La presidencia dio primero la palabra al embajador Yuri Kruszkegin, de la República de Khakasia, representante del Norte de Asia. Tras la devastación de la Federación Rusa, Kruszkegin había abandonado su cargo en la ONU para contribuir a formar el nuevo gobierno de su provincia natal, Khakasia, pero había regresado al organismo cinco años después. Su elección como representante del Norte de Asia en el Consejo de Seguridad había recibido el apoyo unánime de los miembros de esta región. Kruszkegin se puso en pie y nominó al embajador Tanaka de Japón, representante de la región Cuenca del Pacífico. Japón había participado activamente con todo su apoyo en la reconstrucción de los países del Norte de Asia tras la guerra con Israel. Incluso antes de que Naciones Unidas votara a favor de la desaparición de las fronteras comerciales, Japón había eliminado muchas de las trabas que impedían el libre comercio entre su país y las naciones del Norte de Asia. Esta política había sido crucial para la reconstrucción de la región y Kruszkegin saldaba así la deuda contraída. Su nominación fue secundada por el embajador francés Albert Faure, representante de Europa. Las razones de su apoyo al candidato japonés no estaban nada claras, pero la mayoría de los observadores opinaba que Faure buscaba algo a cambio.
La presidencia abrió el turno para la presentación de nuevos candidatos y pasó a dar la palabra al embajador de Ecuador, representante de Suramérica, quien nominó a Jackson Clark, embajador de Estados Unidos. La nominación fue secundada por el embajador indio Nikhil Gandhi, de formación americana. Aunque esta nominación entraba dentro de las apuestas de casi todos los observadores, nadie adivinaba cómo iba a resultar. Clark había renunciado recientemente a la presidencia de Estados Unidos a fin de reemplazar a Walter Bishop, fallecido junto a Hansen en el accidente. Sus razones eran más que evidentes; quería ser secretario general. Se esperaba que el representante permanente de Norteamérica, el canadiense Howell, que a pesar de su enfermedad postergaba su dimisión, fuera quien otorgara un tercer voto a la candidatura de su vecino del sur.
Para la tercera ronda de presentación de nominaciones, la presidencia dio la palabra al embajador Ngordon, del Chad, representante de África occidental, que nombró al embajador Fahd, de Arabia Saudí, como su candidato. Dicha candidatura fue apoyada a continuación por el embajador de Tanzania, representante de África Oriental. Esta coalición entre las dos regiones africanas respondía claramente a razones de proximidad y creencias religiosas comunes.
El voto no podía estar más dividido. Puesto que ningún miembro podía hacer efectiva su candidatura sin el apoyo de dos regiones como mínimo, y ninguna región podía nominar ni apoyar a nadie de su propia región, tres era el número máximo posible de nominaciones. Sólo China se abstuvo; el resto de miembros hizo efectivo su voto. Quienquiera que fuere el finalmente elegido, necesitaría la aprobación de las diez regiones, unanimidad que, por lo pronto, no parecía fuera a alcanzarse de manera inminente. De momento habría que seguir trabajando.
Jerusalén, Israel
Scott Rosen estaba sumido en sus pensamientos cuando cruzó el abarrotado patio exterior que rodeaba el edificio recientemente reconstruido del Templo judío. Como en el pasado, este espacio de planta prácticamente cuadrangular, llamado Patio de los Gentiles, constituía la zona más próxima a los espacios sagrados del Templo a la que los no judíos tenían autorizado acercarse. Y no había lugar donde ello fuera más evidente que en la columnata porticada que rodeaba el perímetro del patio. Allí, en una maraña de puestos y tenderetes destartalados, los cambistas del Templo regateaban con los fieles el tipo de cambio para convertir diferentes divisas al nuevo shekel, la única moneda aceptada para las ofrendas del Templo. Muy cerca, los mercaderes vendían pichones, palomas, corderos, carneros y toros para los sacrificios.
Scott hizo caso omiso a la cacofonía. No podía evitar pensar en la conversación que había mantenido la víspera. El día no podía haber empezado mejor. El tiempo era muy agradable y apenas había tráfico. La reunión que tanto había querido evitar y para la que no estaba preparado se pospuso indefinidamente. El tiempo extra lo había dedicado a un asunto de gran importancia e interés y en dos horas había logrado dar con la solución a un serio problema que hasta ahora todos habían pensado irresoluble. Con el correo de la mañana había llegado un cheque atrasado por el alquiler de la casa que había pertenecido a sus padres. Sol, el propietario del colmado kósher que frecuentaba, había añadido una cucharada extra de atún a su sándwich y le había servido el pepinillo más grande que Scott había visto jamás.
Y entonces el día empezó a agriarse.
Sol se acercó a hablar con él mientras comía y Scott le invitó a sentarse. Todo había empezado de manera muy inocente. Hablaron de política y de la subida de los precios; de religión y de los últimos cotilleos del barrio del Templo, nada de lo que no hubiesen discutido antes y sobre lo que casi siempre estaban de acuerdo. Entonces Sol le comentó que había estado leyendo en su Biblia el noveno capítulo del libro de Daniel.
«¡La profecía al final del capítulo dice que el Mesías debía llegar antes de la destrucción del segundo Templo! -dijo Sol-. ¡Eso ocurrió en el 70 E. C., [57] así que tiene que haber llegado ya!»
«¡Eso es absurdo, Sol! -le corrigió él con tono cortante-. Si el Mesías hubiese llegado, lo habríamos sabido, seguro.»
Pero Sol no se dio por vencido.
«De acuerdo con la profecía de Daniel, el Mesías debía llegar cuatrocientos ochenta y tres años después de decretarse la reconstrucción de Jerusalén, cuando la ciudad fue destruida por los babilonios. Si nos basamos en el capítulo séptimo de Esdras, [58] podemos fechar ese decreto en el 457 A. C. E. [59] Y si tenemos en cuenta que no hubo un año cero, ¡significa que el Mesías vino el año 27 E. C.!» Sol sacó entonces una calculadora para demostrar a Scott sus cálculos, pero él le detuvo.
«Sol, lo que haces es muy grave. Lo prohíbe el Talmud.»
«¿Cómo?», le preguntó Sol sorprendido.
«Calcular la llegada del Mesías a partir del noveno capítulo de Daniel está prohibido», contestó él, tajante.
«Pero…»
«En el Talmud, el rabino Jochanan maldice a todo aquel que calcule la llegada del Mesías a partir de las profecías de Daniel», le aclaró él. [60]
Sol recapacitó un momento, y él, que había dado por zanjado el tema, le dio otro bocado al sándwich. Aprovechando que tenía la boca llena, Sol retomó la conversación.
«Pero no puede ser -dijo para mortificación de Scott, a quien empezaba a amargarle la comida-, ¿por qué no iba a querer el Talmud que supiéramos cuándo iba a venir el Mesías según Daniel?»
Scott tragó con esfuerzo.
«Sol, las profecías no son fáciles de interpretar. No se puede sacar una calculadora sin más y deducir con ella el significado de una profecía.»
«¿Por qué no? Eso es lo que hizo Daniel para interpretar el anuncio del profeta Jeremías. Así aparece también en el capítulo noveno del libro de Daniel, el mismo en el que hace la profecía sobre la venida del Mesías. Es evidente que Daniel no tenía una calculadora, pero todo se reduce a simple aritmética.»
«Mira, Sol, estás hablando de cosas que no entiendes.»
Pero Sol no estaba dispuesto a dar su brazo a torcer.
«Pero ¿no lo ves, Scott? Si el Mesías vino en el 27 E. C., no le reconocimos. ¿No lo entiendes? ¡El 27 E. C.! ¡Sólo hay una persona que encaja con la descripción!»