– Soy aquel a quien has estado esperando -dijo el hombre con la mano aún tendida hacia él-. Pero créeme, yo llevo esperándote a ti mucho más tiempo del que tú has estado esperándome a mí. -Cohen permaneció en silencio sin saber qué decir-: Y tú eres Saul Cohen -continuó el hombre-, de la casa de Yonadab, hijo de Rekab, sobre quien profetizó Jeremías. [42]
Cohen se quedó boquiabierto.
– Ese secreto no ha salido de mi familia en mil doscientos años -dijo.
– Es la única explicación a que no desaparecieras en el… um… el «Desastre» -le explicó el hombre-. Y cuando hayas completado tu tarea, tu hijo ocupará tu lugar al servicio del Señor, tal y como se prometió a través de Jeremías.
Cohen se quedó pensativo.
– Pero sentémonos -sugirió el hombre-. Tenemos mucho de qué hablar. -Cohen obedeció en silencio-: Como señala nuestro encuentro, se acerca el día en que haya de terminar esta era. -Sin dar tiempo a que Cohen pudiera recapacitar sobre el alcance de la afirmación, el hombre continuó-: Te observo desde hace unos años y ahora estoy seguro de que eres el otro testigo. El hecho de que me reconozcas lo confirma.
– ¿Acaso no estabas seguro? -preguntó Cohen.
– Nadie me habló de quién sería el otro. Ahora veo que he sido guiado hasta ti, pero confirmarlo quedaba en manos de la capacidad de percepción y la sabiduría que Dios me ha dado. Nunca se me ha revelado nada sobre este asunto en particular.
El descubrimiento cogió a Cohen desprevenido.
– Pero… no entiendo. ¿Cómo podías no saberlo?
– Bueno, como ya escribió el apóstol Pablo, «pues ahora vemos mediante un espejo, confusamente; entonces, cara a cara. Ahora conozco de manera incompleta, entonces conoceré del todo, tal como soy conocido del todo». [43] Te puedo asegurar que mientras tú y yo permanezcamos en este lado de la vida, eso nunca cambiará; ni siquiera si hubieras de vivir hasta cumplir los doscientos años.
– Rabí -dijo Cohen, sin saber de qué otra forma dirigirse a este hombre cuya espiritualidad consideraba cientos de veces superior a la suya.
– Por favor -le interrumpió el hombre-, llámame Juan.
El juego se estaba alargando demasiado. Cohen tenía que asegurarse de que entendía lo que estaba ocurriendo.
– ¿Eres Juan?
El hombre asintió.
– ¿Yochanan bar Zebedee? -dijo Cohen refiriéndose al nombre hebreo.
– Lo soy -contestó.
– ¿El apóstol del Señor? ¿Estuviste allí, al pie de la cruz? [44]
– Lo estuve -contestó Juan. Por su expresión era evidente que todavía sentía el dolor que le había producido aquel suceso acaecido casi dos mil años atrás.
– Pero ¿cómo? ¿Acaso has vuelto de entre los muertos?
El hombre sonrió.
– En muchas maneras así lo habría preferido. Pero, no, he permanecido aquí, vivo en este mundo en decadencia, aguardando la llegada de este momento durante doscientos años.
Cohen no repitió la pregunta, pero en sus ojos todavía se podía leer el interrogante «¿cómo?».
– ¿Acaso no recuerdas lo que nuestro Señor le dijo a Pedro sobre mí a orillas del mar de Tiberíades?
Cohen conocía aquellas palabras pero nunca había pensado que tuvieran un significado literal. Después de la resurrección, Jesús le contó al apóstol Pedro cómo él, Pedro, iba a morir. Pedro le preguntó entonces qué le pasaría a Juan. «Si quiero que éste se quede mientras vuelvo, ¿a ti qué?», le contestó Jesús. [45]
– Pero también escribiste que lo que decía Jesús no significaba que no fueras a morir jamás, solamente que a lo mejor no morías hasta después de su venida. [46] -Tan pronto hubo pronunciado estas palabras, Cohen supo que no necesitaba una respuesta; tanto él como Juan conocían perfectamente lo que el destino les tenía reservado, y aquel destino coincidía perfectamente con las palabras de Jesús.
– El Señor nos dijo a mi hermano Santiago y a mí que, al igual que él, moriríamos como mártires. [47] Santiago fue el primero de los apóstoles en morir [48]… y será el último. Supongo que, por lo menos de esta manera, el ruego de mi madre a Jesús está garantizado: Santiago y yo sí que nos sentaremos a la derecha y a la izquierda del Señor en su Reino. [49]
Cohen seguía esforzándose por entender.
– En el Apocalipsis -continuó el hombre-, dije que un ángel me entregó un cuadernillo y me ordenó que lo devorara. Escribí: «Cogí el cuadernillo de la mano del ángel, y lo devoré, y en mi boca fue dulce como miel, pero cuando lo comí, mi vientre se llenó de amargor. Y me dijeron: "Tienes que volver a profetizar sobre muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes"». [50]
Cohen asintió conforme.
– Las palabras del cuadernillo eran dulces -explicó Juan-, porque en ese momento supe que viviría aún más que Matusalén. [51] Pero el cuadernillo se hizo amargo en mi vientre cuando comprendí que tendría que esperar más que ningún otro hombre para volver a ver al Señor. Entonces me hicieron saber por qué mi vida había de continuar: he permanecido en esta tierra para realizar una nueva profecía, esta vez contigo, sobre muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes.
Cohen frunció el ceño y se sumió en un estado de introspección. Creía pero, de nuevo, era casi demasiado lo que debía creer.
– Supongo que no cabía esperar otra cosa -dijo finalmente- si sobreviviste a que te sumergieran en aceite hirviendo. [52] Y explica las profecías de Yeshua en lo concerniente al final de la era, cuando le dijo a sus discípulos «Os digo la verdad: hay algunos de los que están aquí que no probarán la muerte sin ver antes el reino de Dios, venido [ya] con poder».12 Si eres Juan, entonces es cierto que esa generación no ha desaparecido. Y aun así, ¿qué hay de Policarpo? -preguntó Cohen refiriéndose al obispo de Esmirna de finales del siglo I y comienzos del siglo II, quien, según su discípulo Ireneo, dijo que Juan había muerto bajo el reinado del emperador romano Trajano. [53]
– ¿No has leído a Harnack? -contestó el hombre refiriéndose al teólogo alemán que sugirió que Policarpo en sus escritos no se refería a Juan el apóstol sino a otro hombre, un alto cargo de la Iglesia, también llamado Juan. [54]
A Cohen se le ocurrió que aquello podía explicar también un misterio de la Biblia que siempre le había intrigado de manera especial.
– Y ¿es ésa la razón de los supuestos añadidos posteriores al texto original de tu Evangelio?15 -preguntó en busca de una confirmación.
El hombre asintió.
– Lamento la confusión que ello ha causado. De vez en cuando le contaba a alguien alguna cosa que Jesús había dicho o hecho y que yo no había incluido en el Evangelio y entonces me urgían a que lo incluyera. En ningún momento pensé que añadir algunos pocos datos que me había dejado fuera en las versiones anteriores causaría tanta confusión con el tiempo.
»Saul, comprendo la razón de tus preguntas, y aun así sé que al mismo tiempo el Espíritu Santo te da testimonio de que yo soy quien digo ser.
– Pero ¿dónde has estado? -preguntó Cohen-. ¿Cómo puedes haber ocultado tu identidad?
– Es más fácil de lo que jamás podrías imaginar -contestó Juan-. Pero he de admitir que en algunas ocasiones no lo conseguí del todo. Hubo un periodo de unos pocos cientos de años durante los cuales fuera adonde fuera, de China a la India y a Etiopía, me persiguieron las leyendas.
[42] Jeremías 35, 18-19.
[43] 2.1 Corintios 13,12.
[44] Juan 19,26.
[45] Juan 21,232
[46] Juan 21,23.
[47] Mateo 20,20-23.
[48] Hechos 12,1-2.