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– Ese olor. -Anaïs entrecerró los ojos, como si intentar recordarlo pudiera traerlo de vuelta.

– ¿Qué olor?

– Me siento tan estúpida -dijo ella-. Tengo la cabeza hecha un lío.

– ¿Qué olor, Anaïs?

– No lo recuerdo -contestó ella-. Philippe dice que me tengo que recuperar y que no me preocupe por Simone. -Los hombros de la mujer se contrajeron debajo del camisón del hospital-. Martine está llevando a la Simone a la école maternelle, pero quiero llevarla yo al colegio y estar con ella. Philippe dice que aquí estoy a salvo, pero quiero irme a casa. Tiene miedo, Aimée. Pero no sé por qué.

– Si alguien lo está chantajeando tengo parte de las pruebas -dijo Aimée, que intentaba hacérselo entender-. Está a salvo. Vendrá a por ti mañana.

– Regaliz -dijo ella.

Aimée se quedó inmóvil. Recordó al militar que masticaba regaliz en el circo.

– ¿Te olía a regaliz en el apartamento de Sylvie?

Pero Anaïs ya había cerrado los ojos. Y de sus labios salían unos débiles silbidos.

Mientras caminaba por la fría noche de París, Aimée deseó poder creer que era verdad que Anaïs iba a estar a salvo.

Domingo por la noche

Hamid se quedó mirando la rasgada bandera verde y blanca de Argelia.

– ¿De dónde viene?

– Las discrepancias dentro del afl son cada vez mayores. Si no obedeces… -Walid dejó la frase sin acabar, y señaló la media luna roja suelta que abrazaba la estrella. Walid, otro mullah en su causa, parecía derrotado. Negó con la cabeza.

Los años de trabajo, los vínculos que había establecido, el movimiento que había creado… todo sería saboteado si Hamid no obedecía a su enemigo. Un enemigo tan cercano. Los franceses no tenían ni idea.

Hamid encajó con cuidado la luna roja en forma de hoz en la tela verde y blanca, y después dobló los trozos juntos. Si pudiera unir a su gente tan fácilmente…

Hizo un gesto con la cabeza a Walid; no podía ignorar la advertencia.

– Tengo que enjuagarme la boca; por favor, pásame el agua.

Después de beber un poco de agua del cuenco de bronce batido y de lavarse la cara, rezó, por primera vez, para que los sans-papiers lo perdonaran.

Domingo a altas horas de la noche

Aimée no podía dormir. Por la ventana de su habitación entraba el débil zumbido de una barcaza, cuyas luces azules parpadeaban sobre el Sena. Reflejados en las puertas de espejos de su habitación, vio los oscuros tejados del Marais al otro lado del río.

Sentada en la cama, tenía el portátil encima de las rodillas, y en la pantalla se podía ver un revoltijo de números. El saldo de la cuenta de Sylvie/Eugénie en el Crédit Lyonnais.

Había estado intentando sacar algo en claro del dinero que había retirado y depositado, pero se le empezó a nublar la mirada.

En el patio, al que daba su otra ventana, había un peral con sus hojas en ciernes y nidos de pájaros. Miles Davis dormía acurrucado a su lado en la cama, y gruñía en sueños. Su peludo pecho blanco subía y bajaba en mitad de un intenso sueño.

Con el otro portátil, que tenía encima de unos libros grandes de medicina que usaba como mesita de noche, había estado conectada durante horas buscando vínculos con la cuenta del Crédit Lyonnais. Había metido el número de cuenta, y la había revisado para encontrar conexiones con cuentas de otros bancos, un trabajo tedioso. Hasta ese momento había probado en quince bancos, y sin éxito.

El dinero tenía que venir de algún sitio, y sabía que Sylvie hacía operaciones bancarias por Internet. El Minitel le había allanado el camino. Había limitado la búsqueda a aquellos bancos cuyos clientes pudiera acceder a sus servicios online. Pero como todos los bancos franceses estaban regulados por el Banque de France, no veía cómo Sylvie pudo haber lavado u obtenido dinero sin su conocimiento.

Desalentada, sólo le quedaban dos números más que comprobar cuando un depósito rutinario de mil francos respondió a su consulta. De inmediato, aparecieron en su pantalla una serie de números.

Por supuesto, ¡tenían que ser los intereses que producía la cuenta!

Se incorporó nerviosa, y empujó el edredón nórdico de plumón a un lado. Al seguir la fuente del número hasta una cuenta de tránsito, encontró un hilo al Bank of Commerce Ltd., cuya oficina central estaba en las Islas del Canal. Un destino idóneo para una cuenta en un paraíso fiscal, pensó Aimée. Buen sitio y anónimo. ¿Por qué no había pensado en eso?

Ahondó en su búsqueda, y accedió a la cuenta de las Islas del Canal. Tres grandes inyecciones de dinero habían inflado el saldo del Bank of Commerce desde el septiembre pasado. Pero igual que el flujo y el reflujo de la marea, cuando una cantidad significante se retiraba, esta era reemplazada por otra. Sin embargo, lo que llamaba la atención era el saldo actual de casi cinco millones de dólares americanos (o unos tres millones de libras esterlinas). Aimée soltó un grito ahogado. No era de extrañar que Sylvie pudiera permitirse unas perlas Biwa o tirar unos zapatos de Prada.

Su sorpresa se unió a la sensación de que ese asunto le quedaba grande. Algo olía a podrido. Volvió hacia atrás, y revisó las cantidades depositadas en los últimos doce meses. Varios depósitos habían hecho que su saldo ascendiera, en cierto momento, a veinte millones de dólares.

Se sobresaltó cuando sonó el teléfono. Miles Davis se despertó con un bufido.

– Aimée -dijo René, en un tono de voz excitado-. Agárrate al portátil.

– ¿Has averiguado lo mismo que yo? -preguntó ella.

– Sylvie nació en Orán -le dijo él-. Por eso llevó tiempo identificarla en el fíchier de Nantes.

Sorprendida, Aimée le dio a «guardar» en los dos portátiles, y acarició al perro.

– Bravo, René -dijo ella-. Sigue.

– Fíjate -le explicó René-. Su nombre verdadero es Eugénie Sylvie Cardet. Su familia dejó Argelia en el éxodo. Terminó en la Sorbona, en un* de las clases de Philippe.

– Estoy impresionada, René -reconoció ella-. ¿Descifraste el código del fíchier?

– Hace unas horas -le contestó él-. Son una mina de información. Parece ser que se unió al Partido Socialista y, después, a la Liga Árabe de Estudiantes, que, según mis amigos árabes de Internet, se convertiría más tarde en el afl.

Aimée cogió su cuaderno. Sobre la hoja cuadriculada dibujó un diagrama con los vínculos que Sylvie tenía con Hamid y Philippe.

– Así que aquí está su conexión con Hamid -dijo ella-. Lo conoce desde finales de los años sesenta. Su dirección es 78 place du Guignier, ¿no es así?

– Qué rápida, Aimée -dijo él-. Pero el punto más interesante es su padre -siguió René-. León Cardet, un caporal de la oas.

Aimée rodeaba con su brazo a Miles Davis, que se había acurrucado con las orejas de punta al oír la voz de René. Aimée se incorporó.

– Attends, René, ¿no hubo un Cardet en el golpe de estado para echar a de Gaulle?

– Uno de los muchos golpes que hubo. -René se rió entre dientes-. Pero sí, tienes razón, cogieron a Cardet. Un mec desagradable.

– Entonces si Sylvie tenía un padre así y se unió a Hamid y después se convirtió en la amante de Philippe, pudo haberse estado rebelando contra su propio padre y todo lo que él representaba. -Aimée estaba cada vez más excitada-. ¡Sylvie pudo haber estado ayudando al desamparado!

– Exactamente -dijo René-. Parece que en los sesenta a Cardet y a sus compinches de la oas les gustaba deshacerse de los cuerpos tirándolos al canal Saint Martin.