Eran más de las doce de la noche cuando volvió al local del diario del pueblo, golpeó con la mano abierta la persiana de hierro y se hizo abrir por don Moya, el sereno, que andaba siempre rengueando con un bamboleo medio ridículo porque lo tiró un caballo en el 52 y quedó chueco. Moya le fue prendiendo las luces de la redacción vacía y Renzi se sentó ante el escritorio de Gregorius y redactó la nota en una Remington que se saltaba la a.
La escribió de un saque, mirando los apuntes, tratando de que fuera lo que Luna llamaba una nota de color con gancho. Empezó con la descripción del pueblo porque se dio cuenta de que ése era el tema que iba a interesar en Buenos Aires, donde casi todos los lectores eran como él y pensaban que el campo era un lugar pacífico y aburrido, con paisanos con gorra de vasco, que sonríen como tarados y le dicen a todos que sí. Un mundo de gente campechana que se dedicaba a trabajar la tierra y eran leales a las tradiciones gauchas y a la amistad argentina. Ya se había dado cuenta de que todo eso era una farsa, en una tarde había escuchado mezquindades y violencias peores a las que podía imaginar. Circulaba la versión de que Durán era lo que llamaban un valijero, alguien que trae plata bajo cuerda para negociar las cosechas con empresas ficticias [15] y no pagar los impuestos. Todos le habían hablado del bolso con dólares que Croce había encontrado en el depósito de objetos perdidos del hotel y que seguramente era la pista para descifrar el crimen. Lo más interesante, desde luego, como pasa siempre en estos casos, era el muerto. Investigar a la víctima es la clave de toda investigación criminal, había escrito Renzi, y para eso tenían que interrogar a todos los que tenían trato o negocios con el finado. Renzi mantuvo el suspenso y centró el asunto en el extranjero que había llegado a ese lugar sin que nadie supiera del todo por qué. Aludió vagamente al romance con una de las hermanas de una de las familias principales del pueblo.
Las pesquisas empezaban por quienes podían tener motivo para matarlo. Y al rato se había dado cuenta de que todos en el pueblo tenían motivos y razones para matarlo. Las hermanas antes que nada, aunque según Renzi era raro pensar que ellas quisieran matarlo. Lo hubieran matado ellas mismas, según le declararon a este cronista varios vecinos del lugar. Y tienen razón porque acá, la verdad, dijo uno de los gerentes del hotel, las mujeres no encargan a nadie que les haga el trabajo, van y lo limpian. Al menos eso era lo que ha pasado siempre por aquí con los crímenes pasionales, le dijeron orgullosos, como quien defiende una gran tradición local.
Escribió que, según trascendidos, el principal sospechoso, un empleado del hotel de origen japonés, estaba detenido y que el comisario Croce había descubierto, en los sótanos del hotel, un bolso de cuero, color marrón, con casi cien mil dólares en billetes de cincuenta y de cien. Según parece, agregó Renzi, el sospechoso había bajado el bolsón con la plata desde la pieza en un montacargas usado en el pasado para subir la comida en los room service. Nada de esto había trascendido oficialmente, pero varias fuentes en el pueblo comentaban esos hechos. Hay que consignar, concluyó, que las versiones oficiales no aceptan ni rechazan esos dichos. El director del diario local (y aprovechó para citar a El Pregón) ha criticado el modo en que la investigación está siendo llevada adelante por las autoridades. Para quién era la plata y por qué no se la habían llevado del hotel y la habían dejado en un depósito de objetos perdidos eran las preguntas con las que se cerraba la nota.
Después corrigió las páginas con una birome roja que encontró en el escritorio y le dictó la nota por teléfono a la mecanógrafa del diario, repitiendo como un lorito todos los signos de puntuación, coma, punto, punto y seguido, dos puntos, punto y coma. La descripción del pueblo visto desde lo alto al llegar por la ruta abría la crónica, como si fuera la versión de un viajero que entraba en un territorio misterioso, y eso gustó porque le daba al pueblo una existencia concreta y por una vez el poblado dejaba de ser un apéndice de Rauch.
Al cruzar la sierra alta se ve abajo el pueblo en toda su extensión, desde la laguna que le da nombre hasta las residencias situadas sobre las lomas y las barrancas.
Fue una crónica breve, con el título de un spaghetti-western (que no era el que Renzi le había puesto a la nota), Asesinan a un yanqui en un pueblo del oeste, y que leyeron en el lugar al día siguiente, con los principales acontecimientos sintetizados en un orden ridículo (el hotel, el cadáver, la valija con la plata), como si después de una tarde de dar vueltas y hacer preguntas el periodista de Buenos Aires se hubiera dejado engañar por todos sus informantes.
Parecía nervioso o medio boleado, dijo Moya, y contó que después de escucharlo dictar la nota lo había acompañado hasta la puerta y vio que se iba al Club Social a tomar una copa, acompañado por Bravo, el cronista de Sociales, que apareció de golpe como si hubiera despertado al escuchar el ruido de la cortina metálica.
Sofía estuvo un rato silenciosa, mirando la luz de la tarde que decrecía en el jardín, y después retomó el ritmo un poco enloquecido de esa historia que había escuchado y repetido o imaginado muchas veces.
– Mi padre se hacía el aristócrata y por eso la buscó a mi madre, que es una Ibarguren… -dijo Sofía-. Mi padre se casó por amor con su primera mujer, Regina O’Connor, pero ella ya te dije que lo dejó y se fue con otro y mi padre nunca se recuperó, porque no podía concebir que lo abandonaran o que lo trataran con desprecio, y en el fondo siempre dudó que mi hermano fuera hijo suyo y lo trató como con la extrema deferencia con la que se trata a un bastardo, y, a diferencia de mi hermano Lucio, mi hermano Luca siempre fue hostil y esa hostilidad se convirtió en una especie de orgullo demoníaco, de convicción absoluta, porque cuando su madre lo abandonó y se fue del pueblo mi padre lo rescató y lo trajo de vuelta y desde entonces vivió con nosotros.
Renzi se levantó.
– Pero ¿de dónde lo rescató?
– Lo trajo a casa y lo crió sin que le importara de dónde venía.
– ¿Y el director de teatro? ¿Era el padre, el posible padre? -dijo Renzi.
– No importa, porque su madre siempre dijo que Luca era hijo de mi padre, que se notaba a la legua. Por desgracia, decía Regina, es hijo de su padre, se ve enseguida que es un demente y un desesperado y si no fuera su hijo, decía su madre, no hubiera llegado a donde ha llegado, casi a matarse, a arruinarse la vida por una obsesión.
– Pero qué es, ¿un melodrama?
– Claro… ¿qué esperabas? Lo trajeron a casa y lo educaron como a todos nosotros pero nunca más vio a su madre… Ella al final se volvió a Dublín y vive ahí ahora y ya no quiere saber nada con nosotros, ni con este lugar, ni con sus hijos. La irlandesa. Mi padre tiene todavía su foto en el escritorio. Estaba fuera de lugar acá, esa mujer, como te imaginás, era demasiado arisca para convertirse en una madre argentina, andaba a caballo mejor que los gauchos pero odiaba el campo nuestro. «¿Qué shit se creen estos mierda», decía… La culpa de todo es del campo, del tedio infinito del campo, todos dan vueltas como muertos-vivos por las calles vacías. La naturaleza sólo produce destrucción y caos, aísla a la gente, cada gaucho es un Robinson que cabalga por el campo como una sombra. Sólo pensamientos aislados, solitarios, livianos como alambre de enfardar, pesados como bolsas de maíz, nadie puede salir, todos atados al desierto, se largan a caballo a recorrer su propiedad, a ver si los postes del alambrado están sanos, si los animales siguen cerca de la aguada, si se viene la tormenta; al atardecer, cuando vuelven a las casas, están embrutecidos por el aburrimiento y el vacío. Mi hermano dice que todavía la escucha insultar en la noche y que a veces habla con ella y que siempre la está viendo. No podía seguir en este pueblo esa mujer. Cuando se fue embarazada, mi padre le hizo la vida imposible, no la dejaba ver a su otro hijo, decisión judicial, todos de acuerdo en castigarla. No la dejaba ver a Lucio, ella mandaba mensajes, ruegos, regalos, venía a la casa y mi padre la hacía echar por los peones y a veces le decía que lo esperara en la plaza y pasaba despacio en el auto y ella podía ver a su hijo que desde la ventanilla la miraba sin saludarla con ojos sorprendidos. -Hizo una pausa y fumó pensativa-. Ella embarazada de Luca (dos corazones en un mismo cuerpo, tuc tuc) y Lucio que la miraba por la ventanilla de atrás del auto, ¿podés creer? Al fin le dejó a los críos y se volvió a su país.
[15] «Hay sociedades fantasma que están trabajando 30.000 toneladas de grano en negro por mes. Eso son 3.000 camiones. Los que manejan esto no son más que diez o doce personas. “Hay estudios jurídicos que cobran 30.000 dólares por armar esas sociedades”, declararon varias fuentes a este cronista» (nota de Renzi).