Выбрать главу

– No me has contado el final de la historia -dijo Ethel.

– Porque el final es un poco triste… como todos los finales. Cambiaste de la noche a la mañana; súbitamente te convertiste en una señorita y…

– No fue de la noche al día. Fue súbitamente una mañana, años después. Me acuerdo de esa mañana. Yo me apretaba contra ti porque supongo que ya sabía que todo aquello estaba terminado, y tú me abrazaste fuerte porque también lo sabías. Y entonces… -Se detuvo.

– ¿Qué?

– Me rechazaste bruscamente diciendo… ¿recuerdas lo que me dijiste?

– ¿Cómo podría recordar, después de tantos años?

Extendió el camisón en la cama y lo alisó con la palma de su mano.

– ¡No hagas eso! -exclamó Ethel, con evidente rudeza en la voz.

– ¿Por qué?

– Eso es lo que dijiste aquella mañana, y cómo lo dijiste. Cuando yo me apreté contra ti y tú te apartaste, dijiste eso con la misma voz que empleas cuando das órdenes a tu mozo. «¡No hagas eso!»

– ¡Kitten! ¿Has estado guardando eso contra mí durante todos estos años? -Se echó a reír.

– No soy tan boba -respondió Ethel-. Pero todavía puedo oír cómo lo dijiste.

– Querida mía, no insistas en una explicación más gráfica; podrías avergonzarme. -Seguía riendo. – Y hasta tú podrías sentir vergüenza. Corramos una cortina suavemente, tal como hemos de hacer de vez en cuando sobre tantas cosas, y sigamos.

– Al día siguiente me recordaste, con mucha gentileza, que yo era una niña adoptada, hecho que raramente habías mencionado anteriormente.

– ¿Y qué otra cosa podía decir sobre este hecho? Te lo dije cuando tenías cinco o quizá cuatro años. Me acuerdo de ese día. Te dije: «Mamá y yo queríamos un hijo, así que buscamos y buscamos y qué encontramos… ¿qué crees tú?» Y tú respondiste: «¿Un gatito?» -Se echó a reír. – Eras tan graciosa… ¿Te acuerdas?

– Yo tenía razón. Un animal favorito doméstico. ¿Por qué no adoptaste un gatito en vez de adoptarme a mí?

– Oh, vamos… En realidad, el hecho de que fueses adoptada nunca fue importante para mí.

– Pero para mí sí se convirtió en importante. La razón por la que estoy hablando ahora de todo esto, es para decirte que no te preocupes por mí. Ahora estoy muy bien. Desde que conocí a Teddy he superado un montón de cosas. Todo lo que tengo que decirte, mientras desaparezco por el horizonte arrastrándome hacia el sol poniente, es: «¡Gracias por prestarme tu nombre! ¡Tómalo! Te lo devuelvo.»

– No vas a librarte de mí con tanta facilidad. Ni tan rápidamente.

– Voy a casarme tan pronto como pueda.

– Bueno, me tienes en ascuas por saberlo todo sobre él. -Miró su reloj de pulsera. – Dentro de veinticinco minutos la puesta de sol.

De nuevo miró la pila de vestidos en el suelo.

– Si no te importa, y supongo que no -dijo-, le diré a Manuel que embale todo esto en cajas especiales protegidas del polvo. Las almacenaremos en el desván y…

– Papá, no deseo ver nunca más todo esto.

– No tendrás que hacerlo. No, hasta el día, dentro de muchos, muchos años, cuando yo chochee y esté débil y necesitando desesperadamente recuerdos gratos. Entonces abriremos las cajas en presencia de mis nietos. Será tan divertido… Le diré a Manuel lo que tiene que hacer. Ahora, ¿estás segura de que no quieres venir conmigo? Han extendido la pista hasta la cima de la segunda loma. Es salvaje y bello y no hay ni un amropoide a la vista. Vamos. Por favor. -Ella sacudió la cabeza. El seguía insistiendo. – En recuerdo de los viejos tiempos. ¡Por mí! ¡Vamonos, chiquita! [9]

– Papá, no he montado un caballo durante cinco años. Odio a esos animales y… por favor, no me atosigues.

Ed Laffey no lo hizo. Salió, siempre sonriente, con su confianza intacta.

De pie todavía en medio del espacio del que la luz se iba desvaneciendo, Ethel oyó abajo el eco de las energías de su padre: un portazo, su voz llamando a Manuel, y algo más tarde, gritando a Diego, el muchacho del establo. Ahora Ethel esperó, inmóvil todavía, hasta que oyó los cascos de su caballo cruzando el espacio de protección contra el ganado y cruzando la abertura en la valla por donde la propiedad bordeaba el camino hacia la loma.

Únicamente cuando estuvo muy segura de que su padre se había alejado por el desierto, llamó a Manuel y Carlita para que vinieran a recoger las fotografías y los papeles para ser quemados.

– ¿También los marcos, miss Kitten? -quiso saber Manuel.

– Todo. ¡Rápidamente! Los vestidos y todo, es vuestro. Haced lo que queráis con todo ello.

– ¿Le preguntó usted a su padre? -inquirió Manuel.

– Maldita sea, no se lo pregunté.

– Es que él dijo…

– No me importa lo que él dijera.

– Me dijo que ya me indicaría lo que debía hacer…

– Ahora soy yo quien te dice lo que debes hacer. ¿Vas a hacerlo?

La pareja se miró.

– Yo creo que ella no tiene por qué pedir permiso -murmuró Carlita, los ojos puestos en los vestidos.

De pronto Ethel se vio abrumada por las expresiones de agradecimiento.

– Hay suficientes vestidos para todo un pueblo -dijo Carlita, recogiendo grandes brazadas y saliendo a escape de la habitación-. ¡Ven, Manuel, ven!

Cuando se lo hubieron llevado todo y el suelo estaba tan liso como las paredes, Ethel se echó en la cama. Estaba temblando.

Su teléfono princesa, esa pequeña bruja de color rosado, tan confortable en su cuna, encontró divertida la inquietud de Ethel y se atrevió a ofrecer consejo, revelando al hacerlo, un carácter vulgar y totalmente inesperado.

– Oye, tía, ¿por qué tanto calor y tanta inquietud? Deja que ellos se preocupen y digan cosas imperdonables. Tú, fresca como si nada. Tú les haces esa sonrisita torcida. Mírame a mí. ¿Te das cuenta? Que me griten cuanto quieran, ¿has visto alguna vez que yo cambie mi expresión? Todo lo que tienes que soportar todavía son dos días más. Después te irás de aquí. Desaparecerás para el resto de tu vida. ¿Por qué discutir y vociferar? ¡Dos días! Procura hacer algo bien por lo menos una vez en tu vida. Como esta noche, cena con tu papaíto y sé dulce, y femenina, sé coqueta. Bésale en vez de una, dos veces, dile qué guapo es y cuánto te gusta su salsa de carne, hasta puedes decirle cuánto sientes haber quemado las malditas fotografías sin haberle pedido permiso. ¿Qué diferencia hay? Ya se han quemado, ¿no es verdad? Entonces dile que deseas te aconseje sobre los hombres, otros hombres. Esto siempre les hace caer. Y cuando te dé el consejo, asiente y sonríe y dile «¡oh!», así mismo. «¡Oh!» y «¡Oh, sí» y «¡Oh, ya veo!» y «¡Oh, naturalmente!» y «¡Oh, por qué no pensaría yo en eso!», y hasta puedes llegar a decirle: «¡Oh, papi, papaíto, ¿qué haría yo sin ti?» Se lo tragará todo. Sigue el palo por ti. Todavía puedes sacar lo que quieras de ese hombre. Nena, es una vida de coño. En vez de pelear, sonreímos, fingimos estarde acuerdo, y hacemos lo que nos da la gana. O les hacemos creer que somos estúpidas y nos ahogamos en nuestra abrumadora adoración como héroes. Algunas chicas se salen con la suya y esto es todo lo que saben hacer. Por esto la naturaleza nos hizo más bajitas, para poder admirarlos en su altura. Y por esto hizo a los hombres ingenuos: para que nunca sospecharan que después que nos han dejado en casa, nosotras tenemos otra cita. Pero debemos guardar siempre esa apariencia rosada y tranquila. Hemos de despertar la curiosidad de esos necios sementales, sobre lo que nosotras estamos pensando realmente. ¡Ah, ése es el misterio de la vida, ah, sobre eso escriben canciones! ¿Me estás escuchando? Ahora no vayas a quedarte dormida mientras te hablo. Pasa como puedas esta tarde. Entonces, antes de que te des cuenta, Teddy ya estará aquí, y con él ese viejo loco griego. Eso va a ser el acontecimiento principal. Costa Avaliotis contra el doctor Edward Laffey. Siéntate y contempla el espectáculo, chiquilla; tú tienes el mejor asiento. Tú eres el primer premio, nena. Todo lo que tú debes hacer es quedarte tranquila y estar atractiva. Y cuando sientas que estás otra vez a punto de subirte por las paredes con tus histerias de niña, acuérdate de mí aquí repantigada e indiferente, con mi color rosado, y di para ti misma: sólo son un par de días en la vida de una hembra.

вернуться

[9] En español en el original. (Nota del traductor.)