– Ça va, monsieur?-le preguntó un hombre asiático de rostro brillante, con unas cartas de menú debajo del brazo-. ¿No se encuentra bien?
Bernard se dio cuenta de que se había parado en medio de las escaleras, sudoroso y temblando.
– Estoy bien, perdone -le contestó. Se limpió la frente, y entonces agarró al hombre del brazo-. ¿Desde cuándo es usted dueño de este restaurante?
Bernard pudo ver el miedo en los ojos del hombre, que se soltó.
– ¿Se lo compró a Aram?
El asiático le soltó algo en tailandés, y desapareció escaleras arriba. Bernard se dio una palmada en la frente. ¡Qué estúpido! Por supuesto, el hombre era un sans-papiers. Y él estaba abordando a un ilegal para indagar sobre su pasado.
Arriba, la sonriente mujer que le había atendido se había transformado en una seria recepcionista. Su dominio del francés había desaparecido, y señalaba la cuenta y su reloj, dando a entender que era hora de cerrar. Intentó explicarse una vez más, pero se dio por vencido ante sus rostros impasibles.
En la rue d'Orillon, se detuvo y alzó la vista hacia su antigua ventana. Las contraventanas desconchadas estaban abiertas, y un cordel de la colada colgaba fuera. Llegó a sus oídos un dialecto africano. Oyó los lloros de un niño, que apaciguó la voz de la madre. Otra oleada de inmigrantes, pensó Bernard. Había cosas que no cambiaban.
El busca vibró en su cintura. El número de Nedelec en el ministerio apareció inquietante en la pantalla. Bernard se detuvo en el teléfono de la esquina.
– Directeur Berge, le damos una segunda oportunidad -le informó-. Mustafa Hamid quiere negociar. Lo esperamos en el ministerio en una hora.
Antes de que él pudiera objetar nada, Nedelec ya había colgado.
Bernard se sintió de nuevo acorralado.
Se tambaleó, y vomitó toda la cena en el solar vacío, entre escombros y alambre, que una vez ocupó el edifico de su vecino.
Miércoles a última hora de la tarde
Morbier acordó verse con Aimée en una pequeña brasserie en la rue Pyrénées después de fisioterapia. Llegó tarde. Ella había estado pidiendo continuamente en la barra.
– Me espera mi partida de póquer, Leduc -le informó él, después de la trucha ahumada y el escalope de veau. Dejó la servilleta en la mesa-. ¿Querías contarme algo?
Había estado dándole vueltas a algo: si hacerle la pregunta o no a Morbier. Quizás era el Pernod el que hablaba, pero tenía que saberlo.
– ¿Por qué papá aceptó el trabajo de vigilancia? Al echar la vista atrás, no me parece que fuera un trabajo corriente.
Morbier exhaló una voluta de humo azul en la atmósfera cerrada de la brasserie.
– Déjalo, Leduc.
– ¿Cómo? -Se echó hacia delante, con los brazos apoyados en un mantel blanco lleno de migas de pan-. Me despierto por la noche pensando en que hubo algo que no me contó. Algo que no percibí… lo tenso que estaba, que entrara él primero en la furgoneta…
– ¿Entonces crees que tenías que haber ido tú primero?
A veces se preguntaba si debería haberlo hecho.
– Si lo hubiera hecho, Leduc -siguió Morbier-, tu padre, descanse en paz, sería el que estuviera aquí donde estás tú, y sería su corazón el que estaría destrozado, no el tuyo. Y estaría sufriendo más que tú.
– ¿Cómo puedes decir eso?
Echó las migas a un lado y formó montoncitos pequeños con ellas.
– ¡Ay, los jóvenes! -fue su respuesta-. ¿Quién se sobrepone a la pérdida de un hijo?
Morbier se había convertido en un psicólogo de andar por casa. Puede que hubiera asistido a demasiadas sesiones de sensibilidad en el commissariat.
– Sabes más de lo que me estás contando, Morbier.
– Y si así fuera, ¿qué cambiaría eso?
Ella se quedó callada, y entonces echó los montoncitos de migas en la mano ahuecada que había colocado debajo de la mesa.
– Que podría dormir por la noche, Morbier.
Él apartó la mirada.
– Ir a la place Vendôme me ha traído de nuevo recuerdos -dijo ella-. Lo siento.
Con un movimiento rápido, echó las migas en su plato, e hizo una señal al camarero.
– L'addition -le pidió ella.
Cogió un Gitane del paquete de Morbier, y encendió una cerilla de la caja que siempre llevaba con ella. Áspero y denso, el humo le dio de lleno cuando lo inhaló.
Morbier la observaba.
– ¿No lo habías dejado, Leduc?
– Siempre lo estoy dejando -dijo ella, saboreando la sacudida.
Después de pagar la cuenta y de ponerse con gran dificultad su empapado impermeable, Aimée y Morbier se quedaron fuera sobre el brillante adoquinado. Las luces amarillas de los faros antiniebla de los coches se desdibujaban como halos en la bruma. Aimée se dio cuenta de que Morbier la miraba fijamente.
– Padeces lo que se denomina «culpa del superviviente», Leduc -dijo él-. Lo he visto demasiadas veces. Y tú también.
– ¿Así que es así cómo se llama? -le preguntó Aimée, mientras buscaba en su bolsa el billete del metro. Lo sujetó en lo alto. Caducado-. Morbier. Mi intención no era ponerle una etiqueta, pero gracias. Ahora ya puedo catalogar el volumen, y colocarlo en la estantería, ¿no?
– Has bebido demasiado Pernod.
– No lo suficiente, Morbier.
Él negó con la cabeza.
– Tu padre fue mi socio una vez. Eso no se olvida. Pero sigo adelante. ¿Cómo crees que me sentí?
Asombrada, lo miró. Nunca habló de sus sentimientos. Ni en el funeral, ni en la ceremonia póstuma de entrega de la medalla, ni en los años que siguieron. Nunca.
– Désolée, Morbier -fue su respuesta.
Un taxi, con su luz azul que indicaba que estaba libre, subía por el adoquinado. Morbier introdujo dos dedos en la boca y silbó. Muy alto. El taxi se detuvo delante de un enorme charco negro.
– Ve tú -dijo él-. Me apetece caminar.
Aimée estaba cansada.
– Espero que no te importe.
Entró.
– Al 17, quai d'Anjou, s'il vous plaît.
Antes de cerrar la puerta, Morbier se inclinó hacia ella.
– Acéptalo, Leduc, o te devorará.
El taxi pasó a gran velocidad por el oscurecido quai, salpicado con farolas redondas, cuya luz se perdía en la espesa niebla. Morbier tenía razón. Había llegado el momento de seguir adelante. De avanzar.
El coche se detuvo debajo de los frondosos árboles que había delante de su apartamento. Abajo fluía el Sena, que reflejaba puntitos de luz cuando la niebla se bifurcaba debajo de los arcos de piedra del Pont Marie. Pagó al taxista, y le dio una propina de veinte francos. El seguro por el buen karma del taxi.
El problema era que no tenía ganas de seguir adelante. Quería aferrarse a los recuerdos, que cada año se volvían más apagados y borrosos, en especial la imagen de la sonrisa torcida de su padre. Más que nada, lo que quería era saber quién lo había matado. Puede que entonces pudiera aceptarlo a su manera.
Su apartamento estaba vacío. Ni rastro de Yves. No había vuelto a saber de él. Intentaba olvidarlo, algo difícil cuando las sábanas y las toallas todavía olían a él.
Después de sacar a Miles Davis a pasear por el quai, lo llevó arriba. Pero no pudo soportar la oscuridad del apartamento, y se fue a la oficina. Con el trabajo siempre volvía a ponerse en marcha.
El teléfono sonaba cuando abrió la puerta de cristal.