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El primer ministro miró al sumo sacerdote, que asintió, indicando que, por lo menos en ese aspecto, Christopher tenía razón.

– Algunos problemas sí que plantea -empezó el sumo sacerdote en respuesta al rostro interrogante del primer ministro. Se aproximó al primer ministro, a Christopher y a Milner, dejando que Bernley examinara, inadvertida, el Arca. A ella le daba lo mismo, no tenía el más mínimo interés en lo que se hablaba-. Si en verdad se trata del Arca -continuó el sumo sacerdote- entonces sólo debería abrirse en el Templo. Pero si no lo es, entonces sería una aberración colocarla en el sanctasanctórum para abrirla, aún más sin estar seguros de qué es lo que contiene. Se podría, tal vez, meter en el Templo pero no en…

De pronto un grito breve y espeluznante llenó la sala. A sus espaldas, el cuerpo exánime de Alice Bernley se desplomó encogido y la cabeza golpeó contra la alfombra con un sonido apagado.

– ¡Alice! -gritó Milner abalanzándose sobre ella.

– ¿Qué ha sido? -exclamó el primer ministro.

Según 1 Samuel 6, 19, porque las gentes de Betsemes habían curioseado el Arca de Yahveh, setenta de entre ellos murieron (la mayoría de manuscritos hebreos y la Septuaginta hablan de cincuenta mil setenta muertos). Para otro ejemplo, véase 2 Samuel 6, 6.

El asistente del sumo sacerdote, que había visto lo ocurrido, parecía sumido en estado de choque.

– Ella… ella ha tocado el Arca -contestó.

El embajador italiano en Israel, Paulo D'Agostino, que había permanecido en silencio hasta ahora, corrió hasta la puerta y pidió a gritos que alguien llamara a un médico.

Tras comprobar que no había pulso, el desesperado Robert Milner empezó a aplicarle maniobras de resucitación cardiorrespiratoria. A los pocos segundos llegó el médico oficial asignado a la Kneset, quien emprendió de inmediato los procedimientos de emergencia al tiempo que Bernley era tendida en una camilla, para su traslado en ambulancia al hospital más cercano. Veinte minutos después era declarada muerta oficialmente.

Mientras el cuerpo era sacado de la sala, con Robert Milner detrás desecho en sollozos, el sumo sacerdote Chaim Levin pronunció una cita de la Biblia: «Entonces se encendió la ira de Yahveh contra Uzzá e hirióle por haber extendido su mano sobre el Arca». [66]

El primer ministro paseó su mirada del sumo sacerdote al Arca y luego al resto de los presentes. El levita hojeaba nervioso su Sidur, el libro tradicional de oraciones que contiene plegarias para casi todas las ocasiones imaginables. Pero no encontraba nada para este momento preciso. Christopher se aproximó al Arca y cerró cuidadosamente los laterales de la caja de madera para evitar que otros sufrieran el mismo final que Bernley.

Finalmente, el primer ministro se decidió a hablar.

– El sumo sacerdote examinará su arca, señor Goodman. Y si, en efecto, se trata del Arca del Señor, tendrá su tratado y la gratitud del pueblo de Israel.

24

LOS ELEGIDOS

Durante la cena en el apartamento de Decker, Christopher le puso al corriente de su viaje a Israel y de las circunstancias de la muerte de Alice Bernley. Robert Milner se había quedado en Israel para encargarse del cuerpo de Alice. Christopher explicó a Decker que, aunque quedaban por limar algunos flecos, esperaba que el tratado con Israel se firmara a mediados de septiembre y fuese efectivo a partir de finales del mismo mes, coincidiendo con Rosh Hashaná, el Año Nuevo judío. Luego, Decker ofreció a Christopher un detallado resumen de los esfuerzos realizados hasta el momento para la elección del nuevo secretario general. Los dos candidatos, Kruszkegin, del Norte de Asia, y Clark, de Norteamérica, habían intentado sin éxito reunir más apoyos a su favor.

Era un proceso curioso de contemplar, por cuanto quienquiera que fuera finalmente el elegido necesitaría de la aprobación del resto de miembros, y ninguno de los dos quería arriesgarse a pisar al otro en su escalada a la cima. Pasaron dos sin que se apreciase cambio alguno entre los miembros del Consejo de Seguridad. Entonces, la embajadora Lee de China, que hasta el momento se había abstenido, decidió que no podía apoyar a ninguno de los dos candidatos a pesar de su amistad personal con Kruszkegin. En un rápido movimiento, los miembros que, para empezar, habían nominado al representante de la Cuenca del Pacífico y luego se habían decantado a favor de Kruszkegin para ganar los votos de África oriental y África occidental volvieron a cambiar su intención de voto.

El nuevo candidato era el francés Albert Faure. Faure contaba con los votos de quienes antes habían apoyado a Kruszkegin, y con el de China, que consideraba al europeo el candidato menos censurable. Ante el dilema de tener que elegir entre el americano y el europeo, la India, que hasta el momento había favorecido al estadounidense Jackson Clark, decidió abstenerse. Así las cosas, la balanza parecía decantarse a favor de Faure, con seis votos a favor y tres en contra.

Decker esperó al final de la cena para referirse a Faure. No había necesidad de arruinarle la comida a Christopher.

Justo entonces sonó el teléfono. Cuando descolgó, Decker pudo escuchar una voz familiar. Era Jackie Hansen, que llamaba desde el despacho de Christopher en la ONU. Tras la muerte de su padre, Christopher la había contratado como jefa de su secretaría. Llamaba porque había surgido una inesperada petición para concertar una cita a primera hora del día siguiente. Christopher solía llegar a la oficina hacia las siete y media, pero tenía pensado entrar un poco más tarde la mañana siguiente para recuperar algo de sueño. Las circunstancias de la cita le obligaron a desechar sus planes. Dos de los máximos altos cargos de la Organización Mundial de la Paz, el teniente general Robert McCoid, comandante en jefe del grupo de Observadores Militares de las Naciones Unidas en India y Pakistán (UNMOGIP), y el general de división Alexander Duggan, destinado recientemente al cuartel general militar de la OMP en Bruselas, acababan de llegar a Nueva York sin previo aviso y solicitaban reunirse con Christopher lo antes posible. La petición era del todo insólita y por esa misma razón Christopher accedió rápidamente a recibirlos en su oficina a las siete menos cuarto del día siguiente.

* * *

Tal y como habían deseado, los dos hombres pasaron totalmente desapercibidos cuando acudieron esa mañana a reunirse con Christopher. Jackie Hansen había madrugado para ofrecer una falsa impresión de actividad en la oficina a hora tan temprana; el resto de personal no llegaría hasta una hora después y no le pareció correcto que los generales se encontraran con una oficina vacía. Christopher y Jackie esperaban en la recepción cuando llegó la visita.

Los generales son, por norma, gente muy seria, pero estos parecían especialmente circunspectos. Ambos hubiesen preferido ir directamente al grano, pero los asuntos de esta magnitud debían abordarse con mucha cautela.

En Kerem, Israel

Scott Rosen cenaba a solas, sentado a la mesa de su cocina. En la calle, según caía la noche, oyó como una vecina llamaba a sus hijos, que jugaban. Por un momento pensó en su infancia y en las veces que había jugado con los niños de su barrio. Su abuelo, que vivía con ellos, solía salir para intercambiar unos lanzamientos de pelota con él; otras veces paseaban juntos por un parque cercano y hablaban sobre lo que le enseñaban a Scott en la escuela hebrea o sobre el tiempo. En ocasiones, le hablaba de la abuela. Él no había llegado a conocerla y podía pasar horas escuchando a su abuelo contar cosas sobre ella.

El vapor del caldo de pollo, receta de su madre, se elevó hasta él y le sacó de su ensoñación, pero al echar un vistazo a su alrededor, cayó en la cuenta de que no se encontraba donde creía. Aquélla era la casa de sus padres, la que tenían en Estados Unidos cuando era niño. Ante él, la mesa estaba dispuesta para cinco. Cerca del sitio de su padre descansaba una gran fuente de latón con unas ramas de perejil, un montoncito de pasta de rábano picante, otro montoncito algo más cuantioso del potaje de manzana llamado jaroset, una pierna de cordero y un huevo duro asado. Junto a él había otra bandeja con una pila de matzá. La mesa estaba obviamente dispuesta para Pésaj, la Pascua judía. Cuatro de los cinco platos eran para Scott, sus padres y su abuelo. El quinto, siguiendo la tradición, se reservaba al profeta Elías, por si éste decidía descender del firmamento y honrarles con su presencia.

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[66] Crónicas 13,10.