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Diehl, B. Uno de una docena de nombres entre los alumnos del penúltimo curso de Sparta High en una lista colocada junto a la puerta del laboratorio de química en el segundo piso del edificio.

A Krull no le correspondía ir a clase de química. Tampoco a biología, ni a física, ni a matemáticas superiores ni a idiomas extranjeros. Krull no se preparaba para entrar en la universidad, sino para una formación profesional y todo lo que se pedía a aquel tipo de alumnos para graduarse en Sparta High eran cursos de inglés, estudios sociales, sanidad, educación física y educación vial, así como clases relacionadas con su formación profesional específica.

¡Educación vial! Como si Krull no hubiera conducido automóviles, incluso camiones, desde los once años.

Le fastidió lo indecible ver Diehl, B. en aquella lista y, junto al nombre, la calificación 9. Eddy Diehl no era más que un obrero de la construcción, un «trabajador manual», estaba seguro.

Por lo que Krull sabía, Eddy Diehl, el padre de Ben, ya no vivía en Sparta. El departamento de policía de la ciudad le había permitido marcharse y Krull no había oído que hubiese vuelto.

Los había visto en la camioneta. En el vertedero. Antes de que Zoe se marchara de casa. Antes de que la asesinaran. Cuando era Eddy Diehl con quien Zoe se entendía y Delray no lo había sabido.

La mucha frecuencia con que aquel año veía a Ben Diehl en el instituto era algo que parecía estar sucediendo para molestar a Krull. Debió de ser que sus horarios los acercaron. Una proximidad que Krull sentía como una provocación. En la cafetería, en las escaleras, por los pasillos, Krull avanzaba alto y desgarbado pero veloz como una cobra viendo al chico más bajo, un pelirrojo de cabellos cobrizos y gesto dolorido, que se alejaba de Krull con las piernas rígidas, dando la sensación de no haberlo visto, como si le hubieran metido un palo de escoba por el culo. Porque sin duda alguna Ben advertía la presencia de Krull como la presa de la cobra es consciente de la cobra pero está demasiado aterrorizada para reconocerlo.

Había una chica, además. Ben Diehl tenía una hermana. Menor.

Lo que sucedió aquella primera vez fue puramente por casualidad.

Krull no había acechado a Ben Diehl. Krull pensaba en otras cosas. Pero vio que Ben Diehl entraba en el vestuario de los chicos unos cuantos pasos por delante de él. Estaba solo, algo que parecía sucederle a menudo cuando Krull advertía su presencia. Se movía más bien a sacudidas, como si las diferentes partes de su cuerpo quisieran ir en distintas direcciones pero se mantuvieran juntas gracias a un esqueleto frágil y muy poco elástico. Se trataba de un muchacho que no era naturalmente un atleta, se veía enseguida. Gesto sombrío, muy pálido, los ojos bajos. Arrugas en la frente. Su boca se movía en silencio como si estuviera discutiendo con una voz interior dentro de su cabeza. Quizá medía un metro sesenta y cinco. Quizá pesaba cincuenta y cuatro kilos. Llevaba la ropa -camisa, vaqueros, zapatillas de deporte- popular entre la mayoría de sus condiscípulos, pero en el caso de Ben Diehl aquellas prendas no resultaban convincentes. ¡Diehl! Un bicho raro. Krull se fijó en ello porque era sorprendente lo poco que Ben se parecía a Eddy, su padre, un hombre apuesto, o que había sido apuesto. Ben Diehl por otra parte parecía arrastrar algo de la vergüenza y notoriedad de su padre, lo que significaba que era una persona afligida por la culpa y sin duda entendería la razón de que hubiera que castigarlo.

No era la hora de la clase de gimnasia de Krull. Krull estaba en segundo curso, no en tercero como Ben, porque había perdido un año. Sin embargo, como por instinto, siguió al chico Diehl al interior del vestuario adelantando a otros alum-nos como si no los viera hasta que divisó a Diehl que, en aquel momento, colocaba su mochila sobre un banco en el rincón del vestuario más alejado de la puerta. Quienes observaron cómo Krull se acercaba rápidamente a Diehl con la clara intención de agredirlo, se callaron de inmediato y retrocedieron, y aquellos cuyos armarios estaban cerca del de Diehl se marcharon a toda prisa de manera que, cuando Krull llegó junto a Diehl, con más de diez centímetros de diferencia en altura y unos diez kilos más de peso, no quedaban testigos para ver cómo el chico más pequeño, y en apariencia más joven, alzaba la vista sorprendido hacia Krull, aunque con una sorpresa que tenía algo de culpable, como si hubiera estado esperando que sucediera aquello; ni para ver cómo Diehl sólo tuvo tiempo de tartamudear «Qué… qué es lo…» antes de que Krull lo agarrase por los hombros, muy estrechos, y prácticamente con el mismo movimiento lo estampara contra los armarios con tanta fuerza que toda la hilera hizo ruido y tembló. El ataque fue silencioso y certero y dio la sensación de no haber requerido ningún gran esfuerzo por parte del chico de mayor tamaño.

Diehl no había tenido tiempo de protegerse (o no tuvo la fuerza para hacerlo) cuando cayó sobre el frío suelo de baldosas, encogiéndose debajo del banco largo y estrecho que Krull procedió a apartar de una patada para llegar hasta él, acercándosele con la cara encendida y temblando de indignación.

– Levántate. Maldita sea, capullo, levántate.

Ningún testigo informaría de haber oído suplicar a Ben Diehl «¡No me pegues! ¡Qué te he hecho yo! Déjame en paz, yo no te he hecho nada…» con una expresión tal de miedo en la cara, una súplica tan abyecta, que Krull le dio un puñetazo, otro más y una patada, y se dio la vuelta, lleno de desprecio.

Krull abandonó el vestuario sin dar la sensación de apresurarse. Tampoco hizo otra cosa que echar una ojeada a los compañeros de Ben Diehl que lo observaban, siete u ocho chicos que mantenían las distancias en un silencio tan respetuoso que Krull no vio la necesidad de amenazarlos. Aquellos chicos entendían.

Ahora ya sabes lo que te puedo hacer. En cualquier momento.

Es lo que te mereces, tu pudre mató a mi madre.

Durante algún tiempo después hizo caso omiso del chico Diehl. Le habría gustado matarlo sin más arma que las manos. Porque Krull pisaba fuerte. Sentía, sin embargo, que el tiempo de la proximidad entre los dos no iba a tardar en acabarse, dado que los días de Aaron Kruller en el sistema escolar público de Sparta tocaban a su fin: cumpliría pronto dieciséis años y era tal su deseo de dejar el instituto que saboreaba aquel placer de antemano.

Vas a seguir, maldita sea, sabes que tu madre quería que siguieras.

Y la protesta de Aaron Tú no terminaste la secundaria, papá… ¿por qué tendría que hacerlo yo?

Porque más te vale no acabar como yo. La época para gente como yo ha pasado ya.

Aquellas palabras en boca de Delray helaron el corazón de su hijo. No era posible que Delray Kruller lo creyera y, menos aún, que lo dijera en voz alta.

Tras la muerte de Zoe, las cosas más extrañas habían aparecido en la vida de los dos como un gas tóxico.

Delray que decía A tu madre nunca le gustó que trabajaras conmigo, tan joven. Decía: Aaron puede probar otras cosas. No ser un esclavo de la reparación de motores.

Que la jodan.

Delray lo miró como si no hubiera oído.

Que la jodan. A mamá. Me importa un rábano lo que quisiera para mí, nos dejó, ¿no fue eso lo que hizo?