—¿Qué iglesias hay en esa dirección?
El desconcierto del jefe de bomberos parecía ir en aumento.
—Docenas. ¿Por qué?
El profesor frunció el entrecejo. Por supuesto que había docenas.
—Necesito un plano de la ciudad. Ahora mismo.
El jefe envió a alguien al camión de bomberos a buscarlo. Langdon se volvió hacia la estatua. «Tierra... Aire... Fuego... Vittoria.»
«El último indicador está relacionado con el agua —se dijo—. Y es de Bernini.» Estaba allí fuera, en alguna iglesia. Una aguja en un pajar. Repasó mentalmente todas las obras de Bernini que podía recordar. «¡Necesito un tributo al agua!»
Pensó en la estatua de Tritón, el dios griego del mar. Pero de inmediato recordó que estaba ubicada en la plaza de esa misma iglesia, y además en dirección contraria. Se obligó a hacer memoria. «¿Qué figura esculpió Bernini para glorificar el agua? ¿Neptuno y Apolo?» Lamentablemente, esa estatua estaba en el museo Victoria & Albert de Londres.
—Signore? —Un bombero se acercó corriendo con un plano de la ciudad.
Él le dio las gracias y lo extendió en el altar. Inmediatamente se dio cuenta de que se lo había pedido a la gente adecuada. El plano de Roma del cuerpo de bomberos era el más detallado que había visto nunca.
—¿Dónde estamos ahora?
El hombre se lo indicó.
—Junto a la piazza Barberini.
Langdon volvió a mirar la flecha del ángel para orientarse. El jefe tenía razón: según el plano, señalaba hacia el oeste. Trazó una línea en el mapa en esa dirección partiendo de su posición actual. Casi al instante, sus esperanzas empezaron a derrumbarse. Parecía que, a cada centímetro que recorría, su dedo pasaba por encima de otro edificio más marcado con una pequeña cruz negra. «Iglesias.» La ciudad estaba llena. Finalmente, su dedo dejó de toparse con iglesias y llegó a los suburbios de Roma. Exhaló un hondo suspiro y se apartó del mapa. «Maldita sea.»
Al contemplar la ciudad entera, sus ojos se posaron en las tres iglesias en las que los tres primeros cardenales habían sido asesinados. «Santa Maria del Popolo... San Pedro... Santa Maria della Vittoria.»
Al ver ante sí el emplazamiento de los santuarios, advirtió algo raro. Por alguna razón, había imaginado que estarían repartidos al azar por Roma, pero no era así. Estaban separados de un modo sistemático, y su ubicación parecía trazar un enorme triángulo en la ciudad. Lo verificó dos veces. No eran imaginaciones suyas.
—Penna —dijo de repente sin levantar la mirada del plano.
Alguien le tendió un bolígrafo.
Langdon trazó un círculo alrededor de las tres iglesias. El pulso se le aceleró. Verificó tres veces las marcas que había hecho. «¡Un triángulo simétrico!»
Lo primero que le vino a la mente fue el Gran Sello de los billetes de un dólar y el triángulo con el ojo que todo lo ve, pero eso no tenía sentido. Había marcado únicamente tres puntos. Se suponía que en total debía de haber cuatro.
«¿Dónde demonios está el agua?» Sabía que, independientemente del lugar en el que se encontrara el cuarto indicador, el triángulo quedaría deshecho. La única opción para mantener la simetría era que éste estuviera situado dentro del triángulo, en el centro. Miró el lugar en el plano. Nada. Pero la idea seguía fastidiándole. Los cuatro elementos de la ciencia tenían la misma consideración. El agua no era especial; el agua no podía estar en el centro de los demás.
Aun así, su instinto le dijo que esa disposición sistemática no podía ser accidental. «Hay algo que se me escapa.» Sólo había una alternativa. Los cuatro puntos no componían un triángulo, sino alguna otra forma.
Langdon miró el plano. «¿Un cuadrado, quizá?» Si bien no tenía ningún sentido simbólico, al menos los cuadrados eran simétricos. Puso el dedo en el punto del plano que convertiría el triángulo en un cuadrado. Inmediatamente comprobó que un cuadrado perfecto era imposible. Los ángulos del triángulo original eran oblicuos, y lo que se obtenía era más bien un cuadrilátero distorsionado.
Mientras seguía estudiando otros posibles puntos alrededor del triángulo, sucedió algo inesperado. Advirtió que la línea que había trazado anteriormente para indicar la dirección de la flecha del ángel pasaba por una de las posibilidades. Estupefacto, trazó un círculo alrededor de ese punto. Las cuatro marcas de tinta que tenía ante sí en el mapa formaban ahora una especie de extraño diamante.
Frunció el entrecejo. Los diamantes tampoco eran un símbolo de los illuminati. Se detuvo un momento. «Aunque claro...»
Por un instante visualizó el famoso diamante de los illuminati. El pensamiento, claro está, era ridículo. Lo descartó. Además, el diamante del plano era oblongo, como una cometa, difícilmente podía ser un ejemplo de la impecable simetría por la que el diamante de los illuminati era reverenciado.
Cuando se inclinó hacia delante para examinar el lugar en el que había situado el indicador final, lo sorprendió descubrir que el cuarto punto se encontraba en el centro mismo de la célebre piazza Navona. Sabía que en esa plaza había una iglesia importante, pero ya había pasado antes el dedo por ella y, que él supiera, no contenía ninguna obra de Bernini. Era la iglesia de Sant’Agnese in Agone —Santa Inés en Agonía—, llamada así en honor de santa Inés, una deslumbrante virgen adolescente condenada a una vida de esclavitud sexual por negarse a renunciar a su fe.
«¡En esa iglesia tiene que haber algo!» Langdon se devanó los sesos pensando en su interior, pero no recordaba que allí hubiera ninguna obra de Bernini ni nada que tuviera que ver con el agua. Además, la disposición de las iglesias en el mapa le fastidiaba. Un diamante. Era demasiado perfecto para ser una coincidencia, pero no lo suficiente para que tuviera sentido. «¿Una cometa? —Se preguntó si no habría elegido un punto equivocado—. ¿Qué se me está escapando?»
Tardó treinta segundos en caer en la cuenta pero, cuando lo hizo, la euforia que sintió fue la mayor de toda su carrera académica.
El genio de los illuminati parecía no tener fin.
La forma que estaba mirando no pretendía ser ningún diamante. Los cuatro puntos sólo formaban uno porque él había conectado los puntos adyacentes. «¡Los illuminati creen en los opuestos!» Mientras unía los vértices opuestos con su bolígrafo, le temblaban los dedos. Ante él se formó una cruz gigante. «¡Es una cruz!» Los cuatro elementos de la ciencia se desplegaron ante sus ojos... formando una enorme cruz que atravesaba Roma.
Mientras la contemplaba maravillado, recordó un verso del poema, como si se tratara de un viejo amigo con una nueva cara.
«‘Cross Rome the mystic elements unfold...
»‘Cross Rome...»
La niebla comenzó a despejarse, y se dio cuenta entonces de que la respuesta había estado toda la noche delante de sus narices. El poema de los illuminati indicaba cómo estaban dispuestos los altares. ¡Formaban una cruz!
«’Cross Rome the mystic elements unfold!»
Era un juego de palabras verdaderamente ingenioso. Langdon había leído la palabra ‘cross[6] como una abreviación de across,[7] y había supuesto que se trataba de una licencia poética para mantener la métrica del poema. Pero ¡era mucho más que eso! Era otra pista oculta.
La cruz del plano, advirtió, representaba la dualidad máxima de los illuminati. Era un símbolo religioso formado por los elementos de la ciencia. El Sendero de la Iluminación de Galileo era un tributo tanto a la ciencia como a Dios.