– Llámame paranoico pero a Anaïs o ya no le caigo bien o ha pasado algo -le confesó Kaseem mientras comían de pie su rebosante falafel y echaban migas a las palomas-. Nunca está en casa ni me devuelve las llamadas.
Aimée conocía esa sensación.
– ¿Ha ocurrido algo? -le preguntó él-. Cuéntame; no quiero ser un pesado.
– Al que tienes que preguntárselo es a Philippe, Kaseem -dijo ella.
En el bordillo de la acera de la rue de Louvre, Aimée se giró para darle las gracias. Kaseem le respondió con un largo bisou en ambas mejillas. Qué agradable. De hecho, bastante agradable. Subió las escaleras con las mejillas ardiendo.
Cuando abrió la puerta de la oficina, estaba sonando el teléfono. -Allô -respondió ella, y encendió la luz con el codo. -Anaïs está toda afectada -dijo Martine, en voz baja. -¿Dónde está?
Aimée tiró la bolsa encima de la mesa, encendió su ordenador y se dejó caer en la silla.
– Philippe la ha metido en una clínica -le contó Martine-. Y, por una vez, ha hecho lo correcto.
Aimée lo dudaba.
– Mira, Martine, Philippe me ha amenazado -dijo Aimée-. E hizo que me siguiera un gorila suyo para asegurarse de que no voy más allá en mi investigación.
– ¿Que hizo qué? -dijo Martine, que sonó más indignada que sorprendida.
– Y amenazó mi negocio -añadió Aimée, y se volvió hacia la ventana ovalada.
La lluvia había empezado a salpicar el cristal que daba a la rue du Louvre.
– Philippe está protegiendo a su familia -dijo ella.
– Martine, esconde algo -dijo Aimée-. Tiene miedo.
Al otro lado del teléfono, oyó cómo suspiraba Martine.
– Anaïs quiere que averigües qué esta escondiendo -le explicó ella-. No te detengas. Hablaré con él.
– Después de que me pegaran y me dispararan en el Cirque d'Hiver, y de no encontrar prueba alguna, puede que él tenga razón.
– ¿Fue Philippe?
– Mi principal sospechoso es un argelino que tiene relación con el plastique -le explicó Aimée.
– ¿Yeso?
– Es una larga historia -le dijo, ya que no quería explicárselo detalladamente.
– Dame un resumen -le pidió Martine.
– Ahora estás hablando como una editora -le dijo Aimée.
Pero se lo dio. Le contó que había intentado encontrar la fuente del plastique a través de Samia.
– ¿Y qué me dices de ese general?
– Le gusta la magia, y no es trigo limpio.
– No creas que no estoy preocupada -dijo Martine-, pero al menos Anaïs está a salvo.
Aimée tuvo la sensación de que aquella afirmación connotaba algo más.
– ¿Qué quieres decir, Martine?
– Ahora que estoy pasando más tiempo con Simone -dijo ella-, creo que deseo tener mis propios hijos.
Eso la cogió desprevenida. Aimée notó nostalgia en su voz. Nunca la había oído hablar así. Inquietante.
– Attends, Martine, es peor que tener un perro -le dijo ella-. Tienes que hacer que coman, y las facturas del veterinario son mucho más caras.
Martine se rió.
– Martine, Philippe actuó de manera extraña cuando se enteró de lo de Hamid y los huelguistas -dijo ella-. Sylvie tenía uno de sus panfletos.
– ¿Entonces crees que existe una conexión? -le preguntó Martine.
– Lo averiguaremos -contestó ella-. ¿Tu amigo todavía trabaja en la Sécurité Sociale?
– Se jubiló -respondió ella.
Qué lastima. Podría haber conseguido información sobre el afl.
– Anaïs mencionó que le había entregado un sobre a Philippe.
– Le preguntaré. Mira, Aimée, le estoy ayudando a cuidar de Simone. Es lo único que puedo hacer por Anaïs -le dijo en un tono de voz suplicante-. Averigua quién tiene cogido a Philippe por las pelotas, por favor. Puedes hacerlo.
– Consigue que el gorila deje de seguirme -le pidió Aimée.
– D'accord-asintió Martine-. Eres la única persona en la que confío, Aimée. Pase lo que pase, sé que lo lograrás. Por favor.
Cuando Aimée llegó a la abarrotada boca del metro, ya tenía un plan. Todavía no había noticias de Samia, pero existía una persona cerca a la que le podía preguntar por Eugénie.
Sábado a última hora de la tarde
Los muertos lo tienen fácil, pensó Bemard, mientras juntaba las carpetas encima de la mesa de su despacho.
Facilísimo.
Pero no era verdad. Deseaba que lo fuera. En el exterior, a lo largo de los caminos de grava, las sombras de los árboles se agitaban y se alargaban. Bemard tiró el bote de pastillas a la basura. Si no conseguía más no podría dormir.
Delante de él aparecieron imágenes de su nounou, la niñera bereber con piel de caramelo que le cambiaba los pañales y le daba de comer. Vio la sonrisa de ella, agradable y cariñosa, que mostraba sus dientes de oro. Vio cómo se le arrugaban los ojos al reírse cuando él le hacía cosquillas por detrás, en su suave y oscura piel. Cómo le guardaba el primer higo de la temporada, lleno de semillas, y un puñado de uvas doradas de Lemta. Oyó las notas roncas desgarradas de su canción, que él nunca entendió. Ella le contó que la canción hablaba del Atlas, que estaba cerca de su pueblo, dentado, púrpura, enorme. Y cómo el chergui, el seco y ardiente viento del este, azotaba la tierra y enardecía el espíritu.
Su nounou le enseñó juegos con los que los niños nómadas se entretenían en el desierto. Solían sentarse durante horas en el fresco suelo de baldosas azules del patio, bajo los arcos encalados, al lado de la fuente, y jugaban a lanzar el guijarro y a esconder la bota de agua.
Y entonces apareció la imagen que había intentado olvidar: la cabeza de su nounou empalada en el poste de la valla en la fábrica de Michelin, por una pelea provocada por unos que habían sido acusados por los gendarmes de sabotaje. Una nube de moscas negras sobre su boca abierta, que mostraba sus dientes de oro, resplandecientes a la luz del sol; los gritos de su madre; y cómo ella los mandó correr hasta el puerto. Pero no había barcos.
¿Cómo iba una mujer analfabeta, que hablaba un dialecto bereber, ser una espía?, había oído decir que su madre le preguntaba a su padrastro años más tarde en la cena. Cada dinar que nounou ganaba, continuó su madre, se lo enviaba a su familia en el pueblo.
Roman había contestado que las dos partes pagaban y cometían graves errores. «Francia se llevará los beneficios en el futuro», había dicho él. Para un antiguo soldado eso parecía caritativo. De hecho, fue lo único caritativo que Bernard le oyó decir sobre los argelinos.
Y tenía razón, pensó Bernard. Él era el que se ocupaba de ese beneficio en Notre-Dame de la Croix.
Sábado a última hora de la tarde
El crepúsculo atenuaba el cielo de Belleville, y hacía desaparecer los matices de magenta y naranja que había dejado la puesta de sol. A Aimée le llegó el olor a algas que traía el viento cortante que soplaba del canal Saint Martin. El aroma a primavera que había sentido el otro día había desaparecido. Los viajeros, erráticos y llevados por el viento, salían del metro como partículas en un chorro de aire.