Con la velocidad de una serpiente llegó el golpe de Delray con el dorso de la mano, que alcanzó a su hijo de gesto malhumorado en la sien y estuvo a punto de tirarlo al suelo.
No se te ocurra hablar así de tu madre, mequetrefe. Sé respetuoso o te rompo la crisma.
Si había habido dudas antes, ya no quedaba ninguna. Incluso después de que la lealtad del hijo a su padre fuese innegable.
Tuvo que parecer que surgía de la nada. Como por accidente. El muchacho de aspecto indio, alto y grande, conocido como Krull -el chico cuya madre había sido asesinada- surgió en el lateral de un camino de tierra que descendía hasta el río en el momento en que Ben Diehl ascendía por aquel mismo camino hacia el puente para peatones por el que se cruzaba el río.
Se pudo ver el miedo en la cara de Ben Diehclass="underline" ¿debería correr? O… ¿era mejor no hacerlo?
Desde el ataque en el vestuario, que no había sido premeditado y en apariencia se había producido sobre la marcha, podía ser que Ben Diehl esperase que no sucediera nada más, porque había aceptado la cólera de Krull con aire culpable y no lo había denunciado a su profesor de gimnasia ni a las autoridades escolares ni tampoco a Lucille, su madre, a quien había explicado con convincente autoironía cómo había tropezado con un banco del vestuario y había caído golpeándose contra un armario.
Ningún otro alumno confirmó aquello. Ningún otro chico parecía haber intervenido.
Habían pasado ya varias semanas, y el tiempo era húmedo y ventoso. Ben Diehl vestía una cazadora de pana marrón con una capucha que le cubría la cabeza y Krull una chaqueta que parecía hecha de plástico plateado y sin capucha. Ben Diehl llevaba además una mochila con aspecto de estar llena de libros y cuando caminaba tendía a mirar al suelo. Una especie de fuerza de gravedad le hacía bajar los ojos. La mirada de Krull era una mirada de depredador, elevada, alerta. No tenía un plan consciente de seguir -de «acechar»- a Ben Diehl aquel día, excepto que, de algún modo, había sucedido así.
No me gusta, pero imagino que las cosas suceden así.
¿Era la voz de Zoe? ¿Zoe cantando una de sus canciones de estilo country?
Krull casi la oía. Era una canción famosa -quizá cantada por Johnny Cash- pero Krull la oía con la voz de Zoe, susurrándosela al oído.
No había planeado ningún segundo ataque. Excepto que esta vez no habría testigos.
Krull pensó ¡Mejor ocasión imposible! Compensa por la otra.
Se refería a su repentina felicidad. Como un relámpago. A unos siete metros por detrás de su asustado condiscípulo, Krull echó a correr, las piernas llenas de fuerza, músculos poderosos, un júbilo vigoroso en las extremidades; fugazmente vio el aviso PUENTE PARA PEATONES CERRADO POR REPARACIONES. NO UTILIZAR pero Ben Diehl no podía darse la vuelta, Krull lo empujaba hacia adelante y, ya dentro del puente y en el espacio de unos segundos, lo alcanzó y lo agarró del brazo y lo sacudió como se sacude a un muñeco de trapo:
– ¿Corres huyendo de mí? Vuélveme la espalda y te hago pedazos.
Ben trató de empujar a Krull para escapar. Había una fuerza frenética en sus brazos y enseñaba los dientes en una mueca de terror y de furia que sorprendió a Krull, el chico Diehl era como una rata desesperada peleando con él. Lo zarandeó todavía con más fuerza, lo estampó contra la barandilla del puente hasta oír cómo al otro se le cortaba la respiración. También él jadeaba de manera apreciable. Debajo el Black River corría oscuro y crecido a causa de las lluvias recientes. Krull pensó Lo puedo matar aquí, nadie se enteraría. Tardarían semanas en encontrar el cuerpo.
Lo que le dijo a Ben Diehl fue:
– Tu padre, ¿dónde está?
Ben Diehl tartamudeó que no lo sabía.
– ¡Sí que lo sabes! Asesinó a mi madre.
Ben Diehl tartamudeó no.
– ¡Sí que lo hizo! ¡Y no le ha pasado nada! ¡Ahora está viviendo en otro sitio y nunca lo han castigado!
Forcejearon torpemente, porque Ben Diehl trataba de librarse de Krull, que lo sujetaba por el hombro y el cuello. Krull lo tenía apresado con algo parecido a una llave de lucha libre. Existía un deseo de hacer daño, pero, al mismo tiempo, una extraña intimidad. Krull dijo, como si suplicara:
– ¡Por qué lo hizo! ¡Por qué la mató!
Y Ben protestó:
– No lo hizo. No fue él.
Entonces, de algún modo, Ben Diehl se sacó de un bolsillo de la cazadora un arma, una navaja de resorte, consiguió abrir la hoja de diez centímetros e intentó apuñalar frenéticamente a Krull antes de que éste entendiera lo que estaba sucediendo, pero la hoja rebotó contra la manga de la chaqueta de Krull y, de manera temeraria, Krull la sujetó, apretó los dedos contra la hoja, cortándoselos, aunque apenas consciente del corte, el dolor fue muy agudo pero pasajero, en la tensión del forcejeo fue algo tan pasajero que Krull no llegó a tomar conciencia. Ben Diehl sollozaba al tiempo que trataba de liberar la navaja para poder apuñalar con ella a Krull, y un frenesí se apoderó de él. Krull lo maldijo luchando por la navaja, las dos manos de Krull sangraban ya, pero consiguió golpear a Ben Diehl con un puño, un golpe fuerte con los nudillos, tuvo la sensación de que rompía un hueso debajo de la órbita del ojo derecho de su adversario. Diehl soltó la navaja que se le escapó de la mano, mientras caía de rodillas, atontado por el puñetazo de Krull, al que siguió una lluvia de golpes dirigidos a su cara, cabeza y hombros. La cara de Diehl había adquirido una palidez enfermiza manchada de sangre, mientras que a Krull le ardía la suya, completamente roja.
– ¡Te podría matar, condenado! Tirarte por encima de la barandilla, te ahogarías. Sin nadie que lo viera.
La navaja brillante de sangre, Krull tenía que suponer que era la de Diehl, había salido despedida de una patada a un par de metros de distancia, Krull se apoderó de ella y la arrojó al río por encima de la barandilla. Para no tener la tentación de usarla. En su estado de ánimo asesino entendió que era una decisión prudente. Tirar a Ben Diehl al río ya era otra cosa, no habría heridas de arma blanca. No habría nada que permitiera incriminar a otra persona. Estaba dando patadas a Ben Diehl que se había acurrucado sobre el puente de tablas como un gusano se puede enroscar para protegerse. Krull golpeaba las piernas, los muslos, las nalgas de Ben Diehl, pero no las costillas, podía rompérselas si lo hacía, y también con cuidado para no darle patadas en la cara, el pobre chico ya la tenía ensangrentada.
– Podría matarte, ¿ves? -jadeante y medio sollozando-. ¡Díselo al hijo de puta de tu padre! Dile que Aaron Kruller podría haberte matado, pero no lo hizo. Díselo.
Dejó a Ben Diehl allí, sobre el puente. Le volvió la espalda y al llegar al camino de tierra echó a correr y no miró para atrás. Tenía la cara húmeda como si hubiera estado llorando. Le sangraban las manos y se las había estado limpiando con la ropa. El espectáculo de su propia sangre era algo desconocido para Krull, estaba empezando a sentir dolor, un dolor punzante muy violento en las manos y pensó Esto es una buena cosa. Algo ha quedado decidido. Y aquella noche, borracho y colocado en la estación de ferrocarril se enganchó con una chica llamada Mira, allí estaba Mira colocada y sin dejar de reír, a caballo sobre la entrepierna de Krull y Mira lo besaba en la boca y gemía y Krull se limpió las manos en donde las torpes vendas se habían soltado, sus manos grasientas y ensangrentadas en el pelo enredado de la chica.
40
Y la chica. La hermana de Diehl, más pequeña que él.
Krull tenía que pensar que era una coincidencia. Al principio.
Básicamente era demasiado joven para que el radar sexual de Krull la detectase. Una chica rubia delgada de ojos tristes que de forma sistemática se encogía cuando Krull por casualidad la miraba en el 7-Eleven próximo al instituto, por ejemplo.