Выбрать главу

El comentario estaba tan fuera de lugar viniendo de sus labios que me quedé boquiabierto.

– Cierra esa boca, Antoine. -Joséphine sonrió con suficiencia y yo me carcajeé a gusto-. Háblame de vuestra madre -me pidió-. Nadie la menciona.

– ¿Qué quieres saber?

Ella enarcó una ceja.

– Cualquier cosa.

– Murió en 1974 a causa de un aneurisma cerebral. Tenía treinta y cuatro años. Todo sucedió muy deprisa. Se la habían llevado al hospital cuando volvimos del colegio.

Había muerto. -La miré fijamente-. ¿No te han contado nada nuestro padre ni Régine?

– No. Continúa.

– Eso es todo.

– No, quiero decir, ¿cómo era?

– Mélanie se parece mucho a ella: menuda y de ojos verde oscuro. Reía sin cesar y nos hacía felices a todos.

Siempre tuve la impresión de que nuestro padre dejó de sonreír tras la muerte de Clarisse y sonrió todavía menos desde que se casó con Régine. No tenía el menor deseo de contarle eso a Joséphine, de modo que cerré el pico, pero estaba convencido de que ella sabía tan bien como yo que sus padres vivían vidas separadas. François se reunía a menudo con otros amigos abogados ya jubilados y se pasaba horas en su estudio, leyendo o escribiendo, y se quejaba por todo. Régine llevaba con paciencia sus refunfuños, se iba a jugar al bridge a su club y procuraba fingir que todo iba bien en la casa.

– ¿Y su familia? ¿No la habéis visto?

– Sus padres murieron cuando ella era joven. Tenía unos orígenes rurales muy modestos. Recuerdo que tenía una hermana algo mayor a quien nunca vi mucho y esa hermana desapareció de nuestras vidas después de su muerte. Ni siquiera sé dónde vive.

– ¿Cómo se llamaba?

– Clarisse Elzyére.

– ¿De dónde era?

– De las Cévennes.

– ¿Estás bien? Tienes mal aspecto.

Le dediqué una amplia sonrisa.

– Gracias -contesté. Luego, tras una breve pausa, agregué-: En realidad, tienes razón: estoy exhausto, ésa es la verdad, y ahora viene él a removerlo todo.

– Ya. No hacéis buenas migas, ¿verdad?

– No mucho.

En realidad, era una verdad a medias. Hacíamos buenas migas mientras vivía Clarisse. Él fue el primero en llamarme Tonio. Teníamos una complicidad silenciosa que encajaba muy bien con el niño tranquilo que fui. Por eso, durante los fines de semana quedaba descartado eso de ir corriendo a jugar al fútbol o a realizar actividades viriles donde se sudara mucho, pero sí dábamos paseos contemplativos por los alrededores y hacíamos frecuentes visitas al Louvre, al ala egipcia, mi favorita. A veces, entre sarcófagos y momias, escuchaba algún comentario: «¿No es ése François Rey, el abogado?». Y yo me enorgullecía de ir de su mano y ser su hijo, pero de eso habían pasado más de treinta años.

– Perro ladrador, poco mordedor.

– Decir eso es fácil para ti, que eres su ojito derecho, la favorita.

– Bueno, no siempre es fácil ser su ojito derecho -murmuró. Tuvo el detalle de admitir la verdad de ese hecho con cierta elegancia antes de cambiar de tema-. ¿Cómo está tu familia?

– Están de camino. Los verás si te quedas por aquí un rato.

– Genial -replicó con algo más de alegría-. ¿Y qué tal, cómo va el curro?

Me pregunté el motivo de tanta pregunta, por qué se esforzaba tanto en simular preocupación. En el pasado, mi hermanastra sólo se había dirigido a mí para pedirme tabaco. Mi trabajo era lo último de lo que deseaba hablar. Se me hacía duro sólo de pensarlo.

– Bueno, sigo trabajando como arquitecto, lo cual sigue sin hacerme feliz.

Me lancé a formularle yo preguntas antes de darle ocasión de averiguar la razón.

– ¿Y qué hay de ti? Ya sabes, el novio, el trabajo y todo eso. ¿Por dónde andas? ¿Aún te ves con el propietario de ese night club? ¿Todavía trabajas con ese diseñador en el barrio de Le Marais?

No saqué a colación el hombre casado con quien tuvo un rollo el año anterior ni el largo periodo de paro, cuando parecía pasarse todo el tiempo en casa, viendo un DVD tras otro en el estudio de François o de compras en el reluciente Mini negro de su madre.

De buenas a primeras, me dedicó una sonrisa que más bien parecía una mueca. Se alisó el pelo negro y se aclaró la garganta.

– De hecho, Antoine, te agradecería de verdad que… -Hizo una pausa y carraspeó otra vez-. Te agradecería que me prestaras algo de dinero.

Sus ojos castaños me taladraron con una mezcla de descaro y súplica.

– ¿Cuánto?

– Bueno, digamos… ¿Mil euros?

– ¿Te has metido en algún lío? -pregunté, usando el tono inquisitivo de François que a veces empleaba con Arno.

Ella negó categóricamente con la cabeza.

– No, claro que no. Sólo necesito un poco de efectivo y, ya sabes, preferiría no pedírselo a ellos de ninguna manera.

Di por hecho que con «ellos» se refería a sus padres.

– No llevo una suma tan elevada encima.

– Hay un cajero automático al otro lado de la calle -sugirió amablemente, y esperó mi reacción.

– ¿Debo entender que lo necesitas ahora mismo? -Ella asintió con la cabeza-. No me importa prestarte esa suma, pero tendrá que ser con devolución. No he andado muy boyante que digamos después del divorcio.

– Claro, sin problemas. Lo prometo.

– Tampoco creo que me dejen retirar ese importe del cajero.

– Bueno, ¿qué te parece pasarme lo que te dé el cajero en efectivo y el resto en un cheque?

Joséphine se levantó y echó a andar dándose aires, moviendo sus esqueléticas caderas de forma triunfal. Salimos del hospital y nos dirigimos al banco. De camino, encendimos un par de pitillos, y no pude evitar la sensación de haber sido timado, por mucho que ella mostrase esa nueva actitud de hermana.

Entregué el fajo de billetes y un cheque a Joséphine. Ella me besó en la mejilla y se alejó como si tal cosa. Yo di un paseo hasta el pueblo, pues por el momento seguía sin apetecerme regresar al hospital. Era uno de esos términos municipales sin nada digno de mención. Enfrente de la iglesia, el pequeño edificio del ayuntamiento lucía una bandera tricolor descolorida. También vi un bar-tabac [2] y una panadería, así como un hotel de pocas pretensiones llamado L'Auberge du Dauphin, pero no había nadie por los alrededores. El bar-tabac estaba vacío. Aún era demasiado pronto para comer. Un joven cabizbajo se volvió hacia mí cuando entré. Pedí un café y tomé asiento. Una radio invisible puesta a todo volumen desgranaba las noticias de Europe 1. El mantel de hule de las mesas acumulaba tanta mugre que al menor contacto el dedo se quedaba impregnado de grasa. ¿Debía telefonear a mis amigos cercanos y contarles lo sucedido? Sí, debería llamar a Emmanuel, Hélène y Didier, pero todavía lo diferí un poco más, tal vez porque no deseaba pronunciar ciertas palabras y ponerme a repetir como un loro los detalles del accidente. ¿Y qué hacía con los amigos de Mélanie? ¿Y su jefe? ¿Quién iba a decírselo? Probablemente yo. La próxima semana era un momento importante para ella, pues debía ultimar los preparativos del otoño, la época del año más liada para todos cuantos trabajan en el mundo editorial, y eso incluía a mi ex mujer. Y luego estaban mis propias servidumbres laborales: los estallidos de rabia de Rabagny, la obligación de cambiar otra vez los diseños y la necesidad de encontrar un ayudante antes de despedir a la actual, Florence.

Encendí un cigarro.

– Eso se acabará el año que viene -comentó con desdén el joven, y esbozó una sonrisa grosera-. Todos tendrán que salir a fumar o incluso no entrar. Eso es malo para el negocio. Malo de verdad. Quizá deba chapar el chiringuito.

El tipo tenía pinta de estar un poco chalado, así que decidí no entablar conversación de la manera más cobarde. En vez de contestarle, sonreí, asentí, me encogí de hombros y me sumergí en el examen de mi móvil.

вернуться

[2] «Bar con estanco» en francés. (N. del T.)