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La puerta estaba cerrada; hubiera apostado dinero a que la habían cerrado con llave.

Empezó a subir los escalones, pero se detuvo. Algo le impedía continuar. Sintió una peculiar concentración de la atmósfera. Miró alrededor. A lo lejos, destacando sobre el horizonte hacia el oeste, distinguió las negras y dentadas colinas de Argus Range. Pero más cerca no podía ver nada más allá del borde de aquella cuenca polvorienta y rocosa. No soplaba el viento. Nada se movía. Desde el remolque no llegaba ningún sonido, ningún signo de que hubiera alguien allí. Pero desde luego, ella lo vigilaba y, por un momento, Tannis pensó que simplemente había sentido su mirada, que estaba siendo enfocado. Pero entonces recordó algo acerca de Harper. Harper había sido un experto en «cuerpos negros», absorbentes y emisores perfectos de los rayos infrarrojos; los atraían hacia sí con total eficacia, o les permitían irradiar desde su seno sin interferencia alguna… era, por tanto, un foco de otro tipo. Eso era lo que él sentía. Era el mismo fenómeno que antes. No había nadie más que lo viera, nadie más que lo observara. Aquélla era la única partícula de vida y todo se veía atraído hacia ella o irradiaba de ella. Había atraído a Vogel hasta allí; también a Buhler; también a él. ¿Por qué? La mujer lo sabía. La mujer, la niña, incluso la serpiente; de momento eran el meollo del misterio. Alzó los ojos hacia la puerta. Ella tenía la respuesta. Pero por supuesto mentiría, aunque se preguntaba por qué, porque él había sabido, siempre sabía, cuándo una mujer decía no pero en realidad quería decir sí, o cuándo un hombre hacía una apuesta pero era un farol. Nunca se equivocaba. Así que cuando llamó a la puerta y ella no la abrió inmediatamente, la aporreó con tal fuerza que el marco tembló. Y cuando finalmente ella la abrió, a Marianne apenas le fue posible ofrecer una excusa: «Estaba preparando el baño de Anna.» E incluso así, Tannis subió los peldaños tan rápidamente y con tal determinación que ella apenas pudo apartarse y él pasó rozándola. Se quedó cerca de ella, demasiado cerca para ser completamente normal, pero, tal como él había pensado, el hecho de que ella se alejara hubiera desvelado demasiadas cosas. Miró en derredor. Después de estar a la brillante luz del exterior, el remolque parecía muy oscuro. Parpadeó, oyendo más que viendo: el zumbido de un ventilador y una cinta colgada que revoloteaba empujada por su brisa, un grifo abierto, un silbido que no logró determinar. Sus ojos se adaptaron. Una salita de estar reducida y oscura, más allá, dos puertas. Y un umbral con una cortina de cuentas. La cocina estaba a la derecha.

– Debería darle las gracias… por lo de la serpiente.

Pero ni siquiera le concedió aquello.

– No, si no quiere.

Ella se apoyaba en el umbral de entrada a la cocina. Intentó encogerse de hombros, pero no lo logró. Él veía claramente que estaba asustada. Después de todo, tenía un arma en la mano y era un hombre corpulento. En aquel pequeño remolque parecía muy grande. Tannis podía pegarle. Podía sacarle la verdad a golpes, así de sencillo. Pegarle con la mano abierta. Eso era, pensó Tannis, tenía miedo de eso, pero no querría admitirlo. Así pues, su truco consistiría en permitirle comprender la verdad sin contársela de sus propios labios, sin que tuviera que pegarle. Se convertía de ese modo en una especie de juego. Una comedia. Sonrió otra vez. Cerca de ella, casi sentía su calor… bueno, era como la serpiente. Tannis dio media vuelta para adentrarse en la oscura y fría salita de estar. Estaba claro que iba a echar un vistazo, tanto si ella quería como si no, pero él percibía que la apariencia de normalidad era tan importante para ella que en su mente se estaría formando el pensamiento «¿Por qué no entra y se sienta?» Pero claro está, no lo dijo; no podía confiar en que su voz no la delatara. Todo había ido ya demasiado lejos. Tannis se encaminó hacia el umbral con cortina de cuentas. Era el dormitorio de la niña. Tenía una litera de madera pegada contra la pared; había unas muñecas agradablemente colocadas bajo la ropa de la litera inferior mientras que el vestido de la niña aparecía extendido sobre la superior. En la pared había un póster desvaído, los colores apenas visibles: «El Desierto Viviente de Walt Disney.» Retrocedió. Las cuentas sonaron al volver a su sitio. A un lado de la salita había un corto pasillo. Oyó a la niña al otro extremo, salpicando agua en el baño. Aparte de esa puerta había tan sólo una más y la abrió. Dentro encontró otro dormitorio con dos camas individuales pegadas a paredes opuestas y un tocador en medio. Estaba muy desnudo, una cárcel, un monasterio, un internado. Sin alfombras. Sin cuadros. El único signo de que alguien lo habitaba era un cepillo para el pelo sobre el tocador y un espejo colgado encima en el que vio a la mujer tras él, observándolo. Tannis sonrió, mirando las camas, de modo que ella pudo verle sonreír. «Pero no diré nada.» Cerró la puerta. Se dio media vuelta. Y ella se alejó hacia la salita de estar. Ésta tenía un toque más personal. En el suelo, esparcidas por todas partes, había capas de alfombras y mantas; mantas indias, mantas navajo, y otras colgando de las paredes. No había auténticos muebles, sólo cojines y más mantas enrolladas, para sentarse encima. En realidad la habitación en la oscuridad recreaba verdaderamente el ambiente de una tienda india, o de la de un beduino. ¿Sería aquello parte de la verdad? Se preguntó de nuevo si ella sería medio india, pero luego descartó tales pensamientos. La verdad sobre ella, sobre ella y sobre la niña y Vogel, era mucho más evidente. Como la carta robada [22]. Estaba a la vista de todos. En realidad, ya la había visto. Oyó a la niña cantando desde el otro lado del remolque, «You deserve a break today…» Vio un único parpadeo en los ojos de la mujer cuando la atención de él se centró en su hija, y fue aquello lo que finalmente le hizo hablar.

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[22] Se refiere a la carta que es motivo central del cuento de Edgar Alian Poe de ese mismo título. (N. de la T.)