Empezó a repasar sus propias teorías. Punto uno: Buhler y Harper estaban relacionados, ése era el aspecto fundamental. Nickel y Benson podían jugar con las palabras, pero no podía existir otra explicación para lo que había ocurrido el viernes por la noche. Él, Buhler y el misterioso interlocutor tenían una cosa en común, y esa cosa era David Harper. Punto dos: por extrañas que parecieran las acciones de Buhler, planeaba algo; incluso Benson había tenido que admitirlo. A la primera oportunidad, aquel vulgar maquinista germano oriental había ido derecho a China Lake, que no era precisamente un popular destino turístico; debía de tener algún plan en la cabeza. Y punto tres: puesto que Buhler no hablaba inglés, su propósito, fuera cual fuese, tenía que involucrar a una persona que hablara alemán; literalmente, no podría haberse comunicado con nadie más. Finalmente, era esa persona que hablaba alemán la que lo había asesinado, bien a causa de algo impredecible que había ocurrido aquella noche en la carretera de Trona, o como parte de un plan deliberado, probablemente para involucrar al propio Tannis. Aquellas suposiciones parecían irrecusables, y en conjunto establecían tres requisitos que debía cumplir el asesino de Buhler: tenía que estar relacionado con el caso Harper, hablar un alemán decente y seguir viviendo en el Panamint.
Tomando estos datos como base, Tannis empezó a compilar una lista de nombres. Naturalmente, el primero era el suyo. No lo hacía del todo a la ligera. Había un leve componente de duda en su última suposición, es decir, que el hombre a quien Buhler había ido a ver también lo había matado. Así que, consideró Tannis, era teóricamente posible que Buhler hubiera realizado su extraordinario viaje para verlo a él. ¿Pero por qué no lo había hecho? Llevaba en Lone Pine una semana, según el FBI, y todo lo que tenía que hacer era buscar el nombre de Tannis en el listín telefónico. Aun dejando aquella cuestión de lado, existía otro problema. Si Buhler había querido ir a verlo, eso significaba que a Buhler lo habían matado seguramente para evitar el encuentro. Pero entonces, ¿por qué el hombre que lo había llamado el viernes por la noche, evidentemente el asesino, le había alertado sobre la presencia de Buhler? Había respuestas para estas preguntas, pero eran todas muy hipotéticas. Al mismo tiempo, Tannis tenía que admitir que cumplía todos los demás requisitos. Su alemán era excelente. Lo había aprendido en un principio en México de un viejo buscador alemán, un amigo de su padre, y más adelante lo había estudiado en CalTech. Por supuesto, sus conocimientos del idioma era una de las razones por las que la inteligencia naval lo había reclutado. Finalmente, cuatro años en Alemania, una gran parte dedicada a interrogar a alemanes, le habían dado una auténtica fluidez, de modo que incluso ahora podía cambiar su mente y oír sus pensamientos auf Deutsch gesprochen [17]. Por consiguiente, podría haber hablado con Buhler y desde luego había estado relacionado con el caso Harper y nunca había abandonado el Panamint. Sin embargo, era demasiado improbable, pensó. Repasó sus recuerdos, sus archivos, incluso las viejas fotografías, pero continuó prácticamente convencido de que él y Buhler no se habían conocido nunca. No podía afirmar categóricamente que no se hubieran encontrado nunca (se había encontrado con un montón de alemanes), pero resultaba difícil creer que un sólo encuentro que él no recordaba pudiera haber sido tan importante para Buhler, como para haber ido a buscarlo cuarenta años más tarde.
Tras haberse eliminado a sí mismo, continuó con el siguiente nombre, y era el de Harper. También improbable. Pero no imposible. ¿Se hallaba en el Panamint? El tercer requisito parecía descartarlo. Porque el FBI ya habría comprobado si estaba allí. Estaba dispuesto a jurar que la cinta que había escuchado con la voz de Harper había sido grabada en las últimas veinticuatro horas. No cabía duda de que no era una vieja grabación extraída de la antigua investigación sobre Harper, y nadie hubiera intervenido su teléfono a esas alturas. De modo que el británico debía de haber hecho un trabajo especial, rápido y sucio. Pero si Harper no encajaba en ese punto, sí lo hacía en los otros. Él era el caso Harper. Y hablaba un buen alemán. Ésa había sido incluso una parte de los motivos por los que se había sospechado de él. Tannis dejó volar su imaginación hacia los días pasados y las sesiones de interrogatorios, el espejo por un lado que era cristal por el otro, las emborronadas transcripciones, las cintas que parecían grabadas en el fondo de un pozo y después las interminables sesiones de información. Fue el checo. El aviador checo le había enseñado a Harper un poco de alemán cuando éste era un muchacho, sobre la base de que debemos odiar a los nazis pero no al pueblo alemán. Harper lo había aprendido de buena gana: «Había una especie de inquietud subversiva en ello…» Tannis recordaba a Harper pronunciando aquella frase y esbozando una mueca de disgusto; no era el tipo de debilidad que se debía confesar cuando a uno le interrogaban sobre espionaje. Y luego, la última carta del checo hablando sobre el dinero estaba escrita en alemán.«Ich werde es nie verwenden. Vielleicht wird es für Davids Ausbildung behilflich sein.» [18] ¿Pero qué podía significar eso? Imaginar un nexo entre Harper y Buhler era aceptar que Harper había sido culpable y Tannis estaba absolutamente seguro de lo contrario. Era una de las pocas cosas de las que podía estar seguro. ¿Y por qué habría vuelto si no? ¿Venganza? ¿Nostalgia? ¿Un intento por reconciliarse con el pasado? Ninguna de estas respuestas servía, aunque sólo fuera porque Harper odiaba aquel lugar, odiaba el desierto, siempre lo había odiado (aunque a su mujer le encantaba), y por lo tanto Tannis no conseguía imaginárselo allí ahora, en un motel, con un coche aparcado fuera, escuchando cómo soplaba el viento. Se había sentido incómodo, tenso, desplazado, inhibido. No. Sencillamente no era Harper.
De aquel modo quedaba despejado el terreno, eliminando, en su propia mente, la posibilidad de una solución «engañosa». Ahora se puso a trabajar en serio. Dejó que sus pensamientos vagaran libremente, volviendo hacia atrás más de veinte años, viendo con los ojos de la mente antiguos expedientes, viejos rostros, recordando voces medio olvidadas. Empezó a anotar nombres al azar en un bloc. Y aunque recordara un nombre con mayor frecuencia, aunque un candidato le pareciera más probable que los demás, siguió siendo profesional, metódico. Repasó cada departamento de la base, el Mike Lab en especial (el Laboratorio Michelson), donde Harper había trabajado, y luego trazó un somero gráfico de la organización del Programa Sidewinder y lo rellenó cuidadosamente: Código 352, el ingeniero del proyecto; 3525, controles de producción y calidad; 3527, aerodinámica, propulsión, lanzamiento; 3529, estudios sobre sistemas de guiado, espoletas, cabezas de guerra. Harper habría conocido a personas de la mayor parte de aquellas áreas. Mediada la tarde, cuando Tannis se tomó un descanso (una botella de Corona, media papaya y lima), tenía un buen puñado de hojas apiladas sobre su escritorio. Casi sin excepción se trataba de científicos o técnicos. Su edad, en aquel momento, debía de oscilar entre la muerte y la cuarentena, pero la mayoría debían de estar jubilados y viviendo en cualquier lugar desde Florida a Costa Rica. Stern, por ejemplo, había acabado en San Miguel de Allende. Sí, lo recordaba. De hecho, pensó mucho en Stern. Era el hombre de los instrumentos. Stern montaba artilugios que medían microvoltios a nueve mil metros de altura, y luego transmitían de vuelta cada oscilación de la aguja. Era un genio de ingenuidad, un manitas. Su pasatiempo, todo el mundo lo sabía, era arreglar relojes, con la cabeza inclinada y la lupa en el ojo. Al tratar de recordar su rostro lo que le vino a la memoria fue su cabeza inclinada, todo concentración, como una cigüeña abalanzándose sobre un pez. Habiéndolo medido todo, Stern lo había sabido todo, al menos en teoría era un sospechoso básico que, además, hablaba alemán. Pero no podía ser Stern porque aquel hombre estaba muerto, había muerto allí, en México, Tannis estaba seguro. Claro está que se podía amañar cualquier cosa en México, pero él lo había comprobado en su momento; lo recordaba. Él mismo había investigado a Stern sin hallar nada anormal. No obstante, tenía que estar seguro, tenía que volver a comprobarlo y sabía cómo hacerlo. Stern había sido una persona peculiar con respecto al dinero. No era tacaño, pero sí estricto, cuidadoso. Así pues, Tannis se dio un bonito paseo en coche por la 395 hasta Mojave y desde una cabina telefónica llamó a la base, donde solicitó hablar con un viejo conocido de Pagos y Pensiones. Quería un favor, le dijo. Estaba intentando encontrar a unos cuantos tipos de los viejos tiempos y quería sus direcciones. Le dio los nombres: Stern, Pritchard, Jackson, Kowalchuk… Pritchard era una invención, pero Kowalchuk estaba también en su lista. Un experto en diseño reticular, en gatillos por vibración, imágenes de objetivos y campos de visión. Resultó que vivía en San Diego. De Jackson no tenían constancia. Y habían interrumpido el pago de la pensión de Stern hacia más de diez años. «Murió en México. No hay ningún superviviente que reciba su pensión, así que no hay esposa. He tenido que mirarlo en los viejos archivos, no los han cambiado nunca.» Bien, Tannis conocía a su Stern: de haber estado vivo, de un modo u otro se las habría apañado para cobrar la pensión.