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La mujer sonrió.

– ¿Estás bien?

Tannis asintió.

– Intercambiemos los pesos.

– Estoy bien.

– Lo sé. Pero debe dolerte el hombro y a mí me da la impresión de que se me va a caer el brazo.

Tannis estaba atónito. Le asombraba que ellos dos, justo allí, no se hubieran desvanecido en un chorro de humo. Entonces, al captar el movimiento en sus ojos, se dio la vuelta y vio al hombro de pie junto a la camioneta. Se irguieron de inmediato y cuando reemprendieron la marcha a paso vivo notó los ojos del hombre quemándole la espalda. Delante de ellos, el barranco se estrechaba hasta convertirse en una pista compacta de arena y rocas, con un lado profundamente cortado en su base que estaba bordeado de ralos tamarugos. Durante un cuarto de hora más avanzaron penosamente hasta que por fin llegaron a un cañón. Que no tenía nada que lo distinguiera de otro centenar: la caja de un cañón arrancado a aquel grupo de montañas, con paredes alzándose unos sesenta metros impresionantes, pero no espectaculares. Sin embargo, tan pronto como estuvieron en él, Tannis tuvo una sensación de espacio, envolviéndole, convirtiéndose en suyo. Y entonces lo vio, exactamente lo que había deseado, y se detuvo en seco, su corazón se detuvo en seco y gritó a la chica: «¡Espere!», una orden pronunciada con tanta convicción que ella la obedeció de inmediato. Sin embargo, lo que había visto no era tampoco nada fuera de lo corriente. La pared del fondo del cañón, en el punto donde empezaba a formar el ángulo de la caja, se había desmoronado, derramando una gran rampa de rocas sobre el suelo del cañón y formando una estructura que los geólogos llaman talud. Lo único que aquél tenía de peculiar era la calidad de la roca misma, porque las piedras eran de un color gris oscuro uniforme, el color de la roca volcánica llamada andesita. ¿Lo sabía Tannis? ¿Lo había visto antes? ¿Se lo había mostrado su padre? Era posible, aunque no importaba. El hecho era que Tannis se abalanzó en aquella dirección de inmediato, saliendo a trompicones del barranco y arrastrando la gran cámara peligrosamente tras de sí. La chica lo siguió, y desde la parte superior del terraplén, a través de un hueco en el tamarugo, vio al hombre caminando pesadamente por el desierto. Corrió en pos de Jack y un momento después ambos estaban junto a la primera de las grandes y oscuras piedras. Tannis se oyó decir:

– ¿A qué distancia tiene que estar?

– ¿De aquí, quieres decir? ¿De esas rocas?

– Ya lo verá.

– ¿Qué?

– Póngala ahí, por encima de las rocas. Prepárela.

Mientras ella se afanaba con la cámara y el trípode, Jack buscó en derredor y empezó a coger pequeñas piedras hasta que tuvo la mano llena. Lo hizo casi con lentitud, con confianza, como si tuviera todo el tiempo del mundo, como si aquél fuera el único sitio del mundo donde quisiera estar. Luego se irguió de nuevo y contempló a la mujer, con suficiencia casi. Porque ahora ya sabía. No iba a perder. No iba a morir. Viviría para siempre. Transmitió algo de su convicción a la mujer, porque ella trabajó con rapidez, sin preguntas, y cuando hubo terminado asintió con la cabeza en una pequeña y silenciosa señal. Tannis miró hacia las rocas. Eran tan oscuras que retenían el calor del día y el rocío de la noche del desierto se condensaba sobre ellas formando pequeños estanques en las grietas. Entonces extendió el brazo y los guijarros volaron, como el que mató a Goliat, y cuando aterrizaron, las rocas explotaron en una enorme y bulliciosa nube blanca. Mil, diez mil mariposas de alas de perlado mármol, que se quedaron suspendidas en el aire, relucientes, como una tormenta de nieve en el desierto. Y aunque no percibió el click del obturador, oyó a la chica aspirando el aire asombrada. «Jack…»

Su rostro resplandecía, más hermoso que cualquier otra cosa que él hubiera visto hasta entonces. «Dios mío.»

Aún seguían aleteando en el aire.

– Jack…

– Ya se lo había dicho. Ya se lo había dicho. -Se sentía débil y sin aliento. Todo su cuerpo temblaba.

– Sí… Pero ¿se posarán de nuevo?, ¿volverán? ¿Podrías volver a hacerlo? Debería cambiar la velocidad. Dios mío, son muy hermosas.

– Claro, claro. Espere un momento.

No podía mirarla, así que se dio la vuelta y miró hacia atrás, hacia el desierto, contempló al hombre que se acercaba hasta que le distinguió el rostro. Pero no le importaba. Esperó. Quería que él lo viera. Lentamente fue recogiendo otro puñado de piedras, y cuando el hombre estaba a punto de llegar, echó el brazo hacia atrás… pero justo antes de lanzarlas, miró a la chica y susurró:

– ¿Está enamorada de él?

Su voz tenía un tono tan bajo, habló tan para sus adentros, que probablemente ella no lo oyó. Era una cosa más que nunca sabría. Sin embargo, durante un instante fugaz, ella alzó la vista y lo miró y podría haber estado a punto de hablar, pero él no le dio tiempo de romper su corazón o de robárselo. Su brazo salió impulsado hacia delante, las piedras brillaron en el aire y el milagro se produjo de nuevo.

– Por eso. ¿Lo comprendes?

– Tranquilízate ahora.

¿Por qué no huía? ¿No comprendía lo que había ocurrido luego? Era casi como si imaginara que no tenía que comprenderlo, que aquél era el final y que no importaba. Ahora. Este momento y el siguiente. Pero eso era ahora. Ahí estaba. Aunque, al fin, ¿qué venía después? Oh, podía hacerlo. Lo había conseguido. Tenía derecho a matarlo. ¿Pero qué venía después? Ése era el problema; siempre sería el problema. Y lo que era peor, al mirar a Harper ahora en aquella espantosa penumbra comprendió que Harper lo sabía.

– ¿Lo comprendes?

– Sí, lo comprendo, lo de las mariposas…

Las mariposas. ¿Le había contado eso?

– Tú querías saber por qué lo había hecho. Bueno, porque podía. Puedo hacerlo todo. Cualquier cosa.

– Pero tómatelo con calma.

No obstante, ahora, al final, su mente siguió trabajando. Trataba de pasar el tiempo. Pensó en todo lo que alcanzaba a recordar. Pensó en el tiempo en que había tenido un sueño de tres yucas arbóreas señalando desde una colina, un sueño tan vivido que cuando despertó estaba seguro de que debía ser real y se había pasado días enteros conduciendo por el desierto intentando encontrarlas. Pensó en eso y luego no pensó más en eso. Pensó en otras cosas. Trató de recordarlo todo a un tiempo. ¿Por qué no se podía recordar todo a un tiempo? Recordó… El sendero de la memoria. Silbando Dixie [55] por el sendero de la memoria… Se perdió en un largo ensueño, del que despertó para preguntar:

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[55] Dixie o Dixieland se utiliza para designar a los estados del Sur, y también para describir el estilo de jazz que originalmente tocaban las bandas callejeras en Nueva Orleans alrededor de 1910. (N. de la T.)