La señora Wolfe hojeó un grueso expediente con dedos expertos y sin decir palabra me tendió la carta en que la señora Frizell solicitaba la cancelación de su cuenta. La anciana había escrito en una hoja de amarillento papel rayado, arrancado de un bloc que debía tener desde que abrió su cuenta. Su redacción era inconexa, como si hubiese escrito la carta en varias veces sin pararse a comprobar lo que había dicho en la anterior, pero el contenido era bastante claro.
«He tenido una cuenta en su banco durante muchos años y jamás pensé que ustedes engañarían a una clienta tan antigua, pero la gente se aprovecha de las mujeres mayores de forma terrible. El dinero que tengo en su banco es todo lo que poseo, y aun así ustedes sólo me pagan el ocho por ciento, pero en otro banco puedo ganar el diecisiete por ciento, y por supuesto tengo que pensar en mis perros. Quiero que vendan ustedes mis cedés (sic) * y envíen mi dinero al U. S. Metropolitan (sic), tengo el impreso que tienen que utilizar.»
– ¿Diecisiete por ciento? ¿De qué diablos podía estar hablando? -pregunté.
Sylvia Wolfe sacudió la cabeza.
– La llamé e intenté discutirlo con ella, pero se negó a hablar conmigo. Intenté incluso pasarme a verla, decirle que sólo alguien que quiere realmente estafar a la gente mayor le podía prometer el diecisiete por ciento, pero me dijo que estaba claro que le iba con mi palabrería cuando ya era demasiado tarde. Le escribimos diciéndole que le volveríamos a abrir la cuenta sin gasto alguno si decidía volver con nosotros. Así quedaron las cosas.
– ¿Cuánto tenía en certificados de depósito? -pregunté.
La señora Wolfe volvió a sacudir la cabeza.
– Sabe que eso no se lo puedo decir.
Le di vueltas a la carta entre mis manos, pero no me decía nada. No la había escrito otra persona, y no parecía dictada por alguna presión, pero no existía ninguna manera de saberlo a ciencia cierta.
– ¿Tenía un cofre de seguridad aquí? -pregunté bruscamente.
Las empleadas de la sección de préstamos intercambiaron prudentes miradas.
– No -dijo la señora Wolfe-. Lo hablé con ella varias veces en esos años, pero prefería guardar cualquier documento importante en su casa. A mí no me parecía bien, pero no era la clase de gente a la que se le pueda decir nada; ya tenía tomada su decisión antes de empezar la conversación.
Le devolví la carta a la señora Wolfe. Mientras le agradecía su ayuda, me preguntaba dónde estarían los documentos personales de la señora Frizell. Todd y Chrissie no hubiesen tratado de sonsacarle la información si los tuviesen.
– ¿Has conseguido lo que querías, Vic? -me interrumpió Alma.
Encogí un hombro.
– Algo, pero estoy confundida. Lo que me gustaría ver es su cuenta en el Metropolitan, averiguar qué pudieron ofrecerle que le rentara esa cantidad de dinero. Y me gustaría saber dónde está el título de propiedad de su casa, si no lo guardaba en un cofre de seguridad.
– ¿Ha desaparecido? -me preguntó la señora Wolfe, con un destello de alarma en sus ojos castaño claro.
– Los chicos que se encargan de sus asuntos no lo tienen: aparecieron en el hospital el lunes con la cantilena de que no podían reunir el dinero para pagar su factura. Claro que está en el hospital del condado, no van a echarla, pero como es propietaria de una casa sí le piden que pague sus gastos hospitalarios.
La señora Wolfe sacudió la cabeza.
– No sé dónde podía tenerlo, ese título. Pero debe estar en algún lugar de su casa.
Pensé en el gran cúmulo de papeles aún sin tocar en su escritorio. Pero seguramente a esas horas Todd y Chrissie ya habrían registrado la casa a fondo. Si el título estaba allí, tenían que haberlo encontrado. Me pregunté si la señora Hellstrom sabría algo. Volví a darles las gracias a las empleadas del banco, y volví al bochornoso día de junio.
La señora Hellstrom estaba en su jardín, atareada con un enorme saco de turba y una azada. Un sombrero de paja la resguardaba del sol, y unos guantes y un delantal protegían sus manos y ropas. Se mostró contenta de verme y me invitó a tomar un té helado en su cocina, aunque miró pensativamente hacia atrás al entrar.
Posó cuidadosamente los guantes y el sombrero en una pequeña repisa junto a la puerta trasera.
– Anoche fui al hospital. Me dijeron que habías estado allí, que conseguiste que Hattie hablase un poco más de lo habitual.
El cumplimiento rutinario de mi cometido de ángel de la guarda era lo que al parecer me había valido esa entrevista a solas. No lo estropeé diciéndole que quería conseguir que la señora Frizell me hablara de sus finanzas.
La señora Hellstrom me condujo hasta una silla junto a la inmaculada mesa de formica. Sacó una jarra del refrigerador y cogió dos vasos de plástico color ámbar de un estante, como aquellos a los que unas horas antes les había hecho ascos Dick. Me pregunté qué habría hecho con su camisa manchada de café y sus reuniones. Probablemente tendría una de repuesto en la oficina. O quizá su secretaria corrió a comprarle una nueva en Neiman-Marcus.
No soy muy aficionada al té y el brebaje de la señora Hellstrom procedía visiblemente de un paquete de té instantáneo, pero sorbí un poco en plan sociable. Lo había azucarado una mano generosa. Procuré no hacer una mueca mientras lo ingería.
Charlamos un rato de la señora Frizell, de algunos de los recuerdos que la señora Hellstrom tenía de ella.
– Claro, era de la generación de mi madre. El señor Hellstrom se crió en esta casa y solía intentar jugar con su hijo, pero él, el hijo, quiero decir, no era un chico que les cayese muy bien a los otros niños. Pero si piensa una en lo rara que es ella, no es de extrañar, ¿verdad? Aunque siempre ha sido una buena vecina, a pesar de toda esa basura de su patio y de esos perros.
No podía hacerme una idea clara de lo que pudo hacer la señora Frizell para merecer el apelativo de buena vecina. Quizá era simplemente que no se metía en los asuntos de los demás. De ahí la conversación giró sobre el egoísmo de mi generación, algo que no me sentía muy capaz de discutirle, pero cómo se alegraba la señora Hellstrom de encontrar gente joven en su barrio que encarnaba los viejos valores de buena vecindad.
– Desde luego, creo que fue un error de esos jóvenes hacer sacrificar a los perros, pero también se apresuraron a cuidar de los asuntos de Hattie. Y no creo que para ellos sea muy divertido hacerse cargo de una anciana tan maniática como ella.
– No, desde luego -murmuré-. Pero supongo que estarán un poco fastidiados por el hecho de que no consiguen encontrar el título de propiedad de la señora Frizell.
– ¿El título de propiedad de su casa? -preguntó vivamente la señora Hellstrom-. ¿Para qué lo quieren?
Procuré hacerme la inocente, incluso la ingenua.
– Supongo que es para el hospital. Necesitan presentar algún justificante de su situación económica. Puede que incluso tengan que hacer una hipoteca, ya que al parecer va a permanecer allí bastante tiempo.
La señora Hellstrom sacudió la cabeza con impotencia.
– ¿Adónde iremos a parar en este país? Ahí tenemos a una anciana que ha trabajado duro toda su vida, y ahora a lo mejor tiene que perder su casa sólo por culpa de una pequeña caída en su baño. Da miedo pensar en la vejez, de verdad.
Le di la razón. Dentro de un año yo cumpliría los cuarenta. No necesitaba que el señor Contreras me metiera miedo por lo que les ocurre a los detectives privados viejos e indigentes.
– Ella no le dio a guardar a usted sus documentos personales, ¿verdad?
– ¡Oh, no! Hattie no es de las que confían sus cosas de valor a cualquiera. Lo único que tengo de ella es una caja con las cosas de los perros: sus fotos, sus pedigrís y esas cosas. La cogí cuando me traje a los perros la primera noche, porque sabía que era lo que realmente le importaba.