– Coronel, no sé cómo, pero los rusos han conseguido hacerse con el control de las capacidades defensivas.
– ¿Podemos recuperarlo? -preguntó aterrado ante cuál podía ser su respuesta.
– No lo sé, señor. Verá…
– Un momento -interrumpió Joel-. Todavía controlamos nuestras capacidades ofensivas. ¿Cómo es posible que hayamos perdido el control sobre unas y no sobre las otras? ¿Podría tratarse de una aberración del sistema?
Al igual que el resto, Scott Rosen estudiaba la situación intentando adivinar cuál había sido el error y cómo podía solventarse. Fue él quien contestó a la pregunta de Joel.
– No es una aberración -contestó-. No puedo explicar cómo lo han hecho, pero sí lo que han hecho. El tendido de fibra óptica a través del cual se comunican los diferentes centros de las capacidades defensiva y ofensiva atraviesa las instalaciones del CODE y del CE. Por razones de logística, el control de las comunicaciones de los silos de misiles pasan primero por estas instalaciones y de aquí van al CODE; el control de las comunicaciones de defensa pasa primero por el CODE y luego llega hasta aquí.
– ¡¿Y qué idiota decidió hacer eso?! -exclamó Joel.
– El doctor Brown -contestó Danielle Metzger-. Pero era imposible pronosticar que llegaríamos a encontrarnos en una situación como ésta -continuó intentando defender al fallecido doctor que había sido su mentor.
Scott continuó con su explicación.
– Habrán descubierto no sé cómo que la SF-14 es una instalación camuflada y luego habrán localizado los cables de salida y entrada.
– Pero bueno, ¿podemos recuperar el control o no? -preguntó el coronel White haciendo valer su autoridad.
Hubo una larga pausa.
– No creo -contestó Scott por fin-. Me temo que hayan cortado los cables.
En plena confusión y desconcierto nadie había advertido el débil sonido de la radio que de fondo emitía sin cesar las palabras del profeta Joel. Al principio tampoco advirtieron cómo el soniquete cesaba abruptamente y era reemplazado por otra voz. No era otra que la voz, resonante y templada, del rabino Saul Cohen. Al hacerse el silencio brevemente en la sala, los oídos de Joel Felsberg registraron por fin aquella voz tan familiar. Al principio hizo caso omiso, pero luego, de repente, la reconoció.
– Es el rabino de mi hermana -anunció sorprendiendo a los otros, que estaban concentrados en hallar la forma de salir de aquel atolladero-. ¿Qué es lo que ocurre ahí arriba? ¿Por qué han cortado el mensaje? -preguntó subiendo el volumen para poder escuchar la voz más claramente.
– ¿Cohen? ¡Ese traidor! -dijo Rosen, cuya profunda animadversión hacia el rabino hizo que olvidara momentáneamente la urgencia del asunto que les ocupaba. Scott conocía demasiado bien aquella imponente voz. En una ocasión en la que había pasado la noche en casa de sus padres, aquella misma voz le había despertado por la mañana junto con la de sus padres y algunos otros mientras elevaban cánticos en los que proclamaban a Yeshua como el Mesías judío. Scott había tenido que hacer verdaderos esfuerzos por no entrar en la cocina y dar de puñetazos al rabino, es más, lo hubiera hecho si no llega a ser por su madre. Una cosa era que ciudadanos israelíes de a pie como sus padres creyeran en Yeshua, y otra muy distinta que un rabino, un rabino jasídico para ser más exactos, creyera en él. Tiempo después, poco antes de que murieran en el Desastre, los padres de Scott habían dedicado todas sus horas libres a preparar un misterioso proyecto con Cohen. Los tres habían desaparecido durante semanas en varias ocasiones, dejando atrás como única explicación una nota indicando la fecha de su regreso.
«El planeta entero ha sido testigo de lo que ha ocurrido aquí hoy -decía Cohen en la radio-. Pero tú Israel, oh, no, tú no has glorificado a Dios. En cambio, te congratulas de haber destruido a tu enemigo. Te has glorificado a ti misma y empleas en vano las palabras del profeta Joel para tu conveniencia. "Estas palabras no deben emplearse como un grito de guerra para mi pueblo", dice el Señor. Son las palabras del hijo de Satanás, que reunirá sus ejércitos del mal para destruirte en el día del Señor que ha de venir. Pero el Señor tu Dios es un dios paciente y compasivo. Escucha pues las palabras del profeta Ezequiel para el enemigo de mi pueblo Israeclass="underline"
Y entraré en juicio con él mediante la peste y la sangre; y haré llover sobre él, sobre sus escuadrones y sobre sus pueblos numerosos que le acompañan, lluvia torrencial, granizo, fuego y azufre. (…) Sobre las montañas de Israel caerás tú, así como todas tus huestes y los pueblos que te acompañan; a las aves de rapiña, a toda suerte de pájaros alados y a las fieras del campo te he entregado como pasto. Caerás sobre la superficie del campo, pues Yo he hablado -oráculo de Adonay Yahveh. (…) y conocerán que Yo soy Yahveh. [36]
»Hoy, oh, Israel, hoy serás testigo del poder y la ira de Dios. He aquí, Israel, tu verdadero grito de guerra. "¡Contemplad la mano de Dios! ¡Contemplad la mano de Dios!".»
Nueva York, Nueva York
Decker se despertó de un salto cuando un grito de terror brotó del dormitorio de Christopher. Allí encontró al chico empapado en sudor y temblando de miedo.
– ¿Qué ocurre? -gritó Decker. Su corazón latía casi a la misma velocidad que el de Christopher.
Christopher estaba sentado en la cama y parecía no saber dónde se encontraba. Miraba a su alrededor sin acabar de orientarse del todo. Pasados unos instantes, Decker pudo leer por fin en sus ojos una mirada de reconocimiento.
– Lo siento -dijo Christopher-. Ya estoy bien. Era… un sueño, nada más.
Decker había sido padre el tiempo suficiente como para saber cuando un niño intenta hacerse el valiente. Christopher estaba visiblemente afectado y Decker no tenía intención de dejarle solo.
– ¿Otra vez el sueño de la crucifixión? -preguntó Decker.
– No, no -contestó Christopher-. No era nada por el estilo.
– Bueno, pues cuéntame qué era.
Christopher parecía algo reacio, pero Decker insistió.
– No ha sido más que un sueño estúpido -dijo Christopher en tono de disculpa-. Ya he tenido este sueño antes. -Decker no movió ni un dedo-. Está bien -dijo Christopher cediendo a la insistencia de Decker-. Es un sueño muy extraño, como antiguo, pero claro y fresco a la vez. Al principio estoy en una habitación con pesados cortinajes colgando a mi alrededor. Las cortinas son preciosas y están decoradas con hilo de oro y de plata. El suelo de la habitación es de piedra y en el centro hay una vieja caja de madera, como un embalaje, apoyada sobre una mesa. No sé por qué, pero en el sueño siento la necesidad de mirar en su interior.
– ¿Y qué hay en la caja? -preguntó Decker.
– No lo sé. En el sueño tengo la sensación de que dentro hay algo que necesito ver, pero al mismo tiempo sé que, haya lo que haya, es aterrador.
Decker pudo leer el terror en los ojos del muchacho y se alegró de haber insistido en que le contara el sueño. Aquello no era algo a lo que un joven de quince años debiera enfrentarse solo.
– Cuando me acerco a la caja y estoy a sólo unos pasos de ella, miro hacia abajo y veo que el suelo ha desaparecido. Entonces empiezo a caer, pero consigo agarrarme de la mesa sobre la que está apoyada la caja. -Christopher se detuvo.
– Sigue -le urgió Decker.
– Hasta ahí es hasta donde el sueño había durado siempre. Salvo esta noche.
– ¿Y qué ha ocurrido esta noche? -le animó Decker.
– Bueno, normalmente me despierto entonces, pero esta vez había algo más; una voz. Era grave y resonante y decía «¡Contemplad la mano de Dios! ¡Contemplad la mano de Dios!».
Decker no tenía ni idea de lo que el sueño podía significar, pero había conseguido intrigarle.