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– ¿Autógrafos? -preguntó divertido.

Christopher asintió en respuesta a su pregunta. Habló un momento con los niños en un italiano perfecto, exhibiendo una amplia sonrisa, y estrechó sus manos como si de importantes dignatarios se tratara antes de despedirse de ellos. Los niños se alejaron unos pasos mostrándose sus autógrafos, y a continuación echaron a correr hacia una mujer que Decker intuyó sería la madre, agitando los papeles en el aire como trofeos y gritando «II Principe di Roma!».

Decker se quedó mirando por un momento a Christopher, que parecía algo azorado por el suceso.

– Así que era eso lo que pasaba en el aeropuerto, eres una celebridad local.

Christopher se encogió de hombros.

– No te avergüences. Me parece fenomenal. Debes de estar haciendo una magnífica labor.

– No es por nada que haya hecho yo; lo que pasa es que he ganado mucho crédito gracias a algunos de los programas de Naciones Unidas que hemos ejecutado. Los proyectos populares hacen popular a la administración.

A la mañana siguiente, Decker y Christopher llegaron temprano al despacho de Christopher en el edificio de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación. La hora de llegada de Jack Redmond dependía del estado del tráfico matutino. La sede central de la FAO estaba alojada en un inmenso complejo de edificios que ocupaba más de cuatro manzanas y que se elevaba imponente sobre la arquitectura circundante. La FAO, en Viale delle Terme di Caracalla, empleaba a más de veinticinco mil funcionarios y tenía un presupuesto bienal de dos mil quinientos millones de dólares.

A su llegada al despacho les recibió una atractiva joven italiana.

– Buon giorno, Signor Goodman -saludó.

– Buenos días, Maria -contestó Christopher en inglés-. Te presento a mi buen amigo el señor Decker Hawthorne, jefe de Relaciones Públicas de Naciones Unidas. Decker, te presento a Maria Sabetini.

– Señor Hawthorne es un placer conocerle. El señor Goodman habla de usted a todas horas.

– El placer es mío -contestó Decker-. ¿Es usted familia del presidente Sabetini? -preguntó al reconocer el apellido del presidente italiano.

– María es la hija menor del presidente -contestó Christopher.

– Oh, vaya… Bueno, entonces el placer es aún mayor. -Decker intentó no parecer demasiado sorprendido, pero había hecho el comentario por decir algo y la respuesta le había cogido desprevenido.

– El señor Redmond llegará más tarde -dijo Christopher a María-. Cuando lo haga hazle pasar, por favor.

Cuando Christopher hubo cerrado la puerta del despacho, Decker le espetó:

– ¿Tu secretaria es la hija del presidente de Italia?

Christopher sacudió la cabeza como restándole importancia.

– No es secretaria. Es auxiliar administrativo -dijo-. Ella quería trabajar y yo necesitaba cubrir ese puesto.

– Sí, ya, ¿pero con la hija del presidente?

– Fue idea del subsecretario Milner. -La expresión de Decker pedía una explicación-. El subsecretario Milner estuvo aquí en viaje de negocios poco después de mi nombramiento como director general de la FAO. El presidente y él son viejos amigos. Yo le comenté casualmente que necesitaba un auxiliar administrativo.

– No creo que esto haya empeorado precisamente tu relación con el gobierno italiano -dijo Decker.

– No, mantenemos una relación muy cordial.

El despacho de Christopher era amplio y lujoso. De las paredes colgaban fotografías enmarcadas en las que Christopher aparecía retratado junto a distintos miembros del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas; con numerosos altos funcionarios del gobierno italiano, incluido el primer ministro, el embajador italiano en Naciones Unidas y el presidente de Italia; y con líderes de la Iglesia católica de Roma, entre ellos tres cardenales. Destacaban sobre las demás dos fotografías colgadas una junto a otra. La primera era de Christopher con el secretario general Jon Hansen; en la segunda aparecía Christopher junto a Robert Milner y el Papa.

– Compruebo que has estado muy ocupado -comentó Decker mientras contemplaba las fotografías.

– Si quieres que te diga la verdad, ha sido casi todo obra del subsecretario Milner. Desde que me nombraron director general ha pasado por aquí entre cuatro y cinco veces al año -dijo Christopher. Milner ya había cumplido los noventa, pero parecía no haber envejecido un solo día desde que recibió la transfusión de sangre de Christopher ocho años antes. Es más, parecía rejuvenecido-. No sabía que el subsecretario Milner tuviese tantos negocios en Italia.

– Hmm, tampoco yo -contestó Decker. Estaba convencido de que los frecuentes viajes de Milner no obedecían a una coincidencia. Era obvio que estaba haciendo todo lo que estaba en su mano para que Christopher ganara posiciones entre los más poderosos de Italia. No es que Decker tuviese nada que objetar, al contrario, pero aun así había algo de misterioso en todo aquello. Decker no tuvo tiempo de pensar mucho más en ello. Mientras continuaba mirando las fotos, le llamó la atención el rostro familiar de un hombre muy distinguido con el que Christopher posaba ante el Coliseo.

– ¿Cuándo estuvo aquí David Bragford? -preguntó.

– Oh, ésa es del verano pasado. Vino a Roma con el subsecretario Milner para asistir a una asamblea internacional de banqueros. -En ese instante María anunció la llegada de Jack Redmond.

– ¡Ave, Príncipe de Roma! -exclamó Redmond mientras entraba y escenificaba ante Christopher una exagerada reverencia.

Decker no tenía ni idea de a qué podía obedecer aquel saludo y se lo tomó a broma. Pero enseguida detectó en la mirada de Christopher una ligera irritación que indicaba que había un motivo detrás.

– Está bien, me doy por vencido -dijo Decker-. ¿Se puede saber qué pasa? ¿A qué viene eso del Príncipe de Roma?

– ¿No has visto el último número de Epoca? -le preguntó Jack. Se refería al equivalente italiano de las revistas Time o Newsweek.

– No -contestó Decker mirando de uno a otro a la espera de una explicación.

– Toma -dijo Jack mientras abría el maletín y le entregaba una copia de la revista italiana. Ocupaba la portada una foto muy favorecedora de Christopher y un pie de foto en tipo grueso donde se podía leer «Christopher Goodman, II Trentenne, Principe di Roma».

Decker examinó la foto unos instantes y a continuación pidió que le tradujeran el titular. Christopher se limitó a permanecer en silencio, con una expresión algo azorada, mientras Jack contestaba.

– Dice así, «Christopher Goodman, el Treintañero, Príncipe de Roma».

Decker estaba que no cabía en sí de orgullo. Aunque no sabía ni una palabra de italiano, se puso rápidamente a pasar páginas en busca del artículo que acompañaba a la portada.

– ¿Me vais a contar de qué va todo esto? -preguntó impaciente.

– Parece que nuestro pequeño Christopher se ha hecho todo un nombre por estas tierras -dijo Jack con el marcado acento sureño al que recurría siempre que le tomaba el pelo a algún amigo.

– No significa nada -protestó Christopher-. Es la mejor forma que ha encontrado el editor para insultar al priministro della republica. El primer ministro -añadió a modo de traducción-. Hace meses que se declararon la guerra. Al parecer la redacción de Epoca pensó que sería todo un golpe de efecto elevar mi perfil al tiempo que destruían el del priministro. En el artículo a continuación del mío le llaman necio, inútil e ineficaz.

Decker hojeó la revista hasta el artículo dedicado al primer ministro y se encontró con una fotografía muy desfavorecedora del hombre. Tanto que se llegó a preguntar si no habrían retocado la foto para que ofreciera tan mal aspecto.

– Me parece que el príncipe protesta demasiado -dijo Jack sonriente, tergiversando intencionadamente el verso de Hamlet. [41]

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[41] Acto III, escena 2.