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– Bueno, es curioso que haya tenido ese sueño justo ahora. -Scott seguía demasiado sorprendido para caer en la cuenta de que el rabino ya no parecía sumido en sus pensamientos-. Recientemente he topado con un interesante pasaje en mis estudios. Permíteme que te lo lea. -El rabino cogió de la mesita que había junto a su butaca las gafas de cerca y un libro, abrió este último por una página marcada y leyó:

¿Quién hubiera creído lo oído por nosotros (dicen los pueblos)?,

¿a quién ha sido revelado el brazo del Señor?

Pues crecía (Israel en la diáspora) delante de Él como una planta tierna, y como una raíz en tierra seca; no tenía forma ni hermosura, para que le mirásemos, ni tenía buen parecer, para que nos complaciésemos de él.

Despreciado y desechado de los hombres; varón de dolores, y que sabe de padecimientos, y como uno de quien se aparta la vista, despreciado fue, y no hicimos aprecio de él.

Ciertamente él ha llevado nuestros padecimientos, y con nuestros dolores él se cargó; mas nosotros le reputamos como herido, castigado de Dios y afligido.

Pero fue traspasado por causa de nuestras transgresiones, quebrantado por causa de nuestras iniquidades; el castigo que caía sobre él nos traía la paz, y en sus llagas veíamos nuestra curación.

Nosotros todos, como ovejas, nos hemos extraviado; nos hemos apartado cada cual por su propio camino; y el Señor carga sobre Él la iniquidad de todos nosotros. [61]

– Rabí -le interrumpió Scott-, ¿por qué me lee esto?

– Tú escucha -le contestó el rabino. Scott no entendía por qué un rabino habría de leer lo que obviamente correspondía a un pasaje del Nuevo Testamento cristiano, pero le tenía demasiado respeto como para expresar su reparo. El rabino continuó:

Era oprimido, pero él mismo se humillaba y no abría su boca como cordero que era conducido al matadero; y como es muda la oveja delante de los que la esquilan, así él no abría su boca.

Fue apartado del poder y del derecho; y en cuanto a los de su generación (dice cada pueblo): «¿Quién pensaba que fue cortado de la tierra de los vivientes y que la desgracia lo alcanzó por la transgresión de los pueblos?».

Y pusieron su sepulcro con los inicuos y los malhechores en su muerte, aunque no hizo violencia, ni hubo engaño en su boca.

Mas el Señor quiso quebrantarle con enfermedades (para ver), si hiciere su vida ofrenda por el pecado, entonces verá linaje y prolongará sus días, y el placer del Señor prosperará en su mano.

Verá el fruto del trabajo de su alma, y quedará satisfecho con su ciencia. Mi justo siervo (el pueblo de Israel) justificará a muchos; pues que él mismo cargará con las iniquidades de ellos.

Por tanto Yo le daré porción con los grandes, y con los poderosos repartirá los despojos; por cuanto derramó su alma hasta la muerte, y con los transgresores fue contado; y él mismo llevó el pecado de muchos, y por los transgresores oraba. [62]

Scott no estaba seguro de si el rabino había terminado, pero no deseaba escuchar más.

– ¿Por qué me ha leído esto? -preguntó.

– ¿Qué opinas? -le interrogó el rabino a su vez, ignorando la pregunta de Scott por el momento.

– Creo que los escritores cristianos hacen mal en imitar el estilo de los profetas judíos.

El rabino esbozó una amplia sonrisa. No era exactamente la respuesta que esperaba oír pero le servía de todas formas.

– Y ¿por qué asumes que estas Escrituras son cristianas?

Scott seguía sin adivinar las intenciones del rabino, pero aquel método de enseñanza basado en preguntas y respuestas le recordó a los días en que asistía a la escuela hebrea. «Será su método para llegar a alguna conclusión final sobre el delirio de Joel», pensó.

– Bueno -contestó Scott como si estuviese en clase-, por dos razones. La primera es que quien escribe es obvio que se refiere a Jesús, con todo eso que dice sobre que fue traspasado por nuestras transgresiones y quebrantado por nuestras iniquidades. Ésa es una creencia cristiana, que Jesús se sacrificó para el perdón de los pecados de la humanidad. Es evidente que se trata de uno de los pasajes de las Escrituras cristianas en los que se intenta convencer al lector de que Jesús fue el Mesías.

– ¿Es eso lo que dice? -preguntó el rabino antes de que Scott pudiera continuar con la segunda razón.

– Por supuesto. Es evidente. No puede ser otra cosa.

– ¿Y la segunda razón?

– La segunda -dijo Scott- es que nunca antes había escuchado ni leído este pasaje. Si perteneciera a los libros de los profetas, lo habría escuchado leer en la sinagoga.

El rabino Ben David se inclinó hacia adelante y entregó el libro todavía abierto a Scott. Luego se arrellanó en la butaca, cruzó las manos sobre el vientre y resopló con fuerza a través de su espesa barba gris. Scott dio enseguida con el pasaje; estaba claramente marcado. Entonces miró el encabezamiento de la página, y allí pudo leer «Isaías».

De repente su mirada se turbó de ira.

– ¿Es que no tenían suficiente con añadir sus escrituras al final de nuestra Biblia con su llamado «Nuevo» Testamento -rugió-, para dedicarse ahora a insertar sus mentiras en el texto mismo del Tanaj? ¿Dónde ha comprado esto, rabino? ¡Debemos detenerles antes de que engañen a más gente!

– Como ves -dijo el rabino pasando las hojas hasta la del título-, la traducción es fiel al texto masorético y está publicada por The Jewish Publication Society of America. [63] Lo que te he leído también está en tu Biblia, Scott. Puedes comprobarlo en casa.

– No puede ser. La mía me la dio mi abuelo. Los cristianos no pueden haber…

– Scott, son las palabras del profeta Isaías.

Los ojos de Scott se abrieron de par en par, atónitos.

– Pero ¿por qué no las conocía de antes?

– Porque este pasaje nunca se lee en la sinagoga. No aparece en ninguna antología rabínica de lecturas para ser leídas en la sinagoga el día del sabbat. Siempre se obvia.

– Y ¿a quién puede estar refiriéndose el profeta?

La mirada escudriñadora del rabino instó a Scott a contestar su propia pregunta.

– Pero no puede ser. El profeta estará hablando en sentido alegórico.

– Tal vez. En la escuela rabínica, cuando era joven y me creía todo lo que me contaban, estudiamos este pasaje brevemente y nos enseñaron que Isaías se refería alegóricamente a Israel. Pero ¿si el masculino singular «él» de la profecía simboliza a Israel, entonces quiénes son «nosotros»? Está claro que se habla de dos entes distintos. Y si «él» es Israel, entonces de quiénes son los pecados, las iniquidades, que hemos cargado sobre nosotros? ¿Quién vio su curación en nuestras llagas?

»Fue cortado de la tierra de los vivientes y la desgracia lo alcanzó por la transgresión de los pueblos -continuó el rabino, recitando un versículo de texto que acababa de leer-. ¿No es acaso Israel el pueblo de Dios? Y si lo es, y «él» fue cortado de la tierra de los vivientes por nuestra transgresión, entonces ¿quién es «él»? -El rabino Ben David frunció el ceño y concluyó-: Esto nos lleva de nuevo al principio, ¿a quién se refiere el profeta?

– Pero ¿qué hay de lo de que murió por enfermedades? Se supone que Jesús fue crucificado -dijo Scott.

– En realidad -contestó el rabino- la elección de esa palabra se debe a una traducción muy selectiva. Lo puedes ver aquí mismo -dijo apuntando a la nota del editor que aparecía al pie de la página [64] de la que acababa de leer-, el significado original en hebreo no está claro. «Enfermedades» es una posibilidad entre muchas. Pero aparte de eso, el mensaje del profeta es cristalino.

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[61] Isaías 53, La Biblia: los cinco libros de Moshé; Torá, los primeros profetas; Nviim Rishonim, los profetas posteriores; Nvi'im Aharani'im, Escrituras; Kthuv'im, versión castellana de León Dujovne, Manases Konstanynowski, Moisés Konstantinowsky (1998): Buenos Aires, Sigal, págs. 723-724. (N. de la T.)

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[62] Ibíd.

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[63] El texto original se refiere en todo momento a la versión de Isaías 53 de The Prophets Nevi'im, nueva traducción de las Sagradas Escrituras a partir del texto masorético, segunda sección, publicada por The Jewish Publication Society of America (1978), Philadelphia (págs. 477-478). (N. de la T.)

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[64] En nuestro caso, Dujovne no incluye nota aclaratoria alguna sobre la traducción de este extracto. Sí aparece, sin embargo, en F. Cantera y M. Iglesias: op. cit., pág. 415. (N. de la T.)