Выбрать главу

– Y luego se oía otra voz -continuó Christopher-. Bueno, en realidad no era una voz. Era una carcajada.

– Una carcajada.

– Sí, señor. Pero no una carcajada amable. No sabría explicarlo, sólo sé que era fría, cruel y terriblemente inhumana.

Moscú, Rusia

El teniente Yuri Dolginov recorrió a toda prisa el corredor del Kremlin que conducía hasta el despacho del ministro de Defensa. A pesar de la importancia del mensaje, sabía que nada era tan urgente como para no tomarse el tiempo de llamar a la puerta antes de entrar.

– Señor -dijo después de recibir permiso-, hemos recuperado el control sobre la defensa estratégica israelí.

Aquélla era una buena noticia, no había duda.

– Excelente -se dijo para sí Khromchenkov-. Entonces es hora de mover ficha.

Khromchenkov hizo una llamada rápida al ministro de Exteriores Cherov antes de informar sobre el cambio de situación en Israel al presidente Perelyakin, quien a su vez convocó de inmediato al Consejo de Seguridad ruso.

Escasos minutos después, el presidente Perelyakin concedía la palabra a Khromchenkov en la reunión del consejo. Ignorando por completo la confabulación que se estaba tramando, el presidente consideraba justo que fuera el ministro de Defensa quien tuviera el placer de informar al Consejo de Seguridad de la buena noticia.

Khromchenkov procedió a leer el contenido del comunicado que el general Serov había enviado desde el Centro de Operaciones de Defensa Estratégica israelí.

– Recuperado el control sobre defensa estratégica israelí. Imposible hacerlo con las capacidades de ofensiva. Recomiendo acción inmediata ante posible cambio inesperado de la situación -leyó.

Los miembros del consejo aplaudieron la victoria del general Serov. Varios de los allí presentes ya habían sido notificados sobre la situación y tuvieron que fingir sorpresa ante la buena nueva.

– Gracias -dijo el presidente Perelyakin dirigiéndose a Khromchenkov-. Y ahora sugiero que llevemos a cabo la recomendación del general y procedamos a responder de inmediato.

– Un momento -interrumpió el ministro de Exteriores Cherov.

– ¿Sí? -contestó Perelyakin, que ya había abandonado su asiento. El rostro del presidente apenas mostró señales de preocupación cuando Cherov empezó a hablar. Pero endureció los músculos del abdomen, como quien se prepara para recibir un golpe.

– Creo que se nos presenta una oportunidad inmejorable para restituir a Rusia al lugar que se merece entre las grandes potencias mundiales. El ejército estadounidense intenta todavía resurgir de las cenizas. Aunque he de reconocer que la Federación Rusa pasa por una situación similar. El Desastre, así lo llaman los americanos, golpeó por igual a ambas facciones. Pero la superioridad no se mide por lo que uno tiene, sino por cómo lo utiliza en su beneficio.

Perelyakin era todo oídos para Cherov, pero su mirada estudiaba los rostros de quienes le rodeaban, y lo que veía no le gustaba ni la mitad de lo que estaba escuchando.

Nueva York, Nueva York

– Te agradezco que hayas accedido a acompañarme en el desayuno, Yuri -dijo Jon Hansen mientras recibía al embajador soviético. -Buenos días, Jon -contestó Kruszkegin-. No te preocupes. Estoy a dieta -bromeó como quitando hierro a la desagradable conversación que sabía estaban a punto de iniciar.

Kruszkegin tenía los ojos rojos de mantener dos horarios diferentes. Le habían despertado muy temprano para informarle sobre el cambio de situación en Israel. Su sobrino, Yuri Dolginov, trabajaba para el ministro de Defensa y le había enviado un correo electrónico codificado desde Moscú anunciándole que Rusia había recuperado el control sobre la defensa estratégica israelí, y él había querido esperar despierto a la notificación oficial del ministro de Exteriores sobre cuáles iban a ser las medidas a adoptar. Pero el despacho no había llegado. Ésta no era la primera vez en la que dependía de su sobrino para enterarse de qué se cocía en el Kremlin. El ministro de Exteriores, del cual dependían todos los embajadores rusos en el extranjero, no acababa de estar cómodo con hombres como Kruszkegin, cuya mentalidad excesivamente internacional consideraba de escasa o nula utilidad para la Federación Rusa.

Hansen y Kruszkegin continuaron hablando de todo y de nada mientras les servían el desayuno, tras lo cual Hansen intentó sonsacar algo de información.

– Pareces preocupado -mintió. El rostro de Kruszkegin no dejaba traslucir emoción alguna, salvo tal vez que estaba disfrutando del desayuno. Hansen sólo lo había dicho para observar su reacción.

– En absoluto -contestó Kruszkegin.

Hansen cambió de táctica.

– ¿Y no tendrás más datos que yo sobre lo que ocurre, verdad?

Pero Kruszkegin sonrió y siguió masticando. Hansen lo intentó unas cuantas veces más, sin resultado. Kruszkegin se limitó a seguir con su desayuno.

– Creía que estabas a dieta -dijo Hansen frustrado-. ¿Por qué has aceptado mi invitación a desayunar si no pensabas soltar palabra?

Kruszkegin posó el tenedor en la mesa.

– Porque -empezó- un día seré yo el que te invite a desayunar y haga todas las preguntas.

– Pues cuando eso ocurra -contestó Hansen-, procuraré ser tan cauto como tú.

– Estoy convencido -dijo Kruszkegin-. Y yo comunicaré a mi gobierno que nos hemos reunido y que he sido incapaz de obtener más información, igual que harás tú hoy.

Hansen dejó escapar una risita y volvió a concentrarse en su desayuno, casi intacto. Instantes después, la gravedad de la situación volvió a apoderarse de los pensamientos de Hansen, que empezó a esparcir la comida por el plato.

– Pareces preocupado -dijo Kruszkegin, repitiendo las palabras que antes le había dirigido Hansen.

– Lo estoy -contestó Hansen-. Yuri, las cosas han cambiado. Ya no estoy seguro de lo que pueda estar pasando en Rusia. Quienes hoy ocupan allí el poder son impredecibles. Yeltzin y Gorbachov, Putin incluso, habrían sido incapaces de correr los riesgos que estos hombres han corrido. Para serte sincero, no sé qué podemos esperar de ellos.

Kruszkegin dejó de comer y, a diferencia de su comportamiento anterior, ahora resultó obvio que no pensaba en el desayuno. Hansen había tocado un nervio sensible. A decir verdad, Kruszkegin estaba tan preocupado o más que Hansen, pero sus labios permanecieron sellados.

* * *

Finalizado el desayuno, Hansen y Kruszkegin se separaron para dirigirse a sus respectivas misiones. Nada más llegar a la misión de la Federación Rusa en la calle Sesenta y Siete Este, la secretaria personal de Kruszkegin le entregó un mensaje.

– Ha llegado cuando estaba en el desayuno -le informó.

Kruszkegin echó un vistazo a la nota. La firmaba su sobrino desde el Ministerio de Defensa. Su contenido era sencillo pero insólito.

«Tío Yuri»; el encabezado era del todo atípico de por sí; hasta entonces su sobrino siempre se había dirigido a él con la fórmula «querido embajador». Pero Kruszkegin no dio excesiva importancia a esta falta de formalidad, lo que de verdad le preocupó fue el mensaje que seguía. «Reza tus oraciones», decía.

Kruszkegin entró en su despacho y cerró la puerta con llave. Se sentó a su mesa, sacó un puro habano y lo encendió. Meditó sobre el breve mensaje de su sobrino y volvió a echarle un vistazo. «Reza tus oraciones.»

Era una broma. Sí, así lo había sido cuatro años antes cuando había ayudado al joven Yuri, su tocayo, a conseguir el puesto en el gabinete de Khromchenkov.

– ¿Qué hago -le había preguntado su sobrino en aquella ocasión- si algún día tengo que advertirte de que hemos decidido lanzar un ataque nuclear a gran escala?

Kruszkegin recordaba su respuesta: «Sólo dime que rece mis oraciones».

Moscú, Rusia

La pesada cubierta de fabricación alemana se deslizó suavemente de la parte superior del silo, dejando vía libre al misil alojado en su interior. El funesto sonido metálico retumbó en otros ochenta y seis emplazamientos repartidos por toda la Federación Rusa seguido de la liberación de los anclajes y el rugido de los propulsores de los cohetes. Lentamente, los misiles abandonaron sus tranquilas catacumbas, ocultos al principio por las blancas nubes de humo que se levantaron a su alrededor. Los misiles emergieron de la humareda y se abrieron camino silenciosamente hacia el cielo, ganando velocidad en su trayectoria. Sus objetivos no se limitaban al territorio de Israel. Lo cierto es que Israel había pasado a un segundo plano. El plan de Khromchenkov para devolver a Rusia su protagonismo pasaba por controlar el suministro mundial de petróleo. El lanzamiento hacía innecesario utilizar Israel como base desde la cual hacerse con el control sobre los campos petrolíferos de Egipto y de Arabia Saudí. Ahora conseguirían su objetivo con un único golpe maestro. Había que dar una lección a Israel y seis de las ojivas se dirigían hacia sus ciudades. Pero los otros cientos de cabezas nucleares, dieciséis ojivas MIRV [37] por cada misil, tenían como objetivo cada una de las grandes ciudades de los países ricos en petróleo de Oriente Próximo. En Rusia, los ejércitos estaban preparados para la invasión posterior.

вернуться

[37] Multiple Independently targetable Reentry Vehicle (proyectil con cabezas múltiples capaces de alcanzar diferentes objetivos).