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Era una de las mujeres más bellas que había visto en la vida. Enteramente ataviado de viuda, con un vestido negro muy ceñido, tacones de casi ocho centímetros, y un sombrerito redondo con un fino velo negro, se había convertido en la encarnación de la feminidad absoluta, una idea de lo femenino que superaba todo lo existente en el ámbito real de las mujeres. La peluca castaño rojiza parecía pelo de verdad; sus pechos daban la impresión de ser auténticos; se había aplicado el maquillaje con habilidad y precisión; y al contemplar las largas y preciosas piernas de Tina, era imposible creer que eran de un hombre.

Pero el efecto que creaba iba más allá de los adornos superficiales, más allá de la ropa, la peluca o el maquillaje. También estaba allí la luz interior de lo femenino, y el porte digno y afligido de Tina era la imagen perfecta del dolor de una viuda, la representación de una actriz de enorme talento. No dijo nada en toda la ceremonia, permaneciendo entre nosotros en completo silencio mientras la gente pronunciaba breves discursos sobre Harry antes de que Tom abriera la urna y dispersara las cenizas por el suelo. Parecía que habíamos concluido nuestra tarea, pero antes de que diéramos media vuelta para marcharnos, un niño negro y regordete de unos doce años surgió de la linde del bosquecillo y se acercó al grupo. Llevaba un reproductor portátil de discos compactos en los brazos extendidos, y venía ofreciéndolo como si fuera una corona sobre un cojín de terciopelo. El niño, al que más tarde identificaron como primo de Rufus, colocó el aparato a los pies de Tina y pulsó una tecla. De pronto, Tina abrió la boca, y cuando los primeros compases de la música orquestal acabaron de sonar por los altavoces, empezó a formar con los labios la letra de una canción. Al cabo de unos momentos, reconocí la voz de Lena Horne, que cantaba «No puedo dejar de amar a ese hombre», la vieja melodía de Música en el río [11]. En eso consistía el número de Tina Hott los sábados por la noche en el cabaré: no cantaba, sino que fingía cantar, moviendo los labios al son de clásicos del jazz o de la revista musical interpretados por vocalistas legendarias. Era magnífico y absurdo. Divertido y desgarrador. Cómico y conmovedor. Era todo lo que era y todo lo que no era. Y allí estaba Tina, gesticulando con los brazos mientras fingía cantar a grito pelado la letra de la canción. Su rostro desbordaba ternura y amor. Tenía los ojos llenos de lágrimas, y todos permanecimos inmóviles, petrificados, sin saber si llorar o reír. En lo que a mí me toca, fue uno de los momentos más extraños y trascendentes de mi vida.

Así como nada el pez, y el ave vuela, he de amar a ese hombre hasta que muera…

Aquella noche, Rufus cogió un avión y se fue a Jamaica. Que yo sepa, no ha vuelto desde entonces.

MAS ACONTECIMIENTOS

Tom estaba confuso. Habían pasado tantas cosas en tan breve espacio de tiempo, que no se sentía preparado para enfrentarse a la multitud de posibilidades que se abría ante él. ¿Le apetecía encargarse del negocio de Harry y pasar el resto de su vida comerciando con libros raros y de segunda mano en una librería de Park Slope? ¿O bien, tal como había propuesto el día en que murió Harry, era mejor venderlo todo y repartir con Rufus el producto de la venta? El hecho de que el jamaicano no quisiera el dinero carecía de importancia. El edificio era una propiedad valiosa, y si persistía en rechazar su parte, Tom se encargaría de que su abuela lo aceptara por él. La venta reportaría una enorme suma de dinero, no inferior a varios cientos de miles de dólares para cada uno, y con su parte Tom estaría en condiciones de partir de cero, de tomar la dirección que más le apeteciera. Pero ¿qué era lo que quería? Ésa era la cuestión fundamental, y de momento, la única sin respuesta. ¿Seguía interesado en llevar adelante la idea del Hotel Existencia? ¿O prefería volver a los planes que tenía al salir de Michigan y buscar un puesto de profesor de inglés en algún instituto? Y en ese caso, ¿dónde? ¿Le apetecía quedarse en Nueva York, o estaba dispuesto a hacer el equipaje y trasladarse al campo? Discutimos esas cuestiones un centenar de veces en los días siguientes, pero aparte de dejar su diminuta habitación e instalarse momentáneamente en el apartamento de Harry en el segundo piso de la librería, Tom siguió farfullando, rumiando amargamente las cosas, dando vueltas al asunto.

Afortunadamente, no tenía mucha prisa por tomar una decisión. El testamento de Harry estaba a punto de iniciar su laborioso itinerario de trámites, y pasarían meses antes de que las escrituras del edificio pasaran a manos de los beneficiarios. En cuanto a los demás activos de Harry -su exigua cuenta bancaria, algunos valores mobiliarios-, también se encontraban inmovilizados. Tom estaba sentado en una montaña de oro, pero hasta que los abogados de Flynn, Bernstein amp; Vallara zanjaran los asuntos relacionados con el legado de Harry, la verdad es que se encontraría en peor situación que antes. Privado de su paga semanal, a menos que mantuviera el Brightman's Attic funcionando a toda máquina, apenas tendría ingreso alguno. Me ofrecí a prestarle dinero, pero se negó a considerarlo. Tampoco se mostró tremendamente impresionado por mi sugerencia de que cerrara la librería durante el verano y se tomara unas largas vacaciones con Lucy y conmigo. Tenía que mantener viva la librería, objetó, se lo debía a Harry. Era una deuda moral, y su sentido del honor lo obligaba a aguantar mecha hasta el final. Muy bien, le dije, pero ¿cómo vas a llevar el negocio tú solo? Rufus se ha marchado, lo que significa que no tienes dependiente. Y no puedes permitirte contratar a nadie, ¿verdad? ¿De dónde vas a sacar dinero para pagarle?

Por primera vez en todos los años que lo conocía, Tom perdió los estribos.

– A tomar por culo, Nathan -exclamó-. ¿A quién coño le importa eso? Ya se me ocurrirá algo. Ocúpate de tus asuntos, ¿vale?

Pero los asuntos de Tom también eran mis asuntos, y me apenaba verlo en una situación tan apurada. Entonces fue cuando me puse al servicio de la causa común: por el salario nominal de un dólar al mes. Sustituiría a Rufus, propuse, y durante el tiempo que fuera necesario suspendería mi jubilación para llevar a cabo la onerosa tarea de dependiente en la planta baja del Brightman's Attic. Y si Tom así lo deseaba, no tendría inconveniente en llamarle jefe.

Y así fue como empezó una nueva etapa de nuestra.vida. Matriculé a Lucy en un cursillo veraniego de bellas artes en el colegio Berkeley Carroll de Lincoln Place, que estaba a siete manzanas y media de casa, y todas las mañanas, después de acompañarla andando hasta allí, volvía dando un paseo por la avenida y me incorporaba a mi puesto tras el mostrador de la librería. Mi trabajo en El libro del desvarío humano se resintió del cambio de rutina, pero intenté en lo posible no perder la práctica, garabateando algo a última hora de la noche, cuando Lucy se iba a la cama, aprovechando quince minutos aquí y veinte minutos allá cuando no había mucho movimiento en el local. Muy a mi pesar, los almuerzos cotidianos con Tom se interrumpieron. Sencillamente ya no había tiempo para sentarnos tranquilamente a comer, de manera que, como tantos otros, nos llevábamos al trabajo el almuerzo guardado en bolsas de papel marrón, y en cuestión de minutos nos metíamos entre pecho y espalda los sándwiches y el café frío en algún rincón mal ventilado del Attic. A las cuatro, Tom me relevaba de mis funciones detrás del mostrador para que fuese a recoger a la niña al colegio. Llevaba a Lucy conmigo a la librería y allí se entretenía hasta las seis de la tarde, hora de cerrar, leyendo algunos de los cuatro mil doscientos volúmenes que llenaban las estanterías de la planta baja.

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[11] Show Boat (1927), musical -objeto de posteriores versiones cinematográficas- producido por Florenz Ziegfeld, a quien se deben los espectáculos de extravagantes decorados que vinieron en llamarse The Ziegfeld Follies. (N del T.)