Vogel, Karl Rudolph.
Formó las palabras en su mente pronunciándolas en inglés y en alemán… y se produjo algo. No era un viego amigo exactamente, tampoco una explicación segura para la llamada, pero era algo. Y luego le vino a la mente una asociación que no habría esperado: caballos. Cerró los ojos y mientras sostenía el auricular vio la misma imagen que había visto una semana antes: la carretera hacia San Diego y la breve visión de una mujer con la espalda erguida cabalgando una y otra vez alrededor de un blanco corral con el sombrero volando al viento tras de ella. «¡Cielos! ¡Debo de parecerme a Dale Evans!»
Sí. Lo recordó todo. La mujer de Harper. Lo bastante británica y lo bastante burguesa como para diferenciar un lado de un pony del otro, le había encantado montar y durante su estancia en China Lake había alquilado caballos de un hombre llamado Vogel. El mismo Tannis había ido a cabalgar con ella en una ocasión y recordaba que ella le había contado dónde alquilaba las monturas, una «heredad», lo había llamado ella, un pobre rancho que pertenecía a un hombre cuya mujer había muerto. Tenía que cuidar de una niña pequeña, había una especie de situación doméstica vagamente trágica. Pero no podía recordar si Vogel hablaba en realidad alemán, de hecho, no recordaba al hombre en absoluto, aparte de su relación con Diana Harper. ¿Habría alquilado Harper también caballos? Pensando en ello, Tannis no estaba seguro, le parecía improbable, y no podía haber existido otro medio por el que Harper conociera a Vogel, ya que estaba seguro de que Vogel no había trabajado en la base y no había conocido a ningún científico, ni a Stern ni a Helmsley, a ninguno de ellos. Así pues, la única relación que existía era a través de su mujer y los caballos. Y ni siquiera eso era absolutamente seguro. Existía una dificultad que no podía aclarar. El rancho de Vogel, y sin duda la zona por donde Diana Harper solía cabalgar, estaba en el Valle de Indian Wells, al sudoeste de la base, pero el Vogel que acababa de encontrar pagaba sus impuestos por una tierra en el Valle del Panamint, 30 o 50 kilómetros al noreste. Tras investigar en la oficina del catastro descubrió que había comprado aquella tierra tan sólo dos años antes. O bien se había trasladado o no se trataba del mismo hombre.
En realidad Tannis no creía esto último. Quedaban un montón de preguntas sin respuesta. Si él no conocía a Vogel, ¿cómo lo conocía Vogel a él? La coincidencia era demasiado evidente: Harper, caballos, Vogel, todo encajaba a la perfección. Pero si era cierto, si los dos Vogel eran la misma persona, sabía que era prácticamente seguro que había descubierto al asesino de Buhler, de modo que incluso la más leve duda podía resultar desastrosa. Tenía que comprobarlo. Lo que de nuevo lo condujo a topar con el enrevesado gobierno local de aquella parte del desierto, ya que el Valle de Indian Wells está situado en el condado de Kern, cuyas oficinas gubernamentales se encuentran en Bakersfield, y Bakersfield quedaba a doscientos cuarenta kilómetros de donde se hallaba. Sin embargo no lo dudó. Llenó el depósito de la camioneta, compró cuatro barras KitKat y se puso en camino. Llegó hacia las tres de la tarde. Para entonces había situado mentalmente el rancho de Vogel, es decir, el rancho donde Diana Harper alquilaba caballos, con tanta precisión que lo encontró en el segundo libro de registro de la propiedad que le entregaron. Los dos hombres eran el mismo: Karl Rudolph Vogel. Tenían que ser el mismo… no obstante, había un detalle curioso. Según el registro, Vogel no había pagado impuestos por la propiedad del condado de Kern desde 1960 y ahora había una serie de gravámenes y embargos sobre la tierra. Así que, al parecer, la había abandonado, incluso se había ido de aquella parte del país, sólo para regresar muchos años más tarde y comprar una segunda propiedad. ¿Qué había ocurrido? ¿Adónde había ido y por qué había vuelto? ¿Y por qué había comprado una segunda propiedad cuando sólo pagando los impuestos atrasados podría haber reclamado la anterior? Pero aunque éstas eran preguntas muy interesantes, su importancia última dependía de la respuesta a la pregunta principaclass="underline" ¿hablaba alemán Vogel? Había un modo de descubrirlo. Desde una cabina telefónica marcó el número de Vogel. Contestó una mujer. Su voz era fuerte, clara y con un acento totalmente americano. Tannis vaciló, estuvo a punto de colgar, casi habló en inglés, pero luego decidió intentarlo:
– Ja, ich möchte Karl Vogel sprechen [19].
– Ah… lo siento… Er ist in diesem Augenblicke nicht da… [20] Lo siento, no hablo muy bien alemán. Mi padre no está.
– Comprendo. De acuerdo. ¿Sabe cuándo volverá?
– En realidad no. Está en Los Ángeles. ¿Quiere darme su nombre?
– No importa, señorita Vogel, no sabría quién soy. Pero llamaré más tarde. Gracias.
Colgó y, con el auricular aún en la mano, aspiró profundamente. Quizá el alemán de la chica no había sido perfecto, pero no había demostrado sorpresa alguna cuando le había preguntado por su padre en ese idioma. Sí, estaba casi seguro. Había dado en el clavo. Vogel era el hombre a quien Buhler buscaba, el hombre que había causado su muerte.
Eran ya las cuatro de la tarde, una hora razonable para tomar una copa cuando se acababa de resolver un caso de asesinato. Y Tannis estaba cansado. Había trabajado durante todo el día anterior y desde la siete de la mañana había recorrido 400 kilómetros o quizá más. Pero no se le ocurrió detenerse en ningún momento, como tampoco a un jugador de dados (él lo habría podido expresar así) se le ocurriría jamás pasar los dados al llegar su turno. De Bakersfield viajó a Ridgecrest, otros ciento treinta kilómetros, lugar donde se detuvo a poner gasolina y a comprar un montón de latas de Coca Cola en el Qwik Korner Deli; pero pronto estuvo en camino de nuevo. Un paso seguía a otro, la lógica del impulso lo arrastraba. Ridgecrest Boulevard. La carretera de Trona. A su izquierda apareció brevemente China Lake más allá de la valla, llano, marchito, cubierto de polvo, un paisaje de un marrón blanqueado sobre el que se cernía Lone Butte, una cicatriz gibosa y púrpura con una señal en cal para los aviones. La lógica del impulso. Como un mapa con su clave. Y él la había descubierto. Buhler-Harper-Vogel. Él había rastreado las conexiones. Al reclinarse en el asiento del coche y encender un cigarrillo, se produjo aquel salto característico en su interior, de modo que todo se veía aumentado, más lúcido y las perspectivas cambiaban, emergían los esquemas. Todo adquiría significado. Los primeros principios estaban claros. Si x, entonces… Sí, los primeros principios se abrieron paso a través de los datos, ordenando, seleccionando. Todo significaba algo, desde Buhler atravesando el Control Charlie hasta Diana Harper montando a caballo; desde la Tercera División Blindada entrando en Nordhausen hasta la Exhibición Aérea Tushino y, finalmente, «no hablaba una sola palabra de inglés». Sí, el significado había surgido de todo aquel caos. Como un destello de oro en la arena de la criba. Pero él era el único que lo veía. Era su secreto. Cuando subió por el Valle de Salt Wells y Poison Canyon, cuando alcanzó la cima que dominaba Trona, el mundo entero le pareció su secreto. Él mismo era un secreto. Solo. Las torres de hierro sobre las fábricas, los interminables giros de las cintas transportadoras, los montones de ceniza y sal, los negros estanques de desperdicios que se evaporaban, sólo él podía verlos. En todo el valle no había nadie más para verlos, sólo él y Dios, si había un Dios… y si no lo había, él era ciertamente invisible. Estaba solo en aquel vasto lugar, nadie más lo conocía, así que allá donde mirara se contemplaba en un espejo, como en un estanque donde brillara un perfecto reflejo de su rostro. Sabía todo lo que debía saber, todo se había vuelto inevitable, el destino. Sus ojos recorrieron todo el lado de la carretera, como rastreando huellas de caballos, como si buscar la relación entre el cadáver de Buhler y el nombre de Vogel fuera una mera continuación de la investigación que había iniciado a lo largo de aquel aluvión, un rastro evidente perdido en una zona de esquisto, recuperado de nuevo, borrado con un arbusto a modo de rastrillo, traicionado por fin por las brasas enterradas del fuego de la noche anterior descubiertas por el viento de la mañana. Y justo en el momento adecuado sus ojos se alzaron. En el desierto ciertas figuras son más claras con la distancia, como los cimientos de antiguos edificios que se revelan únicamente desde una cierta altitud. La carretera de Vogel era así. Al alzar la cabeza, Tannis la vio a ochocientos metros de distancia. Era una línea demasiado regular, demasiado blanca, que se curvaba hacia el norte y el oeste atravesando la llana superficie arenosa. Pero una vez que alcanzó el final con la mirada, aquella línea se perdió casi en detalles. No había letreros ni buzón, ni prueba real de que existiera una carretera en absoluto. Pero unas negras marcas de neumáticos revelaban el lugar donde alguien había girado, y las siguió.