– ¿La amiga de tu amigo Terry es realmente un tío? -preguntó Sara.
– Creo que sí -respondí-. Sobre todo conociendo a Crabtree.
– ¿Y él qué te ha comentado?
– Que quiere echarle un vistazo a mi libro.
– ¿Se lo vas a enseñar?
– No lo sé -dije. La mano ya se me había dormido por completo, y empezaba a sentir un hormigueo en el hombro izquierdo-. No sé lo que voy a hacer.
– Yo tampoco -aseguró Sara. De uno de sus ojos brotó una lágrima, que se deslizó por el caballete de su nariz. Se mordisqueó el labio y cerró los ojos. Estaba tan cerca de ella, que podía examinar el trazado de las venas de sus párpados.
– Sara, cariño -dije-, me estás aplastando. -Sacudí suavemente el brazo, tratando de liberarlo-. Estás echada encima de mi brazo.
No se movió; se limitó a abrir los ojos, ya secos, y me miró con severidad.
– Pues me parece que vas a tener que aguantarte -dijo.
Durante bastantes años fui aficionado a darle a la botella; cuando lo dejé, se me hizo evidente la triste realidad de las fiestas: un hombre sobrio en una fiesta se siente solitario como un periodista, implacable como un juez, amargado como un ángel que contemplara la tierra desde el cielo. Hay algo absolutamente desquiciado en asistir a una concurrida reunión de hombres y mujeres sin la ayuda de algún tipo de filtro o polvitos mágicos para difuminar la conciencia y obnubilar las facultades críticas. Con todo, no pretendo hacer un panegírico de la sobriedad. De todos los estados de conciencia asequibles al consumidor moderno, me parece el más sobrevalorado. Personalmente, no dejé de beber porque la bebida fuera un problema para mí, aunque supongo que habría podido llegar a serlo, sino porque el alcohol, por algún misterioso motivo, se había convertido en un veneno tal para mi organismo que una noche media botella de George Dickel hizo que se me parase el corazón durante casi veinte segundos (resultó que era alérgico a ese brebaje). Pero cuando, después de cinco discretos minutos, seguí los pasos de Sara y la reluciente perla de proteínas alojada en los más íntimos pliegues de su vientre para unirme a la fiesta inaugural del fin de semana, la perspectiva de moverme por la sala sobrio me pareció fuera de mi alcance, y por primera vez en varios meses estuve tentado de servirme un trago. Volvieron a presentarme a un individuo tímido y con pinta de duendecillo, cuya prosa figura entre las más admiradas del país, de cuya compañía ya había disfrutado en otras ocasiones. Pero aquella tarde me pareció un viejo bocazas, engreído y lúbrico, que flirteaba con jovencitas para conjurar su miedo a la muerte. Me encontré con una escritora cuyos relatos habían hecho palpitar mi corazón una y otra vez durante los últimos quince años, pero sólo me fijé en el ajado cuello y la mirada vacía de una mujer que había malgastado su vida. Saludé a estudiantes talentosos, jóvenes profesores rebosantes de ambiciones, colegas del departamento a los que tenía buenas razones para admirar y apreciar, y escuché sus risas falsas, sentí su oculta insatisfacción a causa de su aspecto físico, su status académico y su ropa, y olí el hedor a cerveza y whisky de su aliento. Eludí a Crabtree, para quien tenía la sensación de haberme convertido en un descomunal saldo negativo en el balance de su vida. Y en cuanto a la señorita Sloviak, aquel tío que se paseaba con un vestido y tacones de aguja… Era tan patético, que me daban repeluznos sólo de pensarlo. No me sentía en condiciones de conversar con nadie, así que me escabullí por la cocina y salí al porche trasero para fumarme un canuto.
Aunque ya no llovía, el aire todavía estaba muy cargado de humedad y por todo Point Breeze se seguía oyendo el repiqueteo de los canalones de desagüe. Alrededor de la iluminada casa de los Gaskell se extendía una luz brumosa. Veía los cristales del invernadero centelleando a lo lejos como si fuesen trozos de hierro mojado. Sara llevaba años obsesionada por lograr que sus forsitias brotasen temprano y podar sus crisantemos de invernadero para guiar su crecimiento, pero pensé que a las plantas podían complicárseles las cosas si ella decidía tener el niño y cuidar de él. Lo cual, desde luego, no parecía muy probable, ya que los rectores universitarios se cuentan entre las últimas personas de los Estados Unidos que deben cimentar sus carreras sobre materiales tan pasados de moda como la probidad, la discreción y la buena reputación. Gracias a un riguroso programa consistente en confiar en mi buena suerte y administrarme generosas dosis de THC, [7] hasta entonces me las había arreglado para no dejar preñada a ninguna mujer. Pero sabía que Sara y Walter llevaban años sin tener relaciones sexuales, así que el niño tenía que ser mío. De pronto me sentí perplejo y algo asustado al verme perdido, después de tanto tiempo, en las marfileñas colinas de abortilandia. Una operación tremendamente simple, decía la propaganda. Se limitan a insuflar un poco de aire. Sentía lástima por Sara y cierto remordimiento respecto a Walter, pero, por encima de todo, me embargaba una intensa decepción personal. Me había pasado toda la vida soñando con despertarme una mañana cualquiera en la ciudad destinada a ser mi hogar, en los brazos de la mujer a la que estaba destinado a amar, rodeado de amistosos vecinos y construyendo el cambiante pero esencialmente invariable paisaje de mi destino. Pero, por contra, a mis cuarenta y un años había dejado atrás docenas de casas, gastado montones de dinero en caprichos momentáneos y cosas que se habían esfumado, me había enamorado perdidamente de al menos diecisiete mujeres para después perder de repente todo interés por ellas, mi madre habla muerto siendo yo un niño y mi padre se había suicidado, y ahora, una vez más todo iba a cambiar con imprevisibles resultados. Y, sin embargo, nunca había logrado acostumbrarme a la vertiginosa transitoriedad de las cosas. La única parte de mi mundo que seguía adelante, inalterable y sólida, era Chicos prodigiosos. Empezó a rondarme por la cabeza, y no era la primera vez que me sucedía, la deprimente idea de que mi novela podía convertirse en una obra póstuma inacabada. Metí la mano en el bolsillo de mi camisa y cogí lo poco que quedaba del porro que Crabtree y yo nos fumamos en el coche mientras esperábamos que apareciese Emily.
Acababa de encender la aplastada colilla y estaba contemplando uno de los crípticos alineamientos de palos de Doctor Dee, cuando oí los chirridos producidos por un par de suelas de goma al caminar sobre la hierba húmeda. Levanté la vista y vi una silueta que salía de las sombras del porche a la luz y cruzaba el jardín en dirección al invernadero. Era un hombre, alto, vestido con un abrigo largo, con las manos en los bolsillos. Rodeó el invernadero y siguió caminando hasta llegar a los dos raíles que, brillando apenas en la oscuridad, atravesaban el jardín de los Gaskell de este a oeste y que en otros tiempos habían servido para transportar al entonces todavía niño y posterior magnate de la saga Heinz por toda la extensión de sus dominios en miniatura. Al ver a aquel hombre en el jardín me sobresalté, y por un instante sentí incluso miedo -a Sara y Walter les habían robado hacía un par de meses-, pero enseguida reconocí aquel abrigo largo, aquellas espaldas cargadas y aquel pelo echado hacia atrás, negro y brillante como los cristales del invernadero. Era mi alumno James Leer, que ahora estaba quieto entre ambos raíles, con la cara alzada hacia el cielo, como si estuviese aguardando el paso de una veloz locomotora fantasma que lo arrollase.
Me sorprendió su presencia allí. Por regla general, los estudiantes a los que se invitaba a la fiesta inaugural en casa de la rectora eran los que colaboraban en el festival, como mecanógrafos o telefonistas, grapando programas o ejerciendo de improvisados chóferes, y ése no era el caso de James. Claro que tratándose de un prometedor joven aspirante a escritor, uno siempre puede aplicar las normas con cierta laxitud para darle la oportunidad de codearse con auténticos escritores en su hábitat natural, y, sin duda, James Leer era muy prometedor, pero no era la clase de muchacho que indujese a nadie a aplicar las normas con laxitud para hacerle un favor. Traté de recordar si lo había invitado yo mientras él seguía inmóvil, mirando el cielo sin rastro de estrellas. De pronto sacó la mano derecha del bolsillo y distinguí en ella un brillo plateado, de cristal o metal, como el destello de un espejo.