El caso era que Krull no estaba del todo solo con Krista. Cerca, en aquel apartamento, su tía Viola hablaba por teléfono. Si hubiera estado solo con Krista, si se la hubiera llevado a la granja de Quarry Road, algo distinto podría haber sucedido. Pero la tía de Krull estaba en el apartamento, y Krull sólo se restregó con fuerza a través de la ropa de la chica. Y a través de su propia ropa, porque no se había desabrochado los pantalones. No se había sacado el pene, para forzarla. No le había bajado los vaqueros, para meterle el pene dentro. Por la raja de su tierno culito. Le habría hecho un desgarro importante, la habría hecho sangrar, pero todo aquello no había sucedido, porque la tía de Krull estaba muy cerca. En el espacio de unos veloces segundos Krull se había corrido, y con gran violencia. Se corrió desmayándose casi. Y Krull pensaría de inmediato No se está dando cuenta. Ninguna de las dos se ha dado cuenta.
De manera abrupta terminó todo. Sus dedos la soltaron, retiró su peso de la espalda de Krista. Medio desmayado y con las rodillas que casi se le doblaban y sin embargo diciéndose No ha pasado nada. No la he tocado.
Habló con voz ahogada:
– Oye. Nadie te ha hecho daño. Vamos, respira.
Se echó a reír. La empujó un poco. Se comportaría como si nada hubiera sucedido entre ellos. La chica estaba medio tumbada sobre el lavabo, jadeando para recuperar el aliento. Krull esperaba no haberle mojado la ropa, pero había agua en el lavabo, agua que salía de los grifos, la chica había estado tratando de lavarse la cara. No debía de pesar más de cuarenta kilos. Un sudor frío se apoderó de él, podría haberle roto la columna vertebral al apretarse contra ella, podría haberle roto el cuello al perder el control como lo había hecho, el frenesí sexual era demasiado fuerte, imparable.
Cuando Viola regresó todo había terminado. Krull quería pensar que había terminado, se había apartado de la chica, se había arreglado la ropa sudada. Y allí llegaba Viola agitada y quisquillosa como alguien que ha tomado una difícil decisión:
– Déjame. Le lavaré la cara. ¡Por el amor de Dios! Tiene vómito en el pelo.
Fue idea de Viola que Krista telefonease a su madre cuando estuviera lo bastante recuperada para hablar de manera coherente. Para explicarle que estaba en Sparta, en casa de una amiga. Se había quedado hasta tarde en el instituto, había habido una -¿qué?- reunión para el anuario, o un entrenamiento deportivo: ¿baloncesto? Krista explicaría que había tratado de llamar antes pero sin lograr establecer la comunicación. O no había encontrado un teléfono. Quizás había habido una avería en el servicio telefónico. Debía explicar a Lucille que había cenado con su amiga. Y que la madre de su amiga se disponía a llevarla a casa.
De hecho, Viola quiso devolver a Krista Diehl a su casa. Pero Krull insistió. Krull había empezado aquello y Krull lo acabaría. Sacó una cerveza del frigorífico para bebérsela mientras llevaba a la chica hasta la carretera junto al río donde sabía que vivían los Diehl. Apenas intercambiaron una sola palabra. Para entonces Krull se estaba olvidando ya de cómo había estado a punto de estrangular a la chica, de cómo la había embestido sin importarle hasta qué punto pudiera hacerle daño; terminaría por olvidarse de cómo se había corrido, y con qué intensidad, hasta doblársele las rodillas, entre gemidos; y acabaría por pensar que probablemente nada había sucedido. Nada de todo aquello había sucedido. O había sucedido de otra manera distinta, diferente. Posiblemente había querido que sucediera, pero su tía lo había impedido. Su tía había aparecido en la puerta del cuarto de baño y por eso no había seguido. Lo que fuera que Krull estaba haciendo, el intento del grosero, del cerdo de Krull, de cepillarse a la chica que había traído a su casa para salvarla de morir de una sobredosis se había quedado en nada. Su tía sería testigo de que no había sucedido. Nada de agresión sexual. Nada de violación de una menor. No, tratándose de Krull. De Krull que era demasiado astuto y demasiado cauto.
Dejó a la chica delante de su casa. Volvió a la granja de Quarry Road, que estaba a oscuras como de costumbre, desde que Zoe los había abandonado, maldita para siempre. No la perdonaría. No los perdonaría a ninguno de ellos, malditos todos. Cogió otra cerveza del frigorífico de un paquete de seis de Delray, y se la tuvo que beber deprisa para evitar las náuseas, para hacer desaparecer cualquier idea que pudiera repugnarle como cucarachas saliendo de las grietas en el papel pintado mientras llegaba a su habitación a trompicones y caía en la cama para sumirse en un sopor desprovisto de sueños.
43
17 de noviembre de 1987
De vuelta de Booneville, a donde había ido para sacar un Dodge Colt accidentado de un canal de desagüe donde el adolescente borracho que lo conducía había muerto detrás del volante, aplastado de hecho contra él cuando el motor barato de cuatro cilindros que estaba debajo del capó se chafó como el hocico de un cerdo, y mientras la peste a gasolina y aceite hacía que le doliera la cabeza, a Krull le distrajo oír en la radio de la grúa, con el volumen muy alto ¡últimas noticias!, ¡boletín! porque le pareció reconocer el apellido Diehl, pero no tuvo la seguridad hasta que a las once de la noche, en el telediario local, que pilló en un bar de Garrison Road, vio unas borrosas imágenes de vehículos del departamento de policía de Sparta en el aparcamiento de un motel, acompañadas de la voz emocionada de una locutora con el inserto fotográfico de un hombre identificado como Edward Diehl, sospechoso en un asesinato no resuelto de 1983. Y a la mañana siguiente el Journal hablaba sin ahorrar adjetivos de cómo Edward Diehl, de cuarenta y cinco años, «sospechoso» durante mucho tiempo en el asesinato de Zoe Kruller había muerto por los disparos de la policía de Sparta y de los ayudantes del sheriff del condado en un tiroteo en el motel Days Inn en la Route 31.
Las primeras informaciones daban a entender que, antes de morir, Diehl se había «confesado autor» del asesinato de Zoe Kruller en febrero de 1983. El que «durante mucho tiempo fuera sospechoso» había tomado como «rehén» a su hija de quince años en la habitación del motel y había exigido la presencia de su ex esposa para que hablara con él, pero la ex esposa, identificada como la señora Lucille Diehl, de Hurón Pike Road, había llamado al 911.
Krull se quedó atónito pensando ¿Se ha terminado entonces? ¿Ya está?
En boletines posteriores se revelaría que Edward Diehl no había disparado «ni una sola vez» contra los agentes en el exterior de la habitación del motel, aunque supuestamente empuñaba un revólver calibre 38 Smith & Wesson y también supuestamente habría apuntado con él a los agentes y habría amenazado con disparar.
Más adelante se reveló asimismo que Edward Diehl nunca se había confesado autor del asesinato de Zoe Kruller.
En la primera página del Journal, y de manera destacada, había una fotografía de Eddy Diehl con una dolorida media sonrisa, y con los ojos entornados de un muchacho que parece haberse despertado en un cuerpo de un hombre de mediana edad, desconcertado, receloso y, sin embargo, esperanzado: Krull había visto muchas veces ya aquella foto de Diehl, tanto en el Journal como en otros periódicos locales y en la televisión, y había llegado a conocer a Eddy Diehl como si fuera de su familia. (¡El hombre que estaba con su madre en el vertedero! Donde, en opinión de Krull, todas sus desdichas habían empezado.) Y como era también inevitable allí estaba, en la columna vecina del periódico, la misma fotografía de la madre de Krull que el maldito periódico había publicado mil veces con el morboso pie de foto Zoe Kruller, víctima del brutal asesinato de 1983.