– ¿Por qué pareces tan enfadado? O… ¿es que tienes miedo? DeLucca rió en voz baja. Le estaba provocando: le había arrinconado contra la cama. Tenía que elegir entre dejarse caer pesadamente sobre la cama o dar un empujón a la amiga de su madre para escapar. Pero le daba miedo tocarla. Al ver que el esmalte de uñas de color rojo oscuro estaba desportillado y las uñas mismas desiguales, recordó, en un fogonazo repentino de memoria, que cuando descubrió a Zoe en aquella cama ensangrentada, oliendo a su cuerpo, las uñas de Zoe, de las que siempre había estado tan orgullosa, también estaban desportilladas y rotas como si hubiera peleado desesperadamente con su agresor para no morir.
– Para «purificar» lo que estaba contaminado. Para aliviar la vergüenza de aquella pobre mujer. Lo entiendo, Aaron.
Krull quería preguntar Pero ¿cómo lo sabe? ¿Quién se lo ha dicho?
– Ya sé que es un secreto, Aaron. No debería haberte hablado de ello, pero quería que lo supieras: «Jacky DeLucca es tu amiga». A falta de Zoe, puedo estar atenta a lo que te suceda. Tantos secretos horrendos, Aaron, y éste en cambio es un secreto muy hermoso que sólo sabremos nosotros. ¿Verdad que sí?
DeLucca estaba hurgando en un bolsillo de los pantalones de color salmón. En la palma de su mano aparecieron tres pastillas -oscuramente brillantes como caparazones de escarabajos- que pareció ofrecerle a Krull. Las rechazó con un movimiento de cabeza, no. Fueran lo que fuesen -¿anfetas? ¿Quaaludes?- no eran para él. No en aquel momento del día y no con aquella mujer.
– ¿No? ¿Estás seguro? Bueno… No quiero forzarte, Aaron. Nooo… todavía no.
Lo dejó libre. Había estado muy cerca de él, echándole el aliento en la cara. Como por accidente, le pasó el dorso de la mano por el vientre y la entrepierna, donde estaba teniendo una erección y donde todos sus sentidos clamaban como una campana que resuena.
– Perdóname, por favor. Vuelvo enseguida.
DeLucca salió a usar el baño que quedaba junto a la puerta del dormitorio. De nuevo se movió como si hubiera estado en aquella casa en alguna ocasión anterior y fuese ahora una invitada. Krull enrojeció de indignación. No era un niño para dejarse manipular. Estaba rabioso, DeLucca utilizaba el baño sin molestarse en cerrar del todo la puerta -la oía dentro, en el váter-, apretó las manos contra los oídos, salió a toda prisa de la habitación, con la idea de abandonar corriendo la casa y desaparecer en el granero o mejor todavía en el bosque en la parte de atrás de la propiedad donde frecuentemente se había escondido de pequeño sin ningún motivo especial, sólo por el gusto de hacerlo. Se detuvo, sin embargo, en el piso de abajo. Al oír el sonido de grifos y cañerías de la casa, los pasos de la mujer sobre su cabeza, unos pasos femeninos que no eran los de su madre. Casi con tranquilidad pensó Me está esperando. Está desnuda ahí arriba.
El corazón le latía con fuerza. El pene se le había endurecido de tal manera que se sentía atravesado por él como una criatura que ha sido acuchillada y destripada con una hoja afilada. Subió, vacilante, las escaleras que acababa de bajar lleno de pánico y allí estaba Jacky DeLucca saliendo del baño y sonriéndole.
– ¡Ah! Aar-on estás ahí.
Su voz era provocativa y cantarina, y su actitud pretendidamente infantil y tímida. No estaba desnuda del todo, sólo en parte: se había quitado el pulóver negro con cuello de pico, y también debía de haberse quitado el sujetador, porque sus pechos estaban al aire, enormes y péndulos, con pezones prominentes, como bayas u ojos. Aaron no podía mirarlos pero tampoco lograba apartar la vista. Despacio, DeLucca se sujetó los pechos con las manos ahuecadas, alzándolos. Krull se preguntó si estarían llenos de leche, dulce leche tibia, hasta reventar. DeLucca le sonrió, contenta por la manera en que la miraba y con voz susurrante dijo:
– No está en el garaje. No está en ningún sitio. Traté de llamarle. Primero lo busqué. Si quiere saberlo, se lo puedes contar.
Krull no entendió lo que le decía. No se había acercado él a la mujer, ella se había acercado a él; vio que estaba descalza. Se había quitado los zapatos sin puntera. Todavía llevaba los pantalones de color salmón, que tanto se le ajustaban a las caderas y al vientre. Empujó hacia abajo la cabeza de Krull, porque era más alto que ella. Le besó en la boca, toda la húmeda boca carmesí envolviendo la suya. Luego su lengua le entró en la boca, repentina y con velocidad de flecha.
Se apretaba contra él, sus pechos desnudos, derramados, contra Krull. Se rió de él y lo condujo de vuelta al dormitorio. Lo llevó como se lleva a un borracho o a un ciego. La colcha dorada de brocado que había sido una de las compras de Zoe estaba ya arrugada y manchada como si sobre ella se hubieran realizado cópulas extenuantes en numerosas ocasiones. La última cosa que Krull vio con claridad fue la cruz de oro resplandeciente entre los pechos péndulos que se balanceaban sobre él.
Zoe me bendecirá, dondequiera que se encuentre.
En su lugar, ¡soy yo quien te quiere!
36
11 de febrero de 1984
Al despertarse no había sabido en qué día estaban.
Abajo encontró sobre la mesa de la cocina el Journal de Sparta dejado para él, abierto y torcido -había oído a Delray salir de la casa dando un portazo pocos minutos antes-, además de oírle hablar por teléfono, alzando la voz, y ahora veía ya lo que había disgustado a su padre, porque en la primera página del periódico aparecía un titular muy destacado:
departamento de policía de sparta:
sin nuevas «pistas» en el homicidio de Kruller
… y allí estaba el pie Zoe Kruller, víctima del asesinato no resuelto de 1983, debajo de la fotografía que el Journal había impreso tantas veces que Krull no soportaba verla de nuevo… pero se quedó mirándola fijamente, inclinado sobre la mesa.
Era terrible pensarlo: había pasado un año entero. Zoe llevaba muerta todo un año. Y la rubia sonriente de la foto seguía sonriendo como para desafiar a su destino, aunque sin duda su destino era una burla de aquella sonrisa.
Hermosos ojos con tupidas pestañas, abiertos en una expresión de ingenua entrega a lo que fuese que se le estaba prometiendo a través del ojo de la cámara…
¡Sí! Aquí estoy. Quiéranme.
Más abajo había otras fotos, en apariencia gemelas, como si se tratara de hermanos, de Delray Kruller y Edward Diehl. El periódico también había publicado muchas veces aquellas fotos, al igual que otros medios de comunicación, porque la policía de Sparta los había interrogado por ser personas de interés en el caso.
No exactamente como sospechosos, porque no se había llegado a detener a ninguno de los dos.
Delray debía de haberle dejado el periódico dominado por la indignación. Con la misma facilidad, Delray podría haber hecho trizas el condenado periódico antes de tirarlo, pero quizá había pensado que su hijo debía verlo. El hijo de la víctima del asesinato y el hijo de una persona de interés.
Krull, con el ceño fruncido, echó un vistazo al artículo que ocupaba tres largas columnas de la primera página y que continuaba en la octava. El meollo del artículo parecía ser que en el «primer aniversario» del «asesinato todavía sin resolver» los investigadores de la policía de Sparta, pese a que ahora trabajaban en colaboración con investigadores del estado, carecían, al parecer, «de nuevas pruebas, de nueva información, de nuevas pistas, de nuevas "personas de interés" o "sospechosos" en el caso».
Krull rompió el periódico, repentinamente rabioso.