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– La próxima vez.

Crabtree asintió, tosió tapándose la boca con el puño cerrado y cruzó el aparcamiento hacia el Arning Hall, dejándome allí con la tuba, que parecía tan empeñada en seguirme a todas partes que empecé a mirarla con cierta inquietud. Contemplé a Crabtree mientras subía por los escalones de granito del Arning Hall. Llevaba la chaqueta de satén cogida de los hombros y la sacudió suavemente, como quien sacude un mantel para que caigan las migas. Después desapareció en el interior del edificio.

Voluntariamente, o por despiste, había dejado las llaves del coche puestas, y encendí la radio. Estaba sintonizada en la emisora WQED. Un reportero de la sección cultural local por el que no sentía especial admiración entrevistaba al viejo Q. sobre su vida, obra y demonios personales. Reflexioné unos instantes sobre el eufemismo periodístico consistente en hablar de los demonios personales de un escritor en lugar de decir, simplemente, que estaba como una chota.

ENTREVISTADOR: Entonces, ¿diría usted, quizá, que era una especie de, y ya sé que es un término muy manido pero permítame utilizarlo, una especie de catarsis el revelar o descubrir, si prefiere esta expresión, en su relato La verdadera historia, utilizando la palabra «descubrir», por supuesto, en su sentido original de «retirar lo que cubre algo», los abismos en los que un hombre, un hombre quizá en muchos aspectos muy parecido a usted, aunque, como es natural, no usted mismo, se hunde en su desesperada e incluso me atrevería a decir extrañamente heroica búsqueda de lo que él denomina «la verdadera historia»? Me refiero, en concreto, a la escena de la lavandería, en la que el protagonista roba del bolso de la anciana el medicamento antihistamínico.

Q: Sí, exacto. (Una risa embarazada.) Algunas de esas píldoras producen un efecto contundente.

Pasé a AM y moví el dial hasta que di con una polca. Bajé y subí la ventanilla varias veces, retoqué el retrovisor, ajusté el asiento, abrí y cerré la guantera. Hannah la mantenía muy limpia y ordenada, y seguían allí los mapas de carreteras que la habían conducido de Provo a Pittsburgh dos años atrás. Había también una linterna, un pequeño paquete de tampones y una cajita de hojalata de puritos Wintermans que me resultó vagamente familiar.

La abrí y descubrí que contenía nada menos que varios cigarrillos de marihuana impecablemente liados. No me sorprendió en absoluto esa maestría, ya que fui yo quien los lió y le regalé la cajita a Hannah en octubre, por su cumpleaños. Le regalé una docena, y seguía habiendo doce. Me pasé uno por debajo de la nariz e inhalé el aroma como de corcho, mezcla de marihuana y cigarro puro desmenuzado. Recordé que la hierba que había utilizado era de gran calidad, la mejor mierda afgana que jamás había llegado al valle del río Ohio. Apreté el encendedor del coche, me acomodé en el asiento y esperé. Por el retrovisor vislumbré la tuba, que me había estado acechando durante todo el fin de semana, y me estremecí. Me vino a la memoria uno de los últimos relatos que escribió August Van Zorn antes de abandonar su magistral cultivo de aquel género literario menor que era su especialidad en favor del humor suburbano y los chistes inacabables y sin gracia. Era un relato titulado Guantes negros. Trataba de un hombre, un poeta fracasado, que había cometido algún crimen no especificado, pero sin duda horrible, y que continuamente se encontraba -en un bar, en el andén mientras esperaba el tren, en alguna habitación de cada casa que visitaba, en su estudio sobre un busto de Hesiodo o incluso entre las sábanas de su cama- un par de guantes negros de mujer. Los tiraba a la basura, los echaba al río, los quemaba, los enterraba, pero irremediablemente reaparecían. Una noche se despertó y aquellas negras manos huecas lo estaban estrangulando.

El encendedor saltó, y pegué un bote. Las páginas de Chicos prodigiosos cayeron al suelo y quedaron amontonadas alrededor de mis tobillos. Di una calada al potente canuto y me llené los pulmones del apestoso humo verde. Lo exhalé. En el breve intervalo entre la inspiración y la exhalación me sentí a disgusto conmigo. Apagué el canuto, lo volví a guardar en la cajita de hojalata, la tapé y la metí en la guantera. Tratando de evitar cualquier movimiento brusco que pudiese alarmar a la tuba, bajé del coche, me monté en mi burro y salí trotando por el tortuoso camino tras los pasos de Terry Crabtree.

La suerte que le esperaba a James Leer no se debatía en la benedictina penumbra del despacho de Walter Gaskell en la tercera planta del Arning Hall, sino en aquella especie de frío y aséptico terrario que era el edificio administrativo -una construcción ultramoderna obra de un discípulo de un discípulo del hijo de Frank Lloyd Wright-, en la desoladora brillantez formal del despacho de la rectora, con su moqueta negra y su mobiliario de acero. Alcancé a Crabtree a medio camino entre el Arning Hall y el edificio administrativo, y juntos nos dirigimos al encuentro con los Gaskell. La puerta de la sala de espera era un simple panel de cristal grueso, así que cuando salimos del ascensor vimos a James Leer hundido en un sofá bajo, con las rodillas separadas, los tobillos juntos, las manos en el regazo y pinta de estar aburriéndose soberanamente. Al vernos aparecer con la chaqueta de Marilyn se reincorporó y nos saludó con la mano, con cierta indecisión, como si no tuviese muy claro si nuestra llegada anunciaba buenas o malas noticias. Yo mismo tampoco estaba muy seguro al respecto. Había bastado una calada de aquel canuto de legendaria marihuana para que lo viese todo ligeramente borroso. Me arrepentí de haberla dado. Tarde o temprano siempre acababa arrepintiéndome de haber fumado.

– ¡Vaya, mira a quién tenemos aquí! -dijo Crabtree-. Es Santa María de las Flores [45] en persona.

– Estoy jodido -anunció James, no muy apesadumbrado, mientras entrábamos.

– ¿Te van a expulsar? -pregunté.

James asintió y dijo:

– Sí, creo que sí. No estoy completamente seguro. Llevan ahí dentro un buen rato. -Bajó la voz y añadió-: De hecho, me parece que se están peleando o algo por el estilo.

– ¡Dios mío! -dijo Crabtree, que volvió a flexionar el cuello para desagarrotarlo antes del combate.

Escuchamos con atención: se oía una voz masculina, un murmullo ininteligible que argumentaba algo. No oí a Sara.

– Ahora no se pelean -dije.

– Vamos allá -propuso Crabtree, y se acercó a la puerta para llamar.

– Han dejado de pelearse cuando han llegado Fred y Amanda -explicó James.

La mano de Crabtree se quedó congelada en mitad del gesto de golpear con los nudillos en la puerta.

– ¿También están ahí dentro?

– Sí -respondió James-. Ya os lo he dicho, estoy jodido.

– Ya veremos.

– Han traído al perro.

– Entonces sí que estamos jodidos -le dije a Crabtree.

– Quizá tú lo estés.

– ¿Parezco colocado? -El corazón me empezó a latir con fuerza. La clásica obsesión de todo adicto a la marihuana es parecer totalmente sobrio (y, si es posible, manejar alguna maquinaria complicada) mientras una chillona nebulosa estalla en su cerebro. Fracasar (ser descubierto) conlleva una misteriosa carga de ansiedad y vergüenza-. ¿Cómo tengo los ojos?

– Parece que te acaban de gasear -respondió sin contemplaciones Crabtree. A causa de aquel súbito ataque de paranoia, me entraron serias dudas sobre si realmente estaba contento de tenerme a su lado-. Limítate a quedarte detrás de mí, ¿de acuerdo? Deja que hable yo.

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[45] Alusión a la novela de Jean Genet. (N. del T.)