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Pero interrumpió de inmediato aquella cadena de pensamientos, puesto que le conducía, inevitablemente, hacia delante y él quería seguir hacia atrás, como si esperara hallar un lugar para desviarse, un camino que le permitiera «dar un rodeo». Así pues, dio media vuelta y sus ojos se posaron sobre el libro que había estado leyendo antes, Doctor Faustus, de Thomas Mann. Era típico de Tannis. Sólo leía las más grandes obras, aquellos libros que todo el mundo afirmaba haber leído aunque no fuese cierto, como Don Quijote o Moby Dick. Se trataba de una edición en rústica que había doblado para señalar el lugar donde estaba leyendo. Lo abrió de nuevo y repasó la página buscando la palabra que había señalado con el pulgar: teonómico, ya que había detenido la lectura para buscarla en el diccionario (siempre lo hacía cuando no conocía el significado de una palabra). «El estado de sometimiento a la autoridad y gobierno de Dios.» ¡Sometido a Dios! Le hizo reír, y luego pensó: «No es extraño que esos bastardos lo hicieran», refiriéndose a Mann, a los alemanes y a la guerra.

Pero su mente empezó a retroceder, a lo largo del camino que el libro había trazado, porque lo había comprado en el camino de regreso de Los Ángeles la semana anterior. Recordaba lo siguiente: había conducido de vuelta como era habitual, y estaba completamente seguro de que nadie lo había seguido, pero había tomado el camino más largo hacia casa, conduciendo por la autopista de la costa hasta Point Mugu (el emplazamiento del Centro de Pruebas de Misiles del Pacífico) y dando un rodeo por Pacific Palisades. Fue justo entonces, cuando recorría la serpenteante y estrecha carretera a través de Rustic Canyon, con sus cabañas de troncos de millones de dólares situadas en lo profundo del bosque, cuando Tannis recordó que Mann había pasado la guerra allí, y se le ocurrió que, a pesar de hablar alemán con total fluidez (aquél era, de hecho, uno de los cimientos de su carrera como agente), no había leído nunca una sola palabra de la obra de Mann. De modo que prolongó el rodeo hasta Bakersfield y compró el libro. Lo había estado leyendo aquella tarde antes de que… Pero aún no estaba preparado para «antes» y «después» y ya se adentraba de nuevo en el pasado, esta vez siguiendo las huellas de la guerra y de Alemania. Abril de 1945. Bavaria. Sí, había caminado de vuelta a su jeep (no necesitaba recordar, estaba allí, oliendo el bosque, sintiendo la densa capa de agujas de pino bajo sus pies, y deteniéndose luego al ver al alemán por entre los árboles; la conmoción que le produjo le cortó la respiración, como si se hubiera topado con un animal salvaje) y, al llegar a su altura, había visto a un soldado alemán hurgando en la parte de atrás. Probablemente buscaba comida, estaba medio muerto de hambre. Todos lo estaban. El alemán no llevaba armas y su uniforme estaba hecho jirones. Mirándolo, mirándolo mientras el hombre no sabía que él estaba allí, algo ocurrió. Se sintió absolutamente tranquilo. Sabía que iba a matarlo. Podía hacerlo. Encendió un Lucky. El alemán sólo se dio cuenta de su presencia cuando él amartilló el Colt, y entonces levantó las manos, sonriendo, incrédulo quizás, intentando despertar un sentimiento amistoso, suplicante. Y entonces, mirándole directamente a los ojos, Tannis le disparó justo entre ambos, viendo en los ojos del hombre, justo en el instante antes de apretar el gatillo, un reflejo de los suyos. En el cuerpo del alemán halló unos pocos documentos de identidad, que quemó, pero también un encendedor Zippo de latón, que el alemán debía de haberle quitado a un soldado americano muerto… Y, al tiempo que se desvanecía el recuerdo, pensó en lo extraño que resultaba que pudiera recordar exactamente cómo era el alemán, pero que no lograra recordar a Harper. Harper. Pensó en Harper. Al parecer, de algún modo había conseguido tomar el desvío. Volvía al aquí y ahora. Sí, ¿cómo era? Sin duda habría una foto suya en el despacho. Harper. Resultaba difícil dar expresión a lo que significaba para él. ¿El cadáver enterrado? ¿El esqueleto en su armario? ¿Casi su Waterloo? Harper había sido británico, así surgían tales asociaciones en la mente. «Una mancha en tu historial, viejo.» En general, una catástrofe cercana a él. Pero no del todo. Y lo que había ocurrido en el pasado ya no tenía importancia, se dijo. Harper era una puerta que se estaba abriendo misteriosamente, pero ya sabía que no había nada detrás.

Tannis tomó aire, parecía haber estado conteniendo la respiración, y le dio la vuelta a su viejo Zippo de latón que llevaba en la mano. Estaba ahora en su despacho y recordó que había ido allí a buscar una foto de Harper. Sus ojos se movieron hacia la pared detrás del escritorio, una pared cubierta de fotografías. La mayoría eran de sí mismo en diferentes épocas y lugares, su vida en blanco y negro: junto a Little Giant, la máquina que los científicos de CalTech [4] habían utilizado para la extrusión de propelente; con su nuevo y elegante uniforme, listo para irse a Alemania a descubrir los secretos científicos del Reich… Marzo de 1945: cruzando el Rin en un bote de goma, diecinueve horas después que Montgomery… Abriclass="underline" sentado en su jeep, en alguna olvidada carretera bávara, con un Lucky colgado de los labios… Unas semanas más tarde: con el aspecto de todo un espía vestido con una trinchera caqui, charlando tranquilamente bajo los pinos del Instituto Hermann Göring con Adolf Busemann, inventor del ala en forma de flecha; habían cablegrafiado sus cálculos directamente a la firma Boeing a tiempo para rediseñar el B-47… Finalmente, doblándose por la cintura, Tannis halló lo que había estado buscando, una foto de grupo de ciertos científicos de visita en NOTS, en su mayor parte británicos de Aberporth, la base británica de Gales, presumiblemente en 1959 o 1960. Harper estaba de pie al fondo, pero debía de haberse movido, porque el rostro aparecía borroso, y Tannis apartó la vista de nuevo. No, ni siquiera podía recordar cómo era Harper. ¿Dónde estaba ahora? «Podría estar muerto por lo que yo sé.» Sí, pero regresando para perseguirle como un fantasma del pasado, recordado de nuevo por aquel hombre misterioso, el viego amigo. Que lo conocía desde hacía mucho tiempo. O al menos eso afirmaba. Pero ¿cuánto exactamente? Presumiblemente de la época en la que se había hecho aquella foto de Harper. Pero no era Harper. De pie en el despacho, Tannis rememoró la llamada en su mente, bastante seguro de lo que se había dicho. ¿Quién demonios podía ser? Varios nombres desfilaron de nuevo por su pensamiento, media docena. Trató de hacerlos corresponder con la voz, y si uno le pareció el más lógico (un científico que sin duda había conocido a Harper) también le pareció imposible, aunque sólo fuera porque aquel hombre estaba muerto. Muerto. Sí, todos estaban muertos, o al menos deberían estarlo.

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[4] Abreviación de Instituto Tecnológico de California. (N. de la T.)