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La brecha abierta entre los amigos de la pareja era una de las cosas más molestas de los divorcios. Unos habían elegido a Astrid y otros a mí. ¿Por qué? Jamás iba a conocer las razones. ¿No les resultaba extraño a nuestros conocidos ir a cenar a la casa de Malakoff y tener a Serge sentado en mi silla? ¿No encontraban triste visitarme en el apartamento vacío de la calle Froidevaux, donde era obvio que no lograba salir a flote desde que ella me había dejado? Algunos amigos la habían preferido a ella porque Astrid exudaba un aura de felicidad. Era más fácil tener trato social con una persona dichosa, o eso imaginaba yo, y a casi nadie le apetecía sentarse a rumiar cuitas con un perdedor ni oír mis quejas sobre lo sólito y desamparado que me hallaba ni lo confundido que estuve los cinco primeros meses al verme sin una familia después de haber sido un padre de familia durante dieciocho años, ni sobre lo silenciosas que me parecían las mañanas a primera hora en mi cocina de Ikea, a solas con el olor de una barra de pan quemada y los eslóganes publicitarios de las noticias de la emisora RTL, pues enchufaba la radio para tener algo de compañía. Me quedaba allí como un pasmarote, aturdido por la falta de voces, la de Astrid urgiendo a los niños para que no llegasen tarde, el retumbar de las pisadas de Arno cuando bajaba por las escaleras, los ladridos de Titus, movido por el entusiasmo, los gritos de Lucas cuando no localizaba la bolsa de gimnasia. Ahora, un año después, me había acostumbrado a las nuevas mañanas, las silenciosas, pero seguía echando de menos aquellos ruidos.

También tenía mensajes de otros clientes; algunos de ellos revestían cierta urgencia. El paréntesis vacacional estaba a punto de acabar y ahora la gente regresaba al trabajo y retomaba el ritmo habitual de actividad. Empecé a calcular cuánto tiempo debía quedarme allí; el plazo máximo que iba a poder permanecer junto a mi hermana. Pronto habrían transcurrido tres días desde el accidente y Mel aún no podía moverse. La doctora Besson no me había facilitado nuevos detalles. Sospechaba que ella prefería ver la evolución de Mélanie antes de ser más precisa.

Había recibido también varios mensajes de la compañía de seguros con preguntas concretas acerca del coche accidentado y peticiones de rellenar cuanto antes el papeleo. Procedí a apuntar todo eso en el bloc de notas.

Luego, encendí el portátil y usé la conexión telefónica situada junto a la cabecera de la cama para conectarme y revisar el correo. Tenía un par de mensajes de Emmanuel y unos pocos relativos a mi negocio. Los respondí enseguida.

Después abrí un par de archivos de AutoCAD relativos a proyectos en los que debería estar trabajando. Sentí una desidia enorme al verlos en la pantalla, lo cual casi me resultaba divertido. Hubo un tiempo en que me daba escalofríos sólo imaginar nuevas oficinas, una biblioteca, un hospital, un centro deportivo o un laboratorio. Ahora me era indiferente. Había malgastado la mayor parte de mis energías y de mis años en un campo que no me llenaba, así de simple. ¿Cómo había podido ocurrir eso? ¿Cuándo se quedó todo en nada? Probablemente, cuando Astrid me dejó. Quizá sufriera una depresión o tal vez fuera cierto lo de la crisis de la mediana edad, pero ¿acaso se veía venir este tipo de cosas?

Apagué el ordenador, bajé la tapa y me recliné sobre la cama. Las sábanas todavía olían a Angele Rouvatier, lo cual me agradaba. Miré a mi alrededor. La habitación era de las modernas: cómoda y sin encanto, la ventana daba a un aparcamiento, las paredes estaban pintadas de color gris perla y la fina alfombra tenía un tono beige apagado. Mélanie ya habría tomado la cena a esa hora, porque la servían ridículamente pronto, como en todos los hospitales. Por mi parte, podía elegir entre el McDonald's de las afueras o una pequeña casa de huéspedes situada en la avenida principal del pueblo, donde ya había cenado dos veces. Los camareros se movían a cámara lenta y el comedor estaba a rebosar de octogenarios desdentados, pero los platos eran de lo más saludable. Decidí saltarme la cena de esa noche, lo cual, por cierto, no iba a hacerme ningún mal.

Encendí la tele e intenté concentrarme en las noticias. Inquietud en Oriente Próximo: bombas, disturbios, muerte y violencia. Cambié de un canal a otro y todo me revolvía el estómago. Hice zapping hasta acabar parándome en medio de la película Cantando bajo la lluvia. Las piernas esculturales de Cyd Charisse y su firme y ceñido corsé esmeralda mientras giraba en torno a un torpe Gene Kelly con gafas me dejaban obnubilado, como siempre.

Me sobrevino una suerte de paz interior mientras permanecía tumbado, maravillado por esos muslos firmes y redondeados. Continué viendo el largometraje con la placidez de un chaval amodorrado, invadido por una dicha silenciosa que hacía mucho tiempo que no sentía, y me pregunté la razón de mi satisfacción de esa noche. Mi hermana estaba escayolada de la cintura hacia arriba y sólo Dios sabía cuándo sería capaz de volver a andar, seguía enamorado de mi ex mujer y aborrecía mi trabajo.

La presencia de Astrid había removido unos recuerdos amargos casi por sorpresa, habían salido de repente, como el payaso de una caja sorpresa, pero esa poderosa sensación de paz fluía por mi cuerpo con fuerza suficiente para llevarse por delante todos los pensamientos negativos, tranquilizar mis preocupaciones sobre Mélanie, eliminar la ira y la frustración nacidas por mis desvelos laborales. Yací allí tumbado y me rendí.

Qué hermosa era Charisse envuelta con ese velo blanco y los brazos extendidos en gesto de súplica, recortados contra el tono púrpura del decorado. Seguía teniendo unas piernas muy largas incluso cuando estaba descalza, parecían no tener fin. Me sentía capaz de permanecer allí tumbado para siempre, confortado por el olor a almizcle de Angele Rouvatier y los muslos de Cyd Charisse.

El móvil emitió un pitido indicador de la recepción de un mensaje. Lo cogí y aparté a regañadientes los ojos de Charisse para leerlo.

Dream a little dream of me [3].

No conocía el número de teléfono remitente del SMS. Sonreí. Sabía quién me lo había enviado. Sólo podía ser Angele Rouvatier. Probablemente había copiado mi número del expediente de Mélanie, al cual podía acceder fácilmente como parte integrante del personal del hospital.

El sentimiento de sosiego y satisfacción me envolvió como un gato ronroneante. Deseaba apurarlo al máximo, porque de algún modo, y aunque no supiera de dónde sacaba esa certidumbre, sabía que no iba a durar. Ese momento era como hallar abrigo en el ojo del huracán.

Daba igual cuánto me esforzase por eludirlo. No lograba evitar que mi mente regresara una y otra vez al aciago viaje en cuyo transcurso Astrid conoció a Serge. Eso había ocurrido hacía cuatro años, cuando los chicos aún no se habían adentrado en las turbulencias de la adolescencia. Habíamos contratado unas vacaciones en Turquía, en el Club Med Palmiye Hotel. La ocurrencia fue mía. Solíamos pasar la mayor parte del verano con los padres de Astrid, Bibi y Jean-Luc, en su casa de la Dordoña, cerca de Sarlat. Mi padre y Régine tenían una casa en el valle del Loira, un presbiterio que mi madrastra había transformado en uno de esos horrores modernos que hacen daño a la vista. Rara vez nos invitaban y nunca nos sentíamos bien recibidos.

Las vacaciones en compañía de Bibi y Jean-Luc habían empezado a pasar factura y la convivencia con mis suegros se me hacía cada vez más difícil, a pesar de la grandiosidad y belleza del Périgord Negro. La obsesión de Jean-Luc por la evacuación intestinal regular y la consistencia de las deposiciones, los menús frugales, el recuento de calorías y el ejercicio continuado acababan por ser irritantes.

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[3] «Sueña un poco conmigo», título de una famosa balada de Gus Kahn interpretada, entre otros, por Louis Armstrong, Ella Fitzgerald, Bing Crosby, Chicago y The Mamas & the Papas. (N, del T.)