Una idea le asaltó entonces a Cohen.
– ¿Preste Juan? -preguntó refiriéndose al misterioso personaje que mencionan docenas de leyendas y un puñado de fuentes más fiables como Marco Polo, en un periodo de tiempo de varios cientos de años y que lo sitúan en lugares muy apartados unos de otros. [55]
Juan asintió.
– Lo que no me explico del todo es cómo han podido llegar a relacionarme con las leyendas del rey Arturo. Supongo que tiene que ver con la especulación de que el Santo Grial estaba en mi posesión. Desde entonces he sido mucho más cuidadoso a la hora de ocultar mi identidad. Para no levantar sospechas he tenido que moverme mucho, nunca permanecer en el mismo lugar más de diez o quince años. Y siempre he intentado trabajar al servicio del Señor en puestos que no llamaran la atención. He sido párroco en un centenar de pequeñas iglesias en todos los rincones del mundo. Pero ¿acaso resulta tan extraordinario que haya podido pasar desapercibido en un mundo poblado por cientos de millones de personas? Después de todo, el propio Dios se hizo hombre y vivió en la tierra sin que nadie se apercibiera de él, hasta que a los treinta años llegó el momento de comenzar su ministerio. Ahora me llega a mí ese momento, y a ti también, amigo mío.
Sahiwai, Pakistán
Decker trataba de mantener una sonrisa alentadora mientras avanzaba entre los grupitos de gente que, sentados en troncos o acuclillados en el suelo, daban cuenta de sus raciones. Acababan de marcar las seis y se estaba sirviendo la segunda comida del día -a la que apenas podía denominarse cena-. Hacía casi dos horas que había abandonado el campamento, con cuatro horas de retraso, el helicóptero del secretario general Hansen junto con el resto del contingente de Naciones Unidas. Decker y Christopher se habían quedado para recibir a la segunda comitiva de embajadores que iba a inspeccionar las condiciones en el campamento. Christopher se había retirado a su tienda a echarse un rato poco después de despedirse de Hansen.
– Christopher, despierta; es la hora de la cena -le llamó Decker al aproximarse al pequeño conjunto de tiendas gris verdoso habilitado para el equipo-. Vamos, Christopher, arriba -dijo levantando ligeramente el tono de voz, pero sin recibir respuesta-. Christopher, ¿estás ahí?
Decker asomó la cabeza por la abertura de la tienda y aparró la mosquitera. En el interior, Christopher estaba sentado inmóvil en el suelo. Tenía el rostro y el cuerpo empapados de sudor y su expresión era de extremo dolor.
– ¿Estás bien? -preguntó Decker, aunque resultaba obvio que no lo estaba.
– Algo va mal -dijo Christopher por fin.
– ¿Te encuentras mal? -preguntó Decker. Pero tan pronto lo dijo cayó en la cuenta de que Christopher nunca había estado enfermo; probablemente era incapaz de estarlo.
– Algo terrible está ocurriendo -contestó Christopher.
Decker se agachó para entrar en la tienda y cerró la abertura tras él.
– ¿El qué? ¿Qué ocurre? -preguntó.
– Muerte y vida -contestó Christopher muy despacio, como si cada palabra hubiese abierto en su interior una dolorosa herida en el trayecto de los pulmones a los labios.
– ¿La vida y la muerte de quién? -preguntó Decker en el orden en que tradicionalmente se pronuncian esas palabras.
– La muerte de quien quería escapar de las garras de la muerte; la vida de quien quiso aceptar la liberación de la muerte.
– ¿Quién ha muerto? -preguntó Decker, que intentaba priorizar y dejó la segunda afirmación, menos urgente y más enigmática, para después.
– Jon Hansen -contestó Christopher.
Decker no llegaría nunca a formular su segunda pregunta.
21
Nueva York, Nueva York
Pasaron tres días antes de que los equipos de búsqueda dieran con el helicóptero del secretario general, setenta y cinco kilómetros fuera de ruta y arrugado como una bola de papel seda en medio de una arboleda al sudoeste de la población paquistaní de Gujränwalä. No había supervivientes. Era la segunda vez que un secretario general de Naciones Unidas perdía la vida en un accidente aéreo; el primero había sido Dag Hammarskjöld, en 1961, cuyo avión se estrelló en la región de Rodesia del Norte, en Zambia, pereciendo todos sus tripulantes. A pesar de la tragedia, aquel primer accidente no había tenido el impacto que la muerte de Jon Hansen y los tres miembros del Consejo de Seguridad tuvo en el mundo. En 1961, el secretario general y la propia Organización de Naciones Unidas ejercían una muy escasa, por no decir que nula, influencia en la vida de la mayoría de la población mundial. Ahora era como si el mundo girase en torno a Naciones Unidas, y en su centro estaba el secretario general.
Desde el asesinato del presidente estadounidense John F. Kennedy o la muerte de la princesa Diana de Inglaterra no se había vuelto a producir en el ámbito internacional un impacto emocional tan generalizado. En Naciones Unidas, la Asamblea General suspendió durante dos semanas el funcionamiento de la cámara en honor al hombre que durante casi quince años la había liderado en el que era ya uno de sus periodos más sobresalientes de la historia conocida.
Los miembros del gabinete de Jon Hansen se afanaban por superar el golpe al tiempo que intentaban proseguir con sus obligaciones. Muy pocos intentaban reprimir las lágrimas cuando hablaban de él. Y no era raro verlos en pequeños grupos, todos muy juntos, llorando abiertamente mientras le recordaban.
Decker Hawthorne lamentaba como el que más la pérdida de su jefe y amigo, pero él no tenía tiempo para dolerse con sus compañeros. En este momento el mundo entero le estaba esperando. Como director de relaciones públicas, no podía más que dejar a un lado su tristeza y dedicarse a coordinar el funeral y los numerosos actos conmemorativos. Su gente estaba inundada con las llamadas de condolencia y de la prensa. Miles de personas telefoneaban pidiendo fotografías de Hansen. Cientos de dignatarios querían que se los incluyese en las ceremonias en honor al secretario; todos deseaban que Decker les atendiese al teléfono personalmente y en muchos casos así lo hacía. Mantenerse ocupado era probablemente lo mejor que Decker podía hacer en ese momento y lo sabía.
Pero el ansia de poder no sabe de duelos, y fue en este tiempo de dolor cuando Decker percibió las primeras señales de las detestables maniobras que se cocían para reemplazar a Hansen. Los miembros del Consejo de Seguridad, hasta entonces unidos, le fueron llamando uno a uno, solicitando de él un trato especial en lo referente al funeral o a las ceremonias que lo rodeaban. El embajador Howell de Canadá quería ser el último en decir unas palabras de elogio al difunto en el funeral, el embajador de Chad quería ocupar el centro de la tribuna desde la que se iban a pronunciar los discursos y el embajador de Venezuela quería acompañar a la viuda. La petición que más le encolerizó fue la del embajador francés Albert Faure, quien a pesar de no haber pronunciado jamás una palabra amable sobre Hansen mientras éste estaba vivo, ahora quería ser uno de quienes portaran el ataúd del secretario general. Y lo que era aún peor, insistía en ocupar el primer puesto a la derecha de la comitiva. Aunque no explicara el porqué, Decker conocía de sobra la razón: en esa posición, Faure esperaba aparecer más que ningún otro ante las cámaras de televisión.
Más agradable fue tener que enviar una limusina al aeropuerto Kennedy para recoger a Christopher, aunque no pudo prescindir de nadie para que fueran a recibirle. Christopher, como otros cientos de diplomáticos y cientos de miles de dolientes más, viajaba a Nueva York para asistir al funeral, llenando aún más las calles ya de por sí abarrotadas de la ciudad. En los dieciséis años transcurridos desde el Desastre y la devastación de la Federación Rusa, la población mundial se había multiplicado rápidamente. Aunque la suma total era todavía mil millones menor que antes del Desastre y de la guerra, nadie lo habría dicho por el aspecto que en estos días ofrecía Nueva York.
[55] Para más información sobre el preste Juan véase, por ejemplo, E. D. Ross: