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– ¿Y qué me dices del fichier de Nantes? -le preguntó ella-. Sylvie debe tener otra dirección.

– Por ahora no he tenido suerte, pero seguiré intentándolo -asintió René-. Mi amiga me ha prestado un nuevo software para morphing -continuó él frotándose sus manos rechonchas-. ¿Por qué, por ahora, no lo intentamos con Sylvie?

– Adelante -dijo Aimée dejando sus palillos-. ¿Qué es lo que hace?

– Hay una pequeña pega -dijo él-. Necesitamos una foto.

– Creo que puedo solucionarlo -dijo Aimée.

Entró en su ordenador, y accedió a la cuenta de banco con la contraseña de Sylvie, beur. Buscó alguna documentación que usara para abrir la cuenta con Crédit Lyonnais. Diez minutos más tarde, se emocionó cuando encontró la fotografía de su carte nationale d'identité.

– Mira, René -le dijo mientras imprimía la imagen.

Por primera vez vio la imagen de la mujer, no sólo de su cuerpo desmembrado.

– Parfait! -exclamó él-. Knockout! [2]

– Es muy atractiva, imponente…

Iba a añadir que nadie, fuera atractivo o no, merecía que una bomba lo hicieran volar en pedazos.

– Knockout es un nuevo programa. Un software para crear máscaras en fotografías -le explicó él- que funciona para todo lo relacionado con las imágenes retocadas digitalmente.

– ¿Y qué significa eso?

– Mira -dijo él con una mirada radiante, fruto de la expectación.

Aimée colocó la fotografía de Sylvie dentro del escáner.

En su terminal, René trazó unas líneas que definían el contorno interior y exterior del rostro de Sylvie. Knockout imprimía el primer plano ya procesado (el objeto con los colores eliminados) y un canal alfa en escala de grises que conservaba la transparencia del original.

– ¿Pelirroja y pelo corto?

– Como el mío -dijo ella al recordar la peluca-. Hazlo algo más desgreñado en la parte de atrás.

Jugueteó un poco con la imagen, y después la imprimió. Un ajuste perfecto.

– ¡Eres un mago, René!

– Intenta refrescarle la memoria a la gente con esto -le dijo él-. Ya sabes, por el precio adecuado, la red maghrébin realiza funciones similares. Una Eurocard oro, un carné de conducir, incluso un número de la Sécurité Sociale.

– Merci -le agradeció ella, sorprendida de nuevo por todo lo que sabía René sobre los bajos fondos-. Necesito averiguar de dónde viene ese plastique Duplo.

Le pellizcó a René en las dos mejillas.

– Es hora de ponerse a trabajar.

– ¿Adónde vas? -le preguntó con los ojos abiertos de par en par.

– A refrescarle la memoria a Philippe -le contestó ella-. A saber qué está pensando.

Antes de que pudiera bajar la cremallera de su mono de cuero, le sonó el móvil.

– Oui.

Se detuvo en seco antes de descubrirse y soltar «Leduc Detective».

– Te estoy esperando -le dijo Samia.

Esperaba que fuera Anaïs, pero enseguida se repuso.

– Samia, ¿lo has reconsiderado?

– Hay alguien a quien tienes que conocer. -La voz de la chica sonaba forzada, tensa-. Date prisa.

– ¿Y qué sucede con Eugénie?

– Lo sabe -dijo ella-. Estoy en el hammam. ¿Puedes pasarte por aquí en quince minutos?

– Voy de camino -le contestó ella, cogiendo su chaqueta y metiendo la Beretta en el bolsillo.

Esta podía ser la oportunidad que estaba buscando.

Viernes a última hora de la tarde

Dentro del hammam-piscine, Samia esperaba al lado de la taquilla que daba a la piscina en forma de ele. El aire que había dentro del edifico de techos abovedados estilo años treinta y azulejos color salmón era húmedo y olía a cloro. En la parte de la piscina que no cubría una mujer mayor se movía de arriba abajo en el agua; la ajustada cinta de su gorro separaba los pliegues carnosos de su cuello.

Aimée miró rápidamente a su alrededor, a la piscina casi vacía. Prefería la piscine de Reuilly: más limpia, más nueva, y, en bicicleta, a poca distancia de su apartamento. Un hombre de mediana edad, de rodillas con una red de mango largo, estaba pescando algo que había en el fondo verde oscuro.

– ¿Tienes coche? -le preguntó Samia. Se estaba poniendo un estrecho impermeable negro.

Aimée asintió.

El Citroën de René estaba aparcado cerca de allí.

– Vamos -dijo la chica.

Cautelosa, Aimée se fijó en el nervioso pestañeo, en sus uñas naranja fosforito. Morbier tenía razón. Era joven. Y se suponía que tenía que protegerla.

– Dime adónde.

– Al circo -contestó ella.

Aimée siguió a Samia, que arrastraba sus babuchas de cuero por el pasadizo de piedra frío y húmedo que daba a la calle.

En el Citroën, Samia bajó la mirada mientras ella ajustaba el asiento y los pedales que estaban adaptados a René.

– ¿A qué circo? -le preguntó ella, y se oyó el poderoso zumbido del motor.

– Cirque d'Hiver -respondió ella-. Si no te das prisa, no lo veremos.

– ¿A quién? -quiso saber Aimée, mientras bajaban por la rue Oberkampf.

– Al hombre al que te mueres por conocer. -Los labios carnosos de Samia se tensaron en una fina línea-. También quiere verte. Para asegurarse.

– ¿Asegurarse de qué?

La chica se encogió de hombros.

– De que todo este negocio acaba en buenas manos.

Aimée contuvo su sorpresa. Samia había descubierto rápidamente la conexión.

Había algo en todo ese asunto que le ponía nerviosa. ¿No se había enterado de la explosión?

– ¿Y Eugénie?

– Estoy tanteando el terreno -respondió ella-. Me debe dinero.

Aimée se preguntó por qué la red maghrébin no había difundido la noticia de la muerte de Eugénie/Sylvie. Qué extraño… ¿Estaban siendo cautelosos porque fueron ellos los que vendieron el plastique?

No encontró ningún sitio para aparcar, y los coches pitaban molestos. Acabó dejándolo en la rue Oberkampf, debajo de una señal de «Arret génant», entre otros muchos coches. Llegaron al Cirque d'Hiver, un edificio circular del siglo XIX que recordaba a una tienda de campaña. En el tejado había una estatua de bronce de una amazona, y sobre la entrada, dos guerreros de bronce a caballo.

En el exterior, habían pegado carteles de circo que anunciaban glorias del pasado: el circo Bolshoi, equilibristas chinos, contorsionistas mongoles, malabaristas húngaros y trapecistas canadienses.

El Cirque d'Hiver le trajo viejos recuerdos: las tradicionales visitas el día de Navidad con su abuelo, las esponjosas barbes à papa que se volvían fucsias en su boca. Los monos estaban sentados sobre el hombro del acordeonista mientras este caminaba entre el público tocando su instrumento. El foco resplandecía sobre los trajes de strass de los trapecistas. De pequeña, le encantaba la oscuridad, negra como la tinta, y el calor de los focos de la carpa.

– Haz lo que te digo -dijo Samia despertándola de su ensoñación. La chica se arrebujó su chaqueta, y se quedó mirando fijamente a Aimée.

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[2] N. de la t.: En inglés significa también «bombón» cuando hablamos de una mujer. De ahi la confusión entre Aimée y René.