Lo que no se suponía que Aaron oyera.
Después del concierto había una celebración. Aaron creía que iban a ir, pero antes incluso de que se apagaran los aplausos, Delray se alzó tambaleante y se marchó dejando que su hijo lo siguiera. Quizá había murmurado ¡Vámonos!, o quizá no había dicho nada en absoluto, de manera que Aaron no tuvo más remedio que abrirse camino entre la multitud, empujado por desconocidos, y preocupado, nervioso. Sintiendo el pinchazo de la traición de Zoe como una quemadura que el sol le hubiera hecho en la cara.
Cerca ya del aparcamiento le dijo a su padre, repentinamente audaz:
– Le has dejado hacerlo, no se lo has impedido.
Delray caminaba delante, sin oír.
– ¿Por qué le has dejado, papá? ¿Por qué no se lo has impedido?
La segunda vez Delray oyó. Estaba abriendo el coche. Y habló como si fuera un tema sobre el que había pensado y no una cuestión que le hiciera adoptar un tono despectivo:
– ¿Impedírselo? ¿Qué dices? Es algo que tu madre sabe hacer y que le gusta. Tiene buena voz. Siempre ha querido cantar con un grupo. No siempre va a tener la oportunidad.
Delray rió y ahora sí se pudo notar el desdén, la burla. En el coche al salir del parque -Delray fue uno de los primeros en abandonarlo- pareció que se había olvidado de encender los faros hasta que otros conductores se lo hicieron notar.
– ¿Por qué no nos hemos quedado con mamá? -preguntó Aaron-. ¿Cómo va a volver a casa?
Y Delray respondió:
– No te preocupes. Mamá siempre encontrará a alguien que la lleve a donde quiera ir.
En su cama, sin mamá para arroparlo, se sintió desgraciado, incapaz de dormir, inquieto, le escocía todo: los mosquitos le habían picado en el condenado parque. Todavía estaba emocionado; cerraba los ojos y veía a Zoe en el escenario, la oía cantar, y el sonido grave, como de rana toro, del músico con el violín descomunal. Pero no te quedaba más remedio que sentir cómo Zoe, al irse, te quitaba, en la cama, la luz y el calor, se los llevaba de cualquier habitación cuando se iba, y sentías cómo bajaba la temperatura, el frío de su ausencia. El vacío.
30
Mayo de 1978
– ¿Mamá? ¡Eh, mamá…!
Aaron deambulaba por la casa, llamándola. Aunque sabía que no estaba. Todo tan silencioso: ni radio, ni nadie que tararease o que cantara en la cocina. A primera hora de la mañana Zoe llamaba a la puerta de su habitación, y entraba para zarandearlo, para pincharlo, para hacerle cosquillas y animarle a que se levantara si no lo había hecho aún. Llamándole dormilón, haragán. Quitándole de un tirón la ropa de la cama mientras él se despertaba con dificultad, la piel húmeda y el corazón latiendo muy despacio como si fuera el de una criatura que dormitase en el fango del más profundo de los océanos.
Pero no aquella mañana. Una mañana silenciosa. A nadie le importaba lo más mínimo si Aaron se despertaba a tiempo para coger el autobús escolar. Ni siquiera si se levantaba.
Con voz tranquila, ahogada, Delray dijo No hay manera de impedirle que haga lo que quiere hacer. Lo que piensa que quiere hacer y que nosotros no podemos darle.
Aaron tenía nueve años. Era un niño de huesos grandes y ojos sombríos que miraban fijamente, y de cabellos oscuros sin brillo que se le ponían de punta en mechones en torno a un rostro que parecía tallado. Se frotaba los ojos con los puños, furioso y dolido con su madre desaparecida. Sabía que Zoe había hecho una cosa que estaba muy mal y que papá estaba enfadado con ella y que Aaron tenía que ponerse de parte de papá para que papá no se enfadara con él.
Había visto a papá perseguir a Zoe unas cuantas veces. Nadie se había enterado de que él estaba allí. A papá no le habría gustado si lo hubiera sabido. Aaron vio cómo papá salía escapado de una habitación persiguiendo a Zoe, la sujetaba pollos hombros y la zarandeaba una y otra vez, los dientes amarillos al descubierto en una amplia sonrisa malévola de calabaza de Halloween, aunque nunca había pegado a mamá, según afirmaba, a Aaron le había asegurado nunca con los puños.
Mamá, por su parte, se atrevía a abofetearlo, el pelo tapándole la cara encendida. Y también se atrevía a arañarlo, rompiéndose las uñas. Cabrón hijo de puta pegando a una mujer. Pesas el doble que yo gran hombre valiente miserable hijo de puta.
Si Aaron salía corriendo de su escondite, papá se enfrentaba con él, utilizando los dos puños para golpearle en la cabeza, en la tripa, en el culo si se atrevía a interponerse en su camino.
Mamá se había ido pero venía tía Viola, que se encargaba de cocinar para ellos. Viola, la hermana menor de Delray, defendía a Zoe ante él, diciéndole que tenía que aprender a tomarse las cosas con un poco más de calma, Ya sabes lo mucho que representa para ella esa carrera suya de cantante, qué voz tan estupenda tiene, todo el mundo está de acuerdo. Y Delray decía, con muy mala idea, Lo que tiene mi mujer es un culo estupendo. Nadie se molesta en escuchar su condenada voz.
Y Viola decía, riéndose, Bueno. Delray tendría que saberlo.
Una noche, cuando Delray había salido y sólo estaban en casa la tía Viola y Aaron, viendo la televisión mientras comían los macarrones con queso que había preparado ella, Viola le contó un secreto: que Zoe y sus amigos músicos de Black River Breakdown se habían ido a Nueva York para hacer una «prueba» con una compañía discográfica y, si aquella «prueba» iba bien, antes de que pasara mucho tiempo Aaron vería a Zoe en la televisión y la oiría por la radio. Quizá invitaran al grupo a ir a Nashville y a participar en el concierto Grand Ole Opry, que se celebra todos los fines de semana. Cabía que llegasen a ser amigos de Dolly Parton, Johnny Cash y June Cárter. La gente compraría sus discos, serían todos ricos y podrían dejar Sparta y mudarse a una ciudad como Nashville o Nueva York o a un barrio mejor de Sparta como Ridge View, donde la gente tenía muelles privados y barcos en el río.
Fue grande el asombro de Aaron cuando oyó todo aquello. Delray no le había dicho nada. Viola se bebió la cerveza de Delray directamente de la lata mientras comía, y habló con ojos soñadores de cómo había ido a despedirse de Zoe y a desearle buena suerte. No daba su aprobación a todo lo que Zoe hacía pero entendía por qué necesitaba hacerlo. Entendía que viajara con sus amigos músicos en una furgoneta Chevy con Black River Breakdown en letras moradas en los laterales y que en aquella furgoneta llevaran sus instrumentos (guitarras, batería) y su equipo de sonido para trabajar en lo que ellos llamaban «chapuzas»: bodas, reuniones familiares, conciertos veraniegos, quioscos de música. Black River Breakdown estaba formado por tres instrumentistas y una cantante: todos trabajaban en otras cosas a tiempo completo y tenían familias y nadie los conocía aún fuera de Herkimer County, aunque ya llevaban casi cinco años con aquellas «chapuzas» y, como decía Zoe, ¡No nos hacemos más jóvenes!
En la casa de Quarry Road había un anticuado piano vertical que Zoe compró de muy joven por cuarenta dólares a un anciano, vecino suyo. Zoe quería desde siempre que le dieran clases de piano, pero mientras tanto había aprendido a tocar de oído, con dos dedos, melodías de las que oía en la radio o en los discos. De esa manera conocía gran número de canciones, gracias a tener mucha paciencia y a ser muy optimista. Al oír a Zoe tocar de oído melodías en el piano, Aaron escuchaba con mucha atención como si las notas del piano -unas veces titubeantes, otras fluidas- fuesen un código especial que le correspondía a él descifrar.
Cuando Aaron golpeó las teclas con sus torpes dedos, o con los puños, las cuerdas vibraron dentro con alarma, doloridas. Lleno de frustración, Aaron colocó su pulgar contra el teclado lo más hacia la derecha que pudo y lo hizo correr con fuerza y deprisa hacia la izquierda produciendo un ruido terrible y despellejándose el dedo hasta hacerse sangre.