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Un cañón al pie de Argus Range. Podía tener una profundidad cualquiera entre treinta y cinco y trescientos sesenta y cinco metros. En cualquier caso, la mujer tenía que estar en algún lugar por allí. Ni siquiera con un vehículo oruga podría haber ido más lejos. Finalmente, al azar, se encaminó hacia la izquierda, que era más o menos el sur. Luego, manteniendo el viento sobre la mejilla derecha, caminó unos cuarenta y cinco metros hasta que una hilera de rocas, como fragmentos de una gigantesca espina dorsal, lo detuvieron. Ahora, incluso en la oscuridad (aún no había estrellas), vislumbró un vasto risco que se elevaba junto a él. Era la pared del cañón. Lentamente, con la mano izquierda extendida hacia el lado, dio la vuelta y empezó a caminar rodeando la base. Formaba una pendiente rocosa, como un contrafuerte, y se movió lentamente a su alrededor, sabiendo que, en teoría, si seguía caminando, acabaría por encontrarla. En realidad no tuvo que ir demasiado lejos. Dos minutos después percibió el destello de una luz. Se paró en seco. La luz volvió a destellar. Se mantuvo. Era una pequeña luz blanca. Tannis no se movió. Una luz en la oscuridad puede resultar muy engañosa, pero él hubiera jurado que aquélla se encontraba a no menos de cuarenta y cinco metros. Miró fijamente un poco hacia un lado de la luz para aprovecharse de su visión periférica, y de nuevo la luz destelló. Pero entonces se dio cuenta de que en realidad no había lanzado ningún destello. La luz era constante, estacionaria, sencillamente la mujer, o alguien más, había pasado por delante de ella. Volvió a hacerlo, su sombra se movía, y luego Tannis vio que la luz era una baliza que señalaba la entrada de una cueva en el fondo de la pared del cañón. Una caverna. La contempló fijamente. Una gran sombra bostezó. Un escondite dentro de un escondite; y ella estaba esperando que Vogel acudiera.

Cualesquiera que hubieran sido sus expectativas, suponiendo que Tannis hubiera formulado alguna, ciertamente no había esperado aquello. Sin embargo, la misma medida de su sorpresa era satisfactoria. Aunque no comprendía qué significaba todo aquello, pensó que debía significar algo. Aun así no parecía guardar relación con nada más. Agazapándose tras una roca, trató de descubrir qué era. No se habían alejado mucho, la carretera de Trona debía de estar tan sólo a unos diez o doce kilómetros. No obstante, no estaba seguro. Seguía sin haber estrellas y no podía distinguir ninguna señal, pero dudaba de poder reconocer el lugar ni siquiera a plena luz. Un cañón, pero había docenas de ellos. Todos los grandes tenían nombres: Revenue, Homewood, Shepherd, Knight, Thompson; pero la mayoría carecían de nombre, eran desconocidos, raramente visitados. Todos ellos eran fallas de la Argus Range, que se elevaba mil ochocientos metros delante de él, y a lo largo de su cumbre se extendía la línea de sensores electrónicos que marcaban la frontera de la base. ¿Qué estaba haciendo Vogel allí? Como escondite era excelente, justo delante de sus narices, el último sitio en el que buscarían, pero obviamente era algo más. Todo lo que había descubierto ese día había requerido un plan de meses y años, no de unos pocos días. Por tanto, ¿qué pretendía Vogel? ¿Qué había interrumpido Buhler? Ésa parecía ser la pregunta, pero, habiendo llegado tan lejos, seguía sin tener la menor idea de la respuesta. Sólo le quedaba aguardar allí, esperando que apareciera.

Transcurrió más de una hora. Entonces, muy cerca ya de la medianoche, oyó un sonido, una rápida cadencia de piedras cayendo. Algo metálico golpeaba sobre roca y con los ojos de la mente vio una chispa, pero no estaba seguro de dónde. Dándose lentamente la vuelta, miró hacia atrás, pero un momento después, desde el lado opuesto del cañón y desde más alto, llegó una tos bronca y un peculiar gañido aspirado que tardó un instante más en identificar como el rebuzno de un borrico o de un asno. Después, unos instantes más tarde, oyó resoplar a un caballo. Gradualmente estos sonidos fueron acercándose, unidos, y comprendió que una pequeña hilera de animales recorrían un camino que debía de descender por la superficie del cañón. Tannis escudriñó hacia arriba con ojos inquisidores; una pequeña avalancha de piedras desparramaron un color plata en la noche y finalmente, como los detalles del tenebroso fondo de una antigua y oscura pintura, las formas se perfilaron sobre las sombras. Estaban bastante cerca. Cuatro borricos. Y luego un caballo conducido por un hombre. Surgieron de un salto, casi de las tinieblas, como si estuvieran justo encima de él. La luz parpadeó de nuevo en la cueva. Entonces cobró intensidad y se movió hacia delante. La mujer sostenía en alto una lámpara de tal manera que el resplandor caía sobre su cara. Los ojos centelleaban. Sus cabellos relucían, llenos de dorados puntos luminosos. Las sombras danzaban como antorchas durante la misa del gallo en una gran catedral, y casi se podía decir que así era, pues a la luz Tannis distinguió que la cueva estaba resguardada por un enorme porche de roca que sobresalía por encima. La mujer levantó aún más la lámpara. Tannis oyó el siseo… era una lámpara de gas con un manguito de incandescencia. Luego la mujer avanzó unos pasos sobre el terreno del cañón, el gas siseó con más fuerza contra el viento, y cuando ella se detuvo, el círculo de su luz cayó a no más de tres metros por delante de él. Tannis contuvo el aliento. Alrededor se alzaban las rocas como centinelas y se movían formas más allá de la luz como criaturas en torno a una hoguera. También aquella escena podría haber salido de la mano de un antiguo maestro y las sombras arremolinarse alrededor de un tema clásico, The Midnight Watch, The Flight, The Caravan Returns. Durante unos breves instantes, le invadió una sensación particular, la de algo ya visto; en alguna parte, ya había visto aquello antes. Su mente, de aquel modo tan característico, realizó casi su salto, lo proyectó a través del abismo entre el aquí y el allí. Pero en realidad él no se movió. Entonces, desde algún lugar más atrás, la niña llamó: «¡Mami! ¡Mami!», y luego la mujer misma exclamaba:«Bist du? Bist du?» [25]

Y la voz de un hombre respondió con brusquedad: «Ja, ja, Marianne. Nach innen! Innen!» [26]

Alemán.

Hablaban en alemán.

Por supuesto. «Adentro.» No obstante, ella no obedeció de inmediato, sino que, en cambio, alzó aún más la lámpara y Tannis distinguió los animales que se acercaban, los borricos con sus grandes orejas gachas y pesadas cajas sobre el lomo, verdaderamente como una antigua caravana que volviera al hogar, y luego el caballo y el hombre entraron en el círculo de luz: el hombre alto sobre la silla, pero encorvado y con un sombrero de ala ancha sujeto fuertemente a la cabeza con una cinta de cuero que pasaba por el mentón. Antes de que Tannis pudiera ver su rostro (¿quién es?, ¿por qué no le conozco?), la mujer apartó la lámpara y, con lentitud, golpeando suavemente la arena con los cascos, los animales se adentraron en las sombras de la caverna y desparecieron.

Tannis no se movió. Se sintió decepcionado. No, no había reconocido al hombre, pero tampoco lo había visto. Y su mente no había saltado, como él esperaba, aunque algo en su interior se había mantenido tenso y dispuesto, la mitad de él había ido hacia delante. Así que, cuando la procesión desapareció, se sintió como si retrocediera de un salto que no se había completado. Esperó. La luz lo había deslumbrado momentáneamente y la oscuridad, cuando volvió, era una especie de ausencia. Se sintió seco, vacío. No podía moverse. Había pasado por alto… ¿qué? El tiempo se había detenido. Entonces, de repente, alguien ocultó la luz. Una abultada sombra se acercaba a él. Era Vogel, que se marchaba de nuevo. Era demasiado tarde, pero Tannis se dio cuenta súbitamente de que la mujer sencillamente le había advertido que se fuera. Vogel, montando una pequeña yegua negra que debía de haber olido a Tannis, pues resopló y dio unos pasos laterales, fue visible tan sólo un momento antes de ser tragado por la noche. El ruido del los cascos del caballo desapareció por el camino del cañón, por donde antes habían llegado. Lentamente Tannis volvió a desviar la mirada hacia la cueva. La luz aún ardía, pero después de un rato parpadeó y bajó y luego pareció moverse hacia la derecha, hasta que se apagó. Esperó. Quizá transcurrió un minuto. Luego una luz mucho más débil se agitó en dirección a él y se dio cuenta de que era sencillamente la mujer con una linterna. Se acercó tanto que Tannis la vio. La niña, envuelta una vez más en una manta, iba colgada de su cuello. La linterna iluminó delante de ella y el coche brilló sombríamente durante unos segundos en un trozo de terreno despejado junto a unas rocas. Oyó los sonidos que hizo al subirse a él y arrancar. De nuevo sin luces. Tannis escuchó. El sonido se alejó; en un momento también el coche había desaparecido.

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[25] «¿Eres tú? ¿Eres tú?» (N. de la T.)

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[26] «Sí, sí, Marianne. ¡Adentro! ¡Adentro!» (N. de la T.)