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– El circo tiene su propio lenguaje, ya lo irás pillando. Los que atienden los puestos del circo recibieron el nombre de butchers [1] porque, en el siglo XIX, un hombre que era carnicero abandonó su trabajo para trabajar en uno de los puestos ambulantes del circo de John Robinson Show. En los puestos de algodón de azúcar se venden perritos calientes además de golosinas, por eso se llaman candy butchers. La carpa principal es lo que se conoce como circo en sí, nunca la llames «carpa» a secas. Sólo se llama así a la de la cocina y a la de la casa de fieras. El recinto se divide en dos: la parte trasera, donde dormimos y aparcamos los remolques, y la parte delantera, o zona pública. Las representaciones tienen también un lenguaje distinto. Ya te irás acostumbrando -hizo una pausa significativa, -si te quedas lo suficiente.

Ella decidió no picar el cebo.

– ¿Qué es un donnicker? Recuerdo que ayer usaste esa palabra.

– Es la marca de los retretes de las caravanas, cara de ángel.

– Ah. -Continuaron viajando varios kilómetros en silencio mientras ella cavilaba sobre lo que él le había dicho. Pero era lo que no había dicho lo que más le preocupaba. -¿No crees que deberías hablarme un poco más de ti? Contarme algo sobre tu vida que sea verdad, claro.

– No veo por qué.

– Porque estamos casados. A cambio te contaré cualquier cosa que quieras saber de mí.

– No hay nada que me interese saber de ti.

Eso hirió los sentimientos de Daisy, pero de nuevo no quiso darle más importancia de la que tenía.

– Nos guste o no, ayer hicimos unos votos sagrados. Creo que lo primero que deberíamos hacer es preguntarnos qué esperamos de este matrimonio.

Él meneó la cabeza lentamente. Ella nunca había visto a un hombre que pareciera más consternado.

– Esto no es un matrimonio, Daisy.

– ¿Perdón?

– No es un matrimonio de verdad, así que quítate esa idea de la cabeza.

– ¿De qué estás hablando? Por supuesto que es un matrimonio de verdad.

– No, no lo es. Es un acuerdo legal.

– ¿Un acuerdo legal?

– Exacto.

– Ya entiendo.

– Bien.

La obstinación de Alex la enfureció.

– Bueno, pues ya que soy la única involucrada en este acuerdo legal por el momento, intentaré que funcione, tanto si quieres como si no.

– No quiero.

– Alex, hicimos unos votos. Unos votos sagrados.

– Eso no tiene ningún sentido, y tú lo sabes. Te dije desde el principio cómo iban a ser las cosas. No te respeto, ni siquiera me gustas, y te aseguro que no tengo ni la más mínima intención de jugar a las casitas.

– Estupendo. ¡Tú tampoco me gustas!

– Veo que nos entendemos.

– ¿Cómo podría gustarme alguien que se ha dejado comprar? Pero eso no quiere decir que vaya a ignorar mis obligaciones.

– Me alegra oírlo. -Él la recorrió lentamente con la mirada. -Me aseguraré de que tus obligaciones sean agradables.

Ella sintió que se sonrojaba y que esa inmadura reacción la enfadaba lo suficiente como para desafiarlo.

– Estás refiriéndote al sexo, ¿por qué no hablas claro?

– Por supuesto que me refiero al sexo.

– ¿Con o sin tu látigo? -Ella se arrepintió en cuanto las impulsivas palabras salieron de su boca.

– Tú eliges.

Daisy fue incapaz de seguir soportando sus bromas. Se dio la vuelta y se puso a mirar por la ventanilla.

– ¿Daisy?

Tal vez fuera porque deseaba creerlo, pero su voz le pareció más suave esta vez. Ella suspiró.

– No quiero hablar de eso.

– ¿De sexo?

Ella asintió con la cabeza.

– Tenemos que ser realistas -dijo él, -los dos somos personas saludables, y a pesar de tus diversos desórdenes de personalidad, no eres precisamente un adefesio.

Ella se volvió hacia él para dirigirle su mirada más desdeñosa, pero lo que vio fue cómo una comisura de esa boca masculina se curvaba en lo que en otro hombre hubiera sido una sonrisa.

– Tú tampoco eres precisamente un adefesio -admitió ella a regañadientes, -pero tienes muchos más desórdenes de personalidad que yo.

– No, creo que no.

– Te aseguro que sí.

– ¿Como cuáles?

– Pues bien, para empezar… ¿Estás seguro de que quieres oírlos?

– No me lo perdería por nada del mundo.

– Bueno, pues eres cabezota, terco y dominante.

– Pensaba que ibas a decir algo malo.

– No eran cumplidos. Y siempre he creído que un hombre con sentido del humor es más atractivo que uno sexy y machista.

– Bueno, pues avísame cuando llegues a la parte mala, ¿vale?

Ella lo fulminó con la mirada y optó por no mencionar los látigos que tenía debajo de la cama.

– Es imposible hablar contigo.

Él ajustó la visera solar.

– Lo que estaba tratando de decirte antes de que me interrumpieras con la lista de mis cualidades es que ninguno de nosotros va a poder mantenerse célibe durante los próximos seis meses.

Daisy bajó la mirada. Si él supiera que ella llevaba así toda la vida…

– Vamos a vivir en un lugar pequeño -continuó él, -estamos legalmente casados y es natural que tarde o temprano echemos un polvo.

«¿Echemos un polvo?» Su rudeza le recordó que eso no significaría nada para él y que, contra toda lógica, ella quería algo de romanticismo.

– En otras palabras, esperas que haga las tareas domésticas, trabaje en el circo y «eche polvos» contigo -dijo bastante mosqueada.

Él lo pensó detenidamente.

– Supongo que es más o menos eso.

Ella giró la cabeza y miró con aire sombrío por la ventanilla. Hacer que ese matrimonio tuviera éxito iba a ser todavía más difícil de lo que pensaba.

CAPÍTULO 05

Cuando Daisy salió de la caravana por la tarde, se tropezó con una ¡oven, espigada y rubia, que llevaba un chimpancé sobre los hombros. La reconoció como Jill, de «Jill y Amigos», un número en el que participaban un perro y el chimpancé. Tenía la cara redonda, la piel perfecta y el pelo con las puntas abiertas, algo en lo que Daisy podría ayudarla si le daba la oportunidad.

– Bienvenida al circo de los Hermanos Quest -dijo la mujer. -Soy Jill.

Daisy le devolvió la cordial sonrisa.

– Yo soy Daisy.

– Lo sé. Heather me lo ha dicho. Éste es Frankie.

– Hola, Frankie. -Daisy levantó la cabeza hacia el chimpancé encaramado en los hombros de Jill, luego dio un salto atrás cuando él le enseñó los dientes y chilló. Ya estaba bastante nerviosa tras un día sin nicotina y la reacción del chimpancé sólo consiguió exacerbarla aún más.

– Cállate, Frankie. -Jill le palmeó la pierna peluda. -No sé qué le pasa. Le gustan todas las mujeres.

– Los animales no suelen ser demasiado cariñosos conmigo.

– Eso es porque te dan miedo. Ellos siempre lo notan.

– Supongo que será eso. Me mordió un pastor alemán cuando era pequeña y desde entonces les tengo miedo a todos los animales. -El pastor alemán no había sido el único. Recordó una excursión del colegio a un zoo de Londres cuando tenía seis años. Se había puesto histérica cuando una cabra había comenzado a mordisquearle el uniforme.

Una mujer con unos pantalones bombachos negros y una camiseta enorme se acercó y se presentó como Madeline. Daisy sabía que era una de las chicas que había entrado a la pista a lomos de uno de los elefantes. Su ropa informal hizo que Daisy se sintiera demasiado arreglada. Había querido tener buen aspecto en su primer día en la taquilla; para ello se había puesto una blusa de seda color marfil con unos pantalones gris perla de Donna Karan en lugar de los vaqueros y la camiseta del outlet que Alex había insistido en comprarle antes de llegar.

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[1] «Carniceros» en inglés. (N. de las T.)