Выбрать главу

Hacía una semana de la desaparición y se preparaba una reconstrucción. Vistieron con ropa igual a la que Flip habría llevado aquella noche a una agente que tenía un ligero parecido con la estudiante; como del guardarropa de la desaparecida faltaba una blusa de Versace, la agente se puso una igual. Salió de la casa y los periodistas dispararon sus cámaras; luego fue a paso rápido hasta el final de la calle a tomar un taxi previamente preparado, se bajó del taxi y continuó a pie cuesta arriba hacia el centro de la ciudad, seguida durante todo el camino por fotógrafos y agentes de uniforme que preguntaban a peatones y conductores. Así todo el trayecto hasta el bar de marras del sector sur.

Dos equipos de televisión, la BBC y la Escocesa, filmaron la reconstrucción para emitir un resumen en las noticias.

Era una manera de demostrar que la policía hacía algo.

Gill Templer captó la mirada de Rebus desde la acera opuesta y pareció saludarlo encogiéndose de hombros, antes de reanudar la conversación con el ayudante del jefe supremo, Colin Carswell, que tenía unas cuestiones que aclarar con ella. Rebus no ignoraba que la expresión «una conclusión rápida» surgiría al menos una vez en su conversación. Sabía por experiencia que cuando Gill Templer se irritaba tenía tendencia a juguetear con aquel collar de perlas que se ponía a veces. Aquel día lo llevaba, y ya lo estaba tocando con un dedo. Pensó en los brazaletes de Bev Dodds y que el crío había dicho de ella que era «la hostia de rara». Aquella Bev tenía libros de magia blanca en el cuarto de estar, que ella llamaba «salón». Se acordó de una canción de los Rolling Stones: «La araña y la mosca», de la cara B de Satisfaction. Vio a Bev Dodds como a una araña en la tela de su salón y, aunque la imagen era pura fantasía, no logró quitársela de la cabeza.

Capítulo 6

El lunes por la mañana, Rebus se llevó los recortes de Jean al trabajo. En la mesa le aguardaban mensajes de Steve Holly y una nota manuscrita de Gill Templer en la que le anunciaba una cita con el médico a las once. Fue a su despacho a protestar, pero una hoja de papel en la puerta le informó que iba a pasar el día en Gayfield Square; volvió a su mesa, cogió el tabaco y el encendedor y se dirigió al aparcamiento. Acababa de encender un cigarrillo cuando llegó Siobhan Clarke.

– ¿Ha habido suerte? -preguntó Rebus.

Siobhan alzó el portátil que llevaba.

– Anoche -dijo ella.

– ¿Qué sucedió?

– En cuanto acabes esa porquería -respondió ella mirando el cigarrillo-, sube y lo verás.

La puerta se cerró a su espalda y Rebus miró el pitillo, dio la última calada y lo tiró.

Cuando llegó a la sala de Investigación Criminal, Siobhan ya había puesto en marcha el portátil. Un agente le dijo que tenía a Steve Holly al teléfono, y Rebus movió la cabeza para indicarle que no lo cogía; sabía perfectamente lo que quería el periodista: Bev Dodds le había hablado de su viaje a Los Saltos. Alzó un dedo para indicar a Siobhan que aguardase un momento y llamó por teléfono al museo.

– Jean Burchill, por favor -dijo, y aguardó.

– Diga.

– Jean, soy John Rebus.

– John, precisamente iba a llamarle.

– No irá a decirme que han estado molestándola.

– Bueno, más que molestarme…

– ¿Un periodista llamado Steve Holly por lo de las muñecas?

– Ah, ¿a usted también?

– Lo mejor que puedo aconsejarle, Jean, es que no diga ni una palabra. No conteste a sus llamadas y, si logra que usted se ponga al teléfono, dígale que no tiene nada que informar, por mucho que insista.

– Entendido. ¿Ha sido Bev Dodds quien ha hablado?

– Es culpa mía. Debí imaginarme que lo haría.

– No se preocupe por mí. Estaré prevenida.

Se despidieron y Rebus colgó y se acercó a la mesa de Siobhan a leer el mensaje en la pantalla del ordenador portátil.

«Este juego no es un juego. Es una búsqueda. Hace falta ser fuerte, resistente, y no digamos inteligente. Pero hay buena recompensa. ¿Sigues queriendo jugar?»

– Le envié un mensaje diciendo que me interesaba, pero le pregunté cuánto duraba el juego -dijo Siobhan pasando el dedo por el teclado-. Me contestó que podía durar unos días o unas semanas. A continuación, pregunté si podía empezar con Hellbank y me contestó inmediatamente que Hellbank era el cuarto nivel y que tengo que jugar el juego entero. Dije que de acuerdo y a medianoche recibí este correo.

En la pantalla apareció otro mensaje.

– Ha utilizado una dirección distinta -explicó Siobhan-. A saber cuántas tiene.

– ¿Eso dificulta su localización? -preguntó Rebus, mientras lo leía:

«¿Cómo puedo estar seguro de que eres quien dices?»

– Se refiere a mi dirección de correo electrónico -explicó Siobhan-, porque primero utilicé la de Philippa y ahora uso la de Grant.

– ¿Qué le dijiste?

– Que tenía que confiar en mí, o que si quería podíamos vernos.

– ¿Y te pareció que le interesaba?

Siobhan sonrió.

– No abiertamente -contestó-, pero me envió esto -añadió pulsando otro botón.

«Seven fins bigh is king [1] La reina cena bien ante el busto.»

– ¿Eso es todo?

Siobhan asintió con la cabeza.

– Le pregunté si podía darme una clave y volvió a repetir el mensaje.

– Seguramente porque el mensaje encierra la clave.

– Me he pasado casi toda la noche despierta -dijo ella pasándose un dedo por el pelo-. Me parece que a ti no te interesa.

– Tendrás que encontrar a alguien a quien le gusten los crucigramas. ¿No suele hacer crucigramas crípticos el joven Grant?

– ¿Ah, sí? -exclamó Siobhan mirando al otro lado de la sala donde Grant hablaba por teléfono.

– ¿Por qué no le preguntas?

Cuando Hood acabó de hablar por teléfono, Siobhan estaba a su lado aguardando.

– ¿Qué tal con el portátil? -inquirió él.

– Muy bien -contestó ella tendiéndole una hoja-. Me han dicho que te gustan las adivinanzas.

Él cogió la hoja, pero sin mirarla.

– ¿Y el sábado qué tal? -preguntó.

– El sábado estuvo bien -respondió ella.

La verdad es que lo había pasado bien; se habían tomado un par de copas y luego habían cenado en un buen restaurante nada rimbombante de la ciudad nueva. Hablaron de trabajo casi todo el rato porque no tenían mucho más en común, pero se rieron los dos con algunas historias que les habían sucedido. El había sido muy caballeroso y la acompañó después a casa; ella no lo invitó a que subiera a tomar café y él dijo que tomaría un taxi en Broughton Street.

Hood la miró y sonrió complacido de que le hubiera dicho «muy bien».

– «Seven fins high is king» -leyó en voz alta-. ¿Qué quiere decir?

– Tenía la esperanza de que tú me lo dijeras.

Él volvió a leer el mensaje.

– Podría ser un anagrama, aunque hay pocas vocales. ¿No será: «antes de la redada», en lugar de «ante el busto»? Bust es también «redada». ¿Una redada antidrogas, tal vez? -Siobhan se encogió de hombros-. ¿Por qué no me explicas un poco de qué se trata? -añadió.

Siobhan asintió con la cabeza.

– Mientras nos tomamos un café -contestó.

Tras su escritorio, Rebus vio que salían del departamento y cogió el primer recorte. Cerca de su mesa, alguien mantenía una conversación a propósito de la próxima conferencia de prensa; parecían estar de acuerdo en que, si Gill Templer se la encomendaba a una persona en concreto, estaba de uñas con ella. Rebus entornó los ojos: había una frase en el recorte de 1995 que había pasado por alto la primera vez. En el Hotel Huntingtower, cerca de Perth, un perro había encontrado el féretro y un trozo de tela, y un empleado del establecimiento había dicho: «Si no tenemos cuidado, Huntingtower va a crearse mala fama». ¿Qué habría querido decir? Cogió el teléfono pensando en que a lo mejor Jean Burchill lo sabía, pero no le llamó; no quería que pensase que era…, ¿qué exactamente? Lo había pasado bien la víspera y creía que ella también. La había acompañado a su casa en Portobello, pero había declinado su invitación a tomar café.

вернуться

[1] Acertijo indescifrable. (N. del T.)