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– ¿Dónde has estado, Yves?

– En reuniones con la redacción -le explicó él sin apartar la mirada de ella-. Muchos desacuerdos, rivalidades. Lo normal.

Sintió calor en la cara. Le gustaba notar sus dedos en las mejillas.

– ¿No te llevas bien con Martine de Le Figaro?

Él se encogió de hombros.

Por un momento, la farola del muelle rodeaba su cabeza con un halo, y lo sumergía en la sombra. No pudo leer su expresión.

– Somos dos caras diferentes de una moneda, Aimée -dijo él-, pero eso lo hace interesante.

– De nuevo vienes en secreto, ¿verdad?

Su desasosiego lidiaba con el deseo de meterse dentro del abrigo de él.

Yves le puso un dedo en los labios.

– Digamos que Martine y yo no pensamos igual, y lo respetamos.

– Entonces no le gustaría… -comenzó a decir ella.

– No estoy trabajando -dijo él, y señaló el reloj-. Ya he sacado a Miles Davis. ¿Por qué no entramos en calor con esto? -Sacó una botella de una bolsa de papel, y una copa de champán del bolsillo de su abrigo. En su rostro vio el reflejo de la luz que proyectaba la copa-. Sólo encontré una.

– La podemos compartir -dijo ella, y lo cogió del brazo-. Un sommelier me enseñó cuál es el secreto de descorchar una botella. ¿Quieres una demostración?

– No dejas de asombrarme -dijo Yves, y sonrió.

Bajaron las escaleras de piedra del dique. Yves extendió el abrigo en el suelo y se sentaron debajo del puente con arcos. Una solitaria familia de patos nadaba en silenciosa formación ante ellos, haciendo uves en la tranquila superficie del agua.

– Veuve Cliquot ochenta y nueve, ¡buen año!

Con los pulgares movió el corcho dos veces, y abrió la botella de champán.

– ¡A los patos! -exclamó Yves. Le pasó el brazo por el hombro, y bebieron al estilo soldado, a sorbos. El champán les bajaba por la garganta, achispado y aterciopelado. El calor del cuerpo de Yves la calentaba.

Mirando al agua, Yves le habló de El Cairo. Su cara cambió cuando le relataba su viaje en moto al desierto durante una excavación arqueológica.

– Te gusta eso, ¿verdad? -le preguntó ella, acurrucándose.

– A ti también, Aimée -le dijo-. Las luces en las dunas, la tranquilidad… -Se calló.

Ella echó más champán en la copa.

– No se me dan muy bien las relaciones -le dijo.

– A mi tampoco -fue su comentario-. Brindemos por ello.

Y así lo hicieron.

Aimée se puso en pie, con la botella en la mano.

– El último en llegar…

– Abre otra botella -interrumpió Yves-, pero lo primero es lo primero.

Se apoyó en el arco y tiró de ella hacia él.

– No dejo de pensar en ti.

Se besaron un largo rato debajo del puente. Ni siquiera les molestó la bocina de una barcaza, ni un viejo vagabundo que pasó por su lado. Rieron juntos cuando él la llevó a caballo todo el camino hasta el apartamento. Allí disfrutaron de un baño caliente otro rato, esta vez más largo, con otra botella.

Miércoles a primera hora de la noche

Bernard paseaba de un lado a otro fuera de la oficina del ministro Guittard, frotándose los ojos e intentando que se le ocurriera una excusa para rehusar negociar. Los altos techos, con frescos de ángeles juguetones, y los suelos de madera en forma de diamante pasaban desapercibidos para él. Tan absorto estaba en sus pensamientos que no se percató de que un hombre había salido de la oficina hasta que chocó con él.

– Je m'excuse-se disculpó él, y vio la cara de Philippe de Froissart.

Philippe, antiguo compañero de la École Nationale d'Administration, parecía más viejo, y disipado, con ojeras debajo de sus enrojecidos ojos.

– Ça va, Philippe? -le preguntó Bernard.

– Capeando el temporal -dijo Philippe con una sonrisa forzada. Le dio un poco entusiasta apretón de manos, y siguió su camino.

Bernard recordó a Philippe en los disturbios del 68 en la Sorbona: era un exaltado manifestante en primera línea, apasionado por sus ideales. También era un imán para las estudiantes. Después de graduarse, Philippe probó suerte con los socialistas. Más tarde, se convirtió en el Secretaire d'Etat a la Défense, un director en el Ministerio de Defensa. Lo había hecho bien, había llegado alto en la cadena trófica del poder.

¿Adónde había ido su juventud, se preguntó Bernard, y la impresión de que podían cambiar las cosas?

– El ministro Guittard lo está esperando, Berge -le anunció Lucien Nedelec, mientras alisaba su fino bigote. Se levantó y le hizo un gesto para que avanzara-. Su plan ha fracasado -añadió él-. Rotundamente, de hecho. Pero sabemos que puede hacerlo mejor.

– Nedelec, ¿por qué yo? -le preguntó Bernard-. Mi trabajo pertenece a otra sección del ministerio.

– Mais usted es perfecto, Berge -le respondió Nedelec, se abotonó su chaqueta cruzada, y lo acompañó.

– No lo entiendo -dijo Bernard, y se detuvo en la puerta.

– No lo comprende, ¿verdad? -Nedelec negó con la cabeza-. ¡Es por su origen, Berge! El ministro está fascinado con cómo un pied-noir como usted, que nació en Argelia, ratifica las leyes.

Bernard vio el reflejo en las puertas de cristal, y, por un instante, se preguntó quién sería el hombre mayor de mirada angustiada que estaba a su lado. Sobresaltado, se dio cuenta de que era él mismo.

Miércoles por la noche

Philippe echó un vistazo en la habitación de Simone. Su suave respiración y el dinosaurio quitamiedos le dieron la bienvenida. Philippe se relajó. Su niña estaba dormida. A salvo.

Bajó las escaleras, cogió una botella de Johnny Walker libre de impuestos, una cubitera, y se fue al estudio. Dentro, bajó las persianas y se echó una generosa cantidad en un vaso de Baccarat.

Se aflojó la corbata, y se sentó en la moqueta de seda. Apoyó la espalda en la mesa del despacho, y suspiró. Se quedó mirando el acuario de agua salada que estaba encajado entre las estanterías. Lo único que rompía el silencio era el burbujeo del filtro de aire del tanque y los cubos de hielo que tintineaban en el vaso.

Ignoró el trabajo que tenía sobre su escritorio y la carpeta de Sylvie, que le había entregado Anaïs, y bajó su álbum de recortes de la ena. Siguió poniéndose Johnny Walter, ya sin echar hielo, y pasó las páginas.

En una de ellas, Bernard Berge, más joven y con mucho más pelo, le devolvía la mirada. Incluso en aquel entonces, el parecido con Woody Allen era claro. Solía bromear sobre el tema, y decirle a Bernard que podían ser gemelos. Incluso a los veintitantos, sus ojos tenían esa mirada furtiva. No era de extrañar que acabara de fonctionnaire, que nunca llegara alto en el ministerio.

Philippe vio una fotografía suya en la azotea, con el Sena detrás de él. Rodeaba con los brazos a una chica de cabello largo. Los dos llevaban cintas en el pelo, pañuelos tie-dye, y no mucho más. Recordaba esa tarde de 1968, pero no a la chica. Cuando se manifestó en la Sorbona, les había tirado pavés a los flics. Se había armado un gran revuelo. Su grupo había tomado la Facultad de Letras, mientras proclamaban el amor libre, el vino gratis, y la libertad de pensamiento. Habían formulado una nueva carta de derechos humanos. El único que recordaba era: «Por la presente declaramos que toda la humanidad escuchará a su corazón y cantará». Pensaban, qué arrogantes e inocentes, que estaban cambiando el mundo. Y nunca se había sentido mejor en su vida.

Su estómago plano y esa sensación de libertad habían desaparecido. ¿Qué le había ocurrido? ¿Le estaría pasando lo mismo que a Bernard Berge, se estaría convirtiendo en un anciano prematuro? ¿Estaría tan muerto como a veces se sentía? No, no podía ser así. Aunque le había costado, había hecho que el viñedo saliera adelante. La alegría lo inundaba cuando veía el asombro brillar en los ojos de Simone, cuando oía su risa. Se había vuelto a enamorar de su radiante esposa cuando tenía en sus brazos a Simone.