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– No sé. Es posible. También es posible que no hiciera el viaje.

– Me pareció oírle decir que una persona la vio subir al avión. El taxista del que me habló.

– No fue en realidad una identificación segura y definitiva. Mire, un taxista recoge a una pasajera y la pasajera dice que es Elaine Boldt. No la ha visto en su vida, así que ¿cómo puede estar seguro? Acepta su palabra y ya está, y lo mismo nos pasa a todos. ¿Cómo sabe la gente que yo soy Kinsey Millhone? Pues porque digo que lo soy. Otra persona pudo hacerse pasar por ella para fabricar una pista falsa.

– ¿Con qué objeto?

– Pues mire, eso no lo sé. Hay dos mujeres que pudieron haberlo hecho: una es su hermana Beverly.

– Y Pat Usher la otra, ¿no? -dijo Julia.

– A Pat le benefició la desaparición de Elaine. Ha vivido de gorra durante varios meses en un piso de Florida.

– Es la primera vez que oigo que matan a una persona a cambio de alojamiento y comida -dijo con sarcasmo.

Sonreí. Sabía que empezábamos a desbarrar, pero siempre podíamos dar con algo. También pude haber terminado este capítulo en aquel punto.

– ¿Dejó Pat alguna dirección, como prometió?

Negó con la cabeza.

– Charmaine dice que dejó una, pero era falsa. Hizo el equipaje y se fue el mismo día que estuvo usted aquí; nadie ha vuelto a verla desde entonces.

– Mierda. Sabía que lo haría.

– Bueno, usted no podía impedirlo -dijo con generosidad.

Apoyé la cabeza en el respaldo del sofá y me puse a barajar hipótesis.

– También pudo haber sido Beverly. A lo mejor le abrió la cabeza en el lavabo de señoras del aeropuerto de San Luis.

– O la mató en Santa Teresa y la suplantó a partir de entonces. A lo mejor fue ella quien hizo las maletas y subió al avión.

– Probemos la otra posibilidad -dije-. Con Pat, quiero decir. ¿Y si Elaine no conocía de nada a Pat Usher y trabó conocimiento con ella en el avión? Puede que se pusieran a charlar y que Pat se diese cuenta… -Abandoné la idea en cuanto vi la cara que me ponía Julia-. Suena un poco forzado -dije.

– Bueno, especular no hace daño a nadie. Puede que Pat la conociera en Santa Teresa y la siguiese desde allí.

Medité aquello.

– Bueno, es posible. Tillie dice que Elaine, al menos ella creía que era Elaine, estuvo mandándole postales hasta marzo, aunque supongo que cualquiera podría falsificarlas.

La informé de mis encuentros con Aubrey y Beverly y, mientras se lo contaba, la memoria me envió un aviso; fue una de esas fabulosas sacudidas mentales que se parecen a las descargas que producen los enchufes en malas condiciones.

– Un momento. Acabo de recordar algo. Elaine tenía una factura de un peletero de Boca. ¿Y si lo localizamos y le preguntamos si ha visto el abrigo? Podría darnos una pista.

– ¿Y de qué peletero se trata? Porque por aquí hay varios.

– Tendré que preguntárselo a Tillie. ¿Puedo poner una conferencia a California? Si seguimos la pista del abrigo, puede que lleguemos hasta ella.

Movió el bastón en dirección al teléfono. Al cabo de unos minutos había dado con Tillie y le explicaba lo que quería.

– Bueno, ya sabes que esa factura la robaron junto con los demás papeles, pero acabo de recibir otra. Espera, voy a ver qué dice. -Dejó el auricular y fue a mirar el correo. Volvió a ponerse al teléfono-. Le exigen que pague. Es el segundo aviso que manda un establecimiento llamado Jacques: setenta y seis dólares de limpieza y doscientos por arreglar el abrigo. Es increíble, ¿verdad? Aquí veo una cara sonriente, dibujada a mano, y dice: «Gracias por su encargo», y a continuación una cara triste que dice: «Esperamos que su demora en el pago sea sólo un descuido». Han llegado otras facturas también. Espera, veré de qué son. -Oí que rasgaba sobres al otro extremo de la línea-. Vaya. Todos son acreedores. Parece que ha acumulado un montón de deudas. Veamos. ¡Madre mía! Visa, MasterCard. La última fecha que pone aquí es de hace diez días, imagino que es la fecha de facturación, no la de compra. Le dicen que no puede utilizar las tarjetas hasta que no salde la deuda.

– ¿Se consigna dónde se hicieron las compras? ¿Fue en algún lugar de Florida?

– Sí, parece que casi todas se hicieron en Boca Ratón y en Miami, pero será mejor que lo mires tú cuando vuelvas. Como he cambiado la cerradura, ahora estarán a salvo.

– Gracias, Tillie. ¿Me das la dirección del peletero?

La apunté y Julia me dio algunas indicaciones. Me despedí de ella y bajé al parking. El cielo era de un gris amenazador y los truenos retumbaban a lo lejos igual que cuando bajan un piano por la rampa de madera de un camión de mudanzas. Hacía bochorno y la luz era de una blancura eléctrica que volvía la hierba de color verde fosforescente. Esperaba resolver mi asunto antes de que empezara a llover a cántaros.

Jacques se encontraba en un elegante centro comercial rodeado por un enrejado de madera y adornado con frágiles abedules plantados en grandes macetones de color azul claro. De las ramas pendían ristras de luces de colores que en medio de la lobreguez que precede a la tormenta parpadeaban como en una navidad anticipada. La fachada de los establecimientos era de granito grisáceo y las palomas que se pavoneaban en la acera parecían haberse colocado allí exclusivamente por su efecto decorativo. Hasta el sonido que emitían era de buen gusto, un murmullo chirriante que surcaba el aire matutino semejante al frufrú de los billetes cuando un cajero los cuenta a toda velocidad.

El escaparate de Jacques se había decorado con sentido artesanal. Un abrigo de marta cebellina yacía arrojado como por descuido sobre una especie de duna que contrastaba con el azul celeste del telón de fondo. En la cresta de la duna crecían unos arbustos y en la superficie de arena un crustáceo había dejado tras de sí una estela angosta que parecía un bordado. Era como un instante congelado en el tiempo: una mujer -rica y alocada- había bajado a la playa y se había despojado del abrigo de lujo para meterse desnuda en el agua, o bien para hacer el amor con quien fuese en la cara oculta de la duna. Habría jurado que la hierba se inclinaba ante una brisa inexistente y casi alcanzaba a oler el rastro de perfume que la mujer había dejado al pasar.

Empujé la puerta y entré. Si hubiera tenido dinero y hubiese ido con mi carácter aquello de ponerme animales peludos encima, me habría dejado un montón de billetes en aquel establecimiento.

Capítulo 20

En el interior dominaban los azules apagados y de la elevada techumbre colgaba una lámpara rutilante. Por todos los rincones del establecimiento sonaba la música de cámara como si hubiera un cuarteto de cuerdas oculto en alguna parte. Había sillas Chippendale dispuestas en agradables grupos de sobremesa y forraban las paredes espejos enormes de marco dorado. El único detalle que estropeaba un salón dieciochesco, perfecto por lo demás, era la pequeña cámara que escrutaba todos mis movimientos desde un rincón del techo. Ignoraba por qué. No había ni una sola piel a la vista y los muebles sin duda estaban clavados al suelo. Hundí las manos en los bolsillos traseros única y exclusivamente para dar a entender que sabía comportarme. Me vi reflejada en un espejo, con mis téjanos descoloridos y mi blusa de tirantes y sin mangas, y con cara de haber sido depositada por equivocación en aquel ambiente barroco por una máquina del tiempo estropeada. Flexioné el brazo, pensando si no debería ponerme otra vez a levantar pesas. El bíceps que me salió en el brazo izquierdo parecía una serpiente que hubiera engullido hacía poco algo muy pequeño, como unos calcetines doblados.

– ¿Sí?

Me di la vuelta. El hombre que estaba ante mí parecía tan fuera de lugar como yo. Era inmenso, pesaría alrededor de ciento treinta kilos y vestía una especie de chilaba que le daba el aspecto de una tienda de campaña con miriñaque. Tenía sesenta y tantos años y una cara que necesitaba apuntalarse con muletas. Los párpados le caían a plomo, la boca le colgaba y una papada doble le adornaba el gaznate. Se echaba hacia las orejas lo que le quedaba de pelo. No estoy segura, pero me pareció que emitía un ruido grosero por debajo de la camisa.