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Guittard había ordenado a Bernard que vaciara la iglesia, que enviara a los sans-papiers al aeropuerto y escoltara a los demás al centro de detención de Vincennes si se resistían.

Bernard no podía detener a Hamid; el hombre tenía papeles y hasta entonces no había quebrantado ninguna ley. No quería que ninguno de ellos fuera a prisión, ya que se convertirían en mártires por la causa y frustraría su objetivo. Por supuesto, Guittard no accedió.

Con el alboroto y la confusión que lo rodeaba, Bernard se sentía curiosamente desligado, como si estuviera flotando encima como una nube, viendo cómo se desarrollaba la escena.

Le pusieron el megáfono en la mano. Nedelec, sereno e impecable con su impermeable de Burberry, le hizo un gesto con la cabeza. Bernard, inmóvil, tenía la vista fija. Se fijó en el fino bigote de Nedelec y en la mandíbula tensa del capitán de las crs.

Bernard abrió la boca, de la que no salió sonido alguno.

Nedelec le dio un codazo discretamente.

«Monsieur Mustafa Hamid», comenzó él, con la boca seca y su voz en un susurro. «Monsieur Hamid, las autoridades han reexaminado todos los casos de inmigración.» Bernard se aclaró la garganta, y habló más alto. «Por ahora han decidido que se le concederá permiso para quedarse a un treinta o cuarenta por ciento de los sans-papiers, debido a circunstancias atenuantes. En especial, a aquellos casados con ciudadanos franceses o cuyos hijos nacieron en Francia antes de 1993.»

No hubo respuesta.

«Lamento informarle de que, por orden del Ministerio del Interior y de acuerdo con las leyes de Francia, debo pedirle que abandone el edificio.»

Hubo un profundo silencio, roto sólo por el sonido de una bandera en la que habían escrito toscamente «Derechos humanos, no inhumanos», que ondeaba al viento.

Poco después, Bernard se encogió cuando un policía clavó un hacha en la puerta de la iglesia, y las astillas saltaron por los aires. Los manifestantes bramaron. Y fue entonces cuando se desató la violencia en la plaza.

Los policías de las crs, atacados por la turba, entraron precipitadamente, porra en mano, en la iglesia. Los pacíficos sans-papiers gritaron, ya que pensaban que estaban siendo atacados, y se prepararon para defenderse. Bernard estaba aplastado contra la pared de la iglesia, entre un cámara y su videocámara.

– ¡Mire lo que ha hecho! -le gritó el hombre, que se refería a su equipo destrozado.

Pero la conexión era en directo, y la acusación en contra de Bernard estaba siendo retransmitida a toda Francia, a millones de hogares.

Esposaron a las mujeres y a los niños juntos, y los escoltaron afuera. Cuando pasaron a su lado, vio al pequeño Akim dormido en los brazos de su madre. Aunque su rostro oculto por el chador no revelaba nada, a través de velo pudo oír un murmullo de palabras airadas.

Si no lo odiaban antes, no cabía duda de que ya sí.

Lunes por la mañana

Tensa y cautelosa, Aimée estaba de pie en el andén del metro cuando el tren anunció su llegada con un sonido atronador. Oyó el chirrido de las ruedas, y olió a goma quemada. Se ocultó el rostro con lo que quedaba de su periódico. Ni Dédé ni los mecs la habían visto todavía. Pero tuvo miedo cuando se vació el andén.

Y en ese momento supo lo que tenía que hacer.

Mientras rompía el cristal de la caja roja de emergencia con su mini destornillador, gritaba:

– ¡Mi bebé se ha caído a la vía!

Y tiró del interruptor.

Todo el mundo se giró hacia la línea eléctrica, los frenos del tren chirriaron, e hicieron que se detuviera con una violenta sacudida. Los pasajeros chocaron contra las ventanas.

Los pasajeros de los andenes miraron a su alrededor y preguntaron:

– ¿Dónde está el bebé?

De un altavoz le llegó un mensaje grabado: «Como procedimiento habitual no se permite que ningún tren prosiga sin que antes el personal del metro despeje la vía».

El rumor de preocupación se convirtió en un murmullo de descontento. Aimée se quería perder entre la multitud. Dédé y los mecs inspeccionaban el andén, y cuando chocaban con alguien echaban un buen vistazo antes de pedir disculpas. Aimée se dirigió a los hombres que estaban de pie a su lado, con traje, maletín y periódico bajo el brazo. Eligió al que tenía los ojos más bonitos, y llevaba un impermeable largo.

– ¿Con que fingiendo que no me conoces? -dijo ella, y metió los brazos debajo de su impermeable y rodeó con ellos al hombre.

No era feo visto desde más cerca. Y olía bien, como si se hubiera acabado de duchar con jabón de lavanda y aceite de oliva. Le puso un dedo en los labios.

– Chis, será nuestro secreto.

– ¿Te conozco? -le preguntó el hombre, con una expresión mezcla de feliz sorpresa y desconfianza en el rostro.

– No seas tímido -respondió ella-. Yo no me he olvidado.

Le bajó la cabeza, para taparse con ella, y empezó a besarlo. No cerró lo ojos, para así vigilar el andén. Uno de los mecs de Dédé se había parado a su lado.

– Estás incluso mejor de lo que recordaba -le suspiró al oído, colocó sus brazos alrededor de ella, y lo llevó hacia la pared revestida de azulejos del metro. Vio que llevaba anillo de casado-. Deja que te disfrute un poco más: tu mujer no lo sabrá.

– Creo que te equivocas de persona… -murmuró él. Pero no se apartó.

Lo atrajo más hacía ella, y avanzaban lentamente hacia la salida del metro.

– Ya he oído eso antes. Sígueme la corriente, ¿de acuerdo?

Él arrugó los ojos, divertido.

– ¿Quién dijo que pararas?

– Me voy a marchar -dijo ella, subiendo las escaleras de espaldas-. Merci por tu ayuda.

– Cuando quieras -dijo él con una sonrisa, y buscó en su bolsillo una tarjeta de visita.

Pero ella ya se había ido.

* * *

Veinte minutos más tarde, Aimée cerró de un portazo la puerta de su oficina.

Del sobresalto, a René se le cayó el libro que estaba leyendo.

– Claude se acaba de ir -dijo él negando con la cabeza-. Ese hombre tiene unos ojos inquietantes.

Aimée recogió el libro de René del suelo.

– ¿Leyendo de nuevo? -preguntó ella, y leyó el título, Mi vida con Picasso, de Françoise Gilot.

– Picasso aparecía y desaparecía de su vida -le explicó él-. Una relación tormentosa.

Aimée esbozó una sonrisa irónica.

– Como Yves -asintió ella-. La pena es que no se quede lo suficiente para que nuestra relación sea tormentosa.

Se quitó rápidamente la ropa mojada, y le dio una patada al radiador para ponerlo en funcionamiento. En el armario encontró unas medias de lana, una falda negra, unos botines, y una parka para la nieve de rayas plateadas que se puso encima de un jersey negro.

Devuelta en la oficina, abrió su bolsa, le dio unos disquetes a René, y sacó su portátil. Mientras se encendía el ordenador, miró el reloj.

– Pongámonos a ello -dijo Aimée-. Puede que no tengamos mucho tiempo.

– ¿Vamos a coger un avión?

– Dédé se está acercando demasiado -le dijo ella.

Le habló de los hombres que vigilaban su apartamento y el metro.

René se subió a su silla ortopédica, y encendió su terminal. El teléfono de Aimée empezó a pitar.

– Deja que te dé una batería adecuada, Aimée -le dijo él, y le entregó una nueva-. Inténtalo con esta.

– Me han estropeado el teléfono -le explicó ella-. Y también el reloj. Desde mi visita a la edf.

René dejó la batería sobre la mesa de Aimée.

– Ahora mismo -dijo ella- quiero saber por qué Sylvie hacía negocios con Dédé.