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Krull preguntó cuándo podría recibir su padre visitas en el hospital y le respondieron que las visitas no se consideraban oportunas hasta que el paciente progresase de manera «apreciable». Para un paciente en la situación de Delray, aquello podía suponer cuatro o cinco semanas.

Krull dijo que irían. Tan pronto como su padre pudiera verlos, su tía y él irían a Watertown.

En el taller Krull les dijo a los mecánicos que Delray estaría «ausente» una temporada. Lo que quería decir que Joe Susa, el mecánico con más experiencia, supervisaría el trabajo en el garaje mientras que Krull atendería las llamadas telefónicas y se ocuparía de facturas, recibos, pedidos, clientes, además de hacer sustituciones cuando se le necesitara. La manera sorprendida y desanimada con que los empleados de Delray recibieron la noticia, sin mirar a Krull a los ojos, le hizo adivinar que estaban al cabo de la calle: Delray tenía que volver a rehabilitación o algo peor aún.

45

– ¿Krull? Abre.

Krull. Ninguno de los mecánicos lo llamaba así, ni nadie que lo conociera como hijo de Delray Kruller. Supo, por tanto, que se le venía encima algún problema.

Pasadas las diez de la noche, Krull seguía en la parte trasera del taller de reparaciones, que cerraba a las ocho. Llevaba desde entonces inclinado sobre el viejo y destartalado escritorio de tapa corrediza de su padre, tratando de poner en orden la contabilidad de Delray. Había facturas, recibos, pedidos de suministros, ilegibles anotaciones a mano, talones sueltos, algunos de los cuales se habían cobrado y otros no. Cajones abarrotados de cuentas antiguas, declaraciones del impuesto sobre la renta estatal y federal, extractos de cuentas bancarias. Para Krull no estaba claro si el taller ganaba dinero -si obtenía «beneficios»- todos los meses, o si la desigual contabilidad de Delray no reflejaba la realidad económica. Delray tendía a pagar talones sin sustraer el importe de la cuenta corriente del negocio; y también tendía a guardar facturas sin pagarlas. Y había talones de clientes casi indescifrables y de una fecha tan remota que ya no tenían valor alguno.

Ser propietario de tu negocio sonaba bien. Llevar tu propio negocio era el problema.

Habían pasado menos de tres días desde el ingreso de Delray en el hospital de ex combatientes de Watertown y Krull llevaba trabajando quince horas como mínimo al día en el garaje. Que un negocio fuese tuyo quería decir que nunca tenías tiempo para pensar en otra cosa.

Eso explicaba por qué un hombre necesitaba emborracharse, reivindicaba Delray. Por qué un hombre tenía que colocarse.

La mayor parte de aquel día de todos los demonios Krull había estado tumbado debajo de un todoterreno, levantado con un gato, y pasándolo de lo más jodido para arreglarle el motor: reparar los todoterrenos no era la especialidad de Krull, y echaba de menos a Delray, maldita sea. Estaba además manchado de grasa, con círculos de mugre en torno a los ojos -lo que le daba una apariencia de mapache asustado-, y tieso de suciedad el pelo que no protegía la gorra de béisbol. Los tatuajes morados y sinuosos que le habían hecho en un salón de tatuajes de Niagara Falls al que, no hacía aún mucho tiempo, había acudido en compañía de algunos amigos, se habían desdibujado ya como un mal sueño de borracho. Pero Krull no quería volver a casa y ducharse hasta que hubiera localizado en el escritorio de Delray algunos documentos cruciales que, según parecía en aquel momento, no iba a ser capaz de encontrar.

Ser propietario de tu propio negocio significaba cierta dosis de orgullo. Esa era la idea. Ir a la bancarrota no era la idea.

Ahora llegaba alguien -¿Dutch Boy Greuner?- que golpeaba con el puño la puerta trasera del taller de una forma que hacía pensar que no se trataba de la primera vez. El garaje estaba cerrado y a oscuras; sólo una luz en la parte de atrás, en el despacho de Delray; a través de la ventana Krull vio a Dutch Boy, escuálido y alto, como una aparición. Y cuando Krull abrió la puerta, Dutch Boy, que tenía unas pestañas muy pálidas, dijo, parpadeando mucho:

– ¿Don… dónde está tu padre, Krull? Necesito hablar con Del-roy. ¿Dónde coño está Del-roy?

Dutch Boy hablaba muy deprisa para superar un tartamudeo que parecía empezarle en el plexo solar para subir hasta la garganta en sacudidas peristálticas. Su forma de pronunciar Del-roy era malévola, burlona. Dutch Boy tenía reputación de imprevisible, de peligroso. Al igual que Duncan Metz, no sabías de antemano cómo te iba a recibir, si de manera amistosa o no tan amistosa. Mientras estuvo en el instituto, y durante algún tiempo después, Krull había tenido trato con Dutch Boy, que trabajaba para Duncan Metz y cuya familia lo había echado de casa a los quince años. Dutch Boy era tres o cuatro años mayor que Krull, le aventajaba unos centímetros en altura, tenía hombros huesudos como de buitre, pliegues parecidos a papel encima de los ojos, y una alternancia de dientes manchados y relucientes empastes de oro. Había estado preso en Potsdam por delitos relacionados con drogas y armas de fuego y había cumplido en su totalidad una condena de tres años, lo que quería decir que no se hallaba en libertad condicional y que la policía de Sparta no tenía autorización para vigilarlo ni para detenerlo por comportamiento «sospechoso». Se rumoreaba que había intervenido en la ejecución de otro preso en Potsdam, a petición de Duncan Metz. Dutch Boy vestía de cuero negro y calzaba botas de motero, si bien el supuesto cuero negro era plástico barato y no olía como estaba mandado; las botas, por su parte, tampoco eran de cuero, sino de caucho vulcanizado. Le brillaban los ojos con un ardor producido por las drogas y su pelo, teñido de color bronce, estaba peinado en pinchos. Con voz emocionada y temblorosa, Dutch Boy dijo:

– Del-roy me debe dinero, Krull. Dónde cojones está Del-roy. La próxima vez lo que le van a romper es la cabeza, no sólo el miserable trasero.

Krull entendió entonces: a su padre le habían pegado adrede.

Delray, por tanto, había recibido una paliza relacionada con Dutch Boy Greuner, lo que equivalía a drogas. Podía ser hierba y anfetaminas para alumnos de instituto, pero también cosas más fuertes como metanfetamina, cocaína y heroína. Con ventas que se hacían desde la trastienda del taller, aunque no fuese Delray en persona, sino uno de los mecánicos jóvenes, y Krull tenía una idea bastante precisa de quién. Maldita sea, aquello ya era demasiado.

– ¿Por qué pones esa cara? ¿Es que no me crees? ¿Es eso? Ve a preguntárselo a tu padre, Krull. Pregúntale por qué le dieron una paliza la otra noche, seguro que te lo contará.

Krull dijo que su padre estaba ausente.

– ¿Sí? ¿Qué coño significa «ausente»? ¿Quieres decir que ha salido por pies?

– ¿Cuánto os debe?

– «Cuánto nos debe»… ¡como si fuera tan sencillo, Krull! ¿Sabes? No es tan sencillo.

Necesitado de dinero. Ése era el problema. Desesperado porque tenía que devolver préstamos, los malditos intereses por los préstamos era lo que estaba matando a su padre. Delray había solicitado una segunda hipoteca sobre la casa. Después de la muerte de Zoe, cuando todo se fue a paseo. El negocio no generaba suficientes beneficios, a Delray se le tachó de maltratador primero y de asesino después. Cualquiera pensaría que la gente se lo tomaría con más calma una vez que la policía mató a tiros a Eddy Diehl, pero no había sucedido así o, en cualquier caso, aquello no había servido para arreglar las cosas. Era como si los habitantes de Sparta hubieran decidido de una vez por todas lo que estaban dispuestos a pensar tanto sobre Delray Kruller como sobre Eddy Diehl, y en ningún caso se iban a tomar la molestia de pensar de otra manera.