Ohhh ¡Aar-on! Eres fantástico, te adoro.
El negocio iba mal en el taller de reparaciones, sólo trabajaban uno o dos mecánicos la mayor parte de los días. Krull se ocupaba de los surtidores de combustible, la menos importante de las tarcas. Siempre que un coche pequeño torcía desde Quarry Road en dirección a la gasolinera, Krull se preguntaba si podría ser el Ford Escort de color verde chabacano conducido por Jacky DeLucca. Se imaginaba cómo bajaría el cristal de la ventanilla y lo miraría fingiendo sorpresa, cómo sonreiría pasándose la lengua por los labios carnosos y muy pintados Ohhh ¡Aar-on! Cómo te he echado de menos mientras Krull seguía con cara de palo, sin sonreír.
Fingiendo no reconocerla. Seguro que aquello la asustaba.
Pero Jacky DeLucca, que Krull supiera, nunca regresó a Quarry Road. Como si hubiera renunciado a buscar a Delray Kruller o lo hubiese encontrado de alguna otra manera y Krull fuese a ser el último en enterarse.
Quizás era un alivio que Zoe ya no viviera con ellos. Zoe -al ver salpicaduras de mucosidad endurecida por todas partes y el colchón vergonzosamente manchado- habría cambiado la ropa de la cama de Krull para lavar las sábanas. Zoe habría hecho algún chiste para avergonzarlo ¡En otros tiempos te orinabas en la cama, chico! Eso ya era bastante malo.
Los niños pequeños crecen, habría añadido.
Zoe no le había querido. Ése era el secreto entre ellos.
– Me alegro de que se haya ido. ¡Zorra!
Ya no se tenían que preocupar, ninguno de los dos, por el temor a perderla.
38
Marzo de 1985
Delray estaba diciendo que había cometido algunos errores en su vida.
Y le pedía a Dios que aquellas equivocaciones no se prolongaran en la siguiente generación, tal como la Biblia nos advierte.
Hacía declaraciones como aquélla aunque no estaba borracho. Su pesada mano caía sobre el hombro de su hijo y Krull se estremecía, pero no se apartaba. Y pensaba: Papá no está borracho. No está borracho en el sentido ordinario de la palabra.
Con aquel estado de ánimo tan sombrío y penitente, Delray podía hablar de su padre y del padre de su padre y de su conexión con la sangre india. La conexión con la nación seneca que, de algún modo, se había ido al traste en el caso de Delray.
– Lo que quieren de ti… es algo así como chuparte la sangre. Ni siquiera son capaces de decir lo que quieren. De lo que se trata es del «blanco» que hay en ti… como el tuétano de los huesos. Les gustaría sorbérselo. Cuando me casé con Zoe, aquello puso el punto final por lo que se refiere a mis parientes de la reserva. Jodió las cosas de una vez por todas. Tenía un primo al que estaba muy unido y que no volvió a dirigirme la palabra. Ahora ya está muerto y eso no se puede remediar.
El hijo escuchaba a su padre con la preocupación de lo que le iba a ser revelado.
El hijo quería al padre, aunque el padre fuese un hombre capaz de hacer daño de repente.
– … de manera que lo que estoy diciendo es que no creas que puedes volver allí. Porque no es posible. Juegas a lacrosse con unos tipos, pero no confundas eso con otras cosas.
No se te ocurra pensar que vas a ser algo así como un «hermano de sangre» ni ninguna estupidez parecida con ellos, porque no es cierto.
El padre de Delray era mestizo y su abuelo indio seneca de pura sangre y el hijo de Delray nunca los había tratado, no había estado nunca con ellos y ni siquiera los había visto de lejos.
Zoe le había dicho:
– Si tu padre quiere que sepas esas cosas, te las contará. Hay muchas cosas que no me ha contado y ¿sabes lo que te digo?
– ¿Qué? -había preguntado él.
– Tiene su razón de ser, eso es lo que te digo. Lo que se nos cuenta y lo que no. Así que no preguntes.
A la mañana siguiente llegaron noticias sobre la mujer apellidada DeLucca.
Una agresión salvaje informaba el Journal.
Jacqueline DeLucca, de treinta y nueve años, residente de East Sparta, que trabajaba como camarera en Chet's Keyboard Lounge, fue abandonada inconsciente y con heridas sangrantes en un aparcamiento detrás de Big Boy Discount Appliances. El lunes a primera hora de la mañana la encontró un guarda jurado.
Agresor o agresores desconocidos. En situación estable, en el Hospital General de Sparta. La policía investiga lo sucedido.
El artículo era breve y aparecía en una página interior del diario. No lo acompañaba ninguna fotografía. Krull no se habría enterado de no ser porque en el taller había un ejemplar del Journal, páginas sueltas de las que un cliente se había desprendido mientras esperaba.
Sin darse mucha cuenta, los labios de Krull se movieron:
– «Jacqueline DeLucca.»No quería pensar -carecía de motivos para hacerlo- que Delray pudiera tener algo que ver con aquella agresión. No existía ninguna razón para pensar que Delray tuviera algo que ver con DeLucca. Krull tampoco había tenido nada que ver con DeLucca desde hacía casi dos años, cuando se presentó en la casa de Quarry Road con la ropa de Zoe.
Podría ser tu madre. Zoe nos bendecirá.
Krull no la había vuelto a ver desde aquel día. Excepto en sus más escabrosos sueños sexuales. Pero no en carne y hueso. A la mujer de verdad, que había sido, como señalaba el artículo del Journal, amiga íntima de Zoe Kruller, la víctima del homicidio de 1983, ni siquiera la había visto de lejos y había hecho todo lo que estaba en su mano para olvidarla.
Aquella noche estuvo con sus amigos en la estación de ferrocarril. Las noches que no tenía que trabajar hasta tarde, o ayudar con la grúa (un servicio que el taller de reparaciones Kruller proporcionaba las veinticuatro horas del día), había empezado a reunirse con aquellos amigos nuevos que eran mayores que él y admirables a sus ojos. Porque Krull era menor de edad y ellos no. Qué transición tan rápida era aquélla: un buen día dejabas el instituto, y pocos años después ya tenías veintitantos e incluso más. Aquellos tipos probarían cualquier cosa, como Delray. Y también algunas chicas. Krull sentía debilidad por la cerveza, pero también había llegado a gustarle el sentimiento de maravillosa despreocupación que le proporcionaba fumar hierba. Era como la novocaína. La borrachera se convertía en anestesia y se llegaba a experimentar algo así como una visión de túnel ondulante, rostros que giraban despacio y se derretían y de los que uno se reía.
Zoe había sido una yonqui, consumidora de heroína. Eso era lo que se decía de la muerta después de que la asesinaran.
Lo que a Krull le gustaba de fumar hierba era la manera que tenían las caras de perder sustancia cuanto más las mirabas. Cualquier cosa que uno pueda ver en ese estado, al abrir una puerta, al ver lo que yace, enredado en sábanas ensangrentadas en aquella cama, ¿cómo iba a ser posible tomárselo en serio?
Sosiégate le había aconsejado a Krull su amigo Duncan Metz. Cualquier puñetera cosa que haya sucedido está acabada, nunca vas a poder volver atrás para cambiarla. Metz era por lo menos diez años mayor que Krull, pero le había cogido cariño, se decía que había habido un asesinato, quizá más de uno, en la familia de Metz, también era evidente que Metz era mestizo, que tenía una piel morena aceitunada más oscura que la de Krull y los mismos ojos oscuros hundidos en las órbitas y, de manera natural, tales personas se sentían atraídas entre sí como primos o hermanos.
A otra clase de hierba que Metz le daba a Krull para que fumase la llamaba jamaicana: era más cara y más difícil de conseguir, y producía un «colocón» como una coz brutal, hacía que te latiera el corazón como si hubiese enloquecido, lo que era un motivo para que no todo el mundo quisiera fumarla, las chicas, de manera especial, la veían con recelo, sobre todo en una relación de intimidad con hombres que también la fumaban, porque cuando el humo se aspiraba hasta el fondo de los pulmones te daba muchas ganas de follar, o de darle una buena paliza a alguien, y Krull había llegado a preferir la jamaicana sobre todas las demás drogas.