestan.

– Bueno, no se dé por vencido tan pronto. A lo mejor no vuelve a conseguir señal de llamada en mucho tiempo.

Nueva York, Nueva York

Decker ya había ocupado su lugar en la mesa de reuniones cuando entraron el embajador Hansen y otros miembros de su gabinete personal para celebrar una reunión extraordinaria. Decker todavía sentía la emoción del puesto recién estrenado.

– Decker -dijo Hansen antes de tomar asiento-, necesito uno de tus mejores discursos para esta ocasión.

– Tendré el borrador listo para la una, señor -contestó Decker-. He buscado en el archivo informático discursos que pronuncié en el pasado sobre la estructura del Consejo de Seguridad, y he encontrado uno en el que sugería cambiar su composición a partir de criterios regionales. Por supuesto que no nos interesa desviarnos del asunto principal, pero, si le parece, creo que podré introducirlo como tema secundario.

– Sí, me parece bien. Es un tema candente desde hace años entre los países que no pertenecen al Consejo. Peter -dijo Hansen volviéndose hacia su asesor legal-, ¿cuál es tu pronóstico?

– Bueno, en atención a todos los aquí reunidos, permítame que insista en que esta medida no podrá ser aprobada jamás, aunque sólo sea porque viola la Carta de Naciones Unidas. Ésta no prevé en ninguno de sus puntos la exclusión de uno de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad. No obstante y siguiendo la línea que sugería Decker, se puede proponer la completa reorganización del Consejo. Otra opción a considerar sería la de intentar algo en la línea de lo que ya se hizo en 1971 cuando la República de China fue excluida de Naciones Unidas después de que la Asamblea General reconociera a la República Popular de China como la representante legítima del pueblo chino.

– No nos dejemos llevar, Peter -dijo Hansen-. Recuerda que sólo se trata de un golpe de efecto. En realidad no nos interesa que se apruebe la medida. Jack -dijo dirigiéndose ahora a su asesor parlamentario-, ¿qué hay del sondeo sobre el apoyo de los demás miembros? ¿Podemos contar con que la propuesta llegue por lo menos a la cámara?

Jack Redmond, natural de Luisiana, era el único estadounidense del equipo de Hansen aparte de Decker. Desde el momento en que accedió al puesto de embajador, Hansen había querido incluir en su equipo a un experto en política norteamericana, y este cajún [35] sin pelos en la lengua había resultado ser el hombre idóneo.

– La propuesta tiene muchas posibilidades de llegar a la cámara, pero no garantizo que consiga el apoyo necesario -contestó Jack.

– Perfecto. Creo que podemos darnos por satisfechos si mi discurso obtiene el debido seguimiento.

– Embajador -interrumpió Decker-, creo que esta táctica podría ser errónea desde el punto de vista mediático. Si no conseguimos que alguien secunde la moción, corremos el riesgo de que la prensa haga hincapié en la inutilidad de ésta e ignore su carácter simbólico.

– Bien pensado -dijo Hansen después de recapacitar un instante-. Creo que tienes razón. En última instancia podemos recurrir al apoyo de alguno de los países árabes. Después de todo, tampoco ellos están muy contentos últimamente con la política rusa. Jack, consigue ese apoyo. Muy bien, ¿alguna otra sugerencia u objeción antes de ponernos manos a la obra?

Todos siguieron en silencio.

– Jackie, ¿algo que añadir? -preguntó Hansen a su hija.

– La reunión con el embajador ruso Kruszkegin está cerrada para mañana a las doce en el comedor de delegados.

– De acuerdo -dijo Hansen-, entonces está todo listo. Mañana a las tres de la tarde, con tiempo de sobra para salir en los telediarios de la noche de América y en los de la mañana de Asia y Europa, presentaré una moción para que, en respuesta a la invasión y ocupación de Israel, la Asamblea General de Naciones Unidas proceda a la exclusión permanente de Rusia del Consejo de Seguridad. Ahora sólo me queda almorzar con el embajador Kruszkegin y convencerle de que no se trata de algo personal.

Tel Aviv, Israel

– ¿Hay muchos rusos en las calles? -preguntó Tom mientras Rhoda conducía el coche hacia la consulta del oftalmólogo.

– Demasiados -contestó Rhoda. Aunque añadió a continuación-: La verdad es que no hay tantos como cabría esperar. Patrullan las calles, pero el grueso del contingente está acampado en áreas despobladas de las montañas. Al parecer, intentan reducir al mínimo el resentimiento de la población. Creo que son conscientes de que llenar las calles de soldados sólo acarrearía más violencia de uno y otro bando. Es más, tener un montón de tanques circulando por las ciudades no es lo más adecuado para quien se ha autoproclamado fuerza de paz. Supongo que es la mejor estrategia posible para los rusos. Atan corto a los soldados en las zonas despobladas y mantienen una presencia mínima de fuerzas en las ciudades.

вернуться

[35] Descendiente de colonos franceses expulsados de Acadia (hoy Nueva Escocia, Canadá) en el siglo xviii. (N. de la T.)