Se acercó aún más a las máquinas y advirtió que aquella sección de la cueva formaba una sala aparte. Una pared de roca que se elevaba hasta el techo (aunque en realidad estaba demasiado alto para verlo) la separaba del resto. Contra esa pared había una gran mesa, algunas estanterías metálicas y un batiburrillo de las herramientas más usuales: martillos, almádenas, palancas, una sierra para madera. Y también un generador. Oyó su zumbido y luego lo vio, ingeniosamente rodeado de deflectores profusamente acolchados, como los lados y la parte superior de una caja que no ajustan bien. Seguramente los huecos evitaban el sobrecalentamiento. Se acercó a él y miró en su interior. Era un generador Yamaha de gasolina, pero mayor que el del remolque, que funcionaba silenciosamente. Junto a él había un pequeño panel eléctrico con una serie de interruptores. No tenían etiqueta alguna, pero él accionó uno y oyó el traqueteo de una bomba en algún invisible hueco de la caverna. Luego, al accionar otro, se encendió una hilera de luces a su alrededor: una línea de bombillas desnudas a lo largo de la pared del fondo y dos focos en un poste metálico a unos tres metros de altura justo a su derecha.
Dejó en el suelo su lámpara y miró alrededor, capaz de ver realmente por primera vez. Tannis reconoció por fin de qué se trataba. Aquellos extraños aparatos no eran reliquias de la Inquisición, sino anticuada maquinaria minera. Más exactamente, constituían un «equipo» de máquinas de desbaste de mena. El artilugio con rueda y mordaza era una sencilla trituradora de roca, la torre era un bocarte y el crisol una especie de retorta de extracción. Sólo podía significar una cosa: en alguna parte, y muy cerca, había una mina.
Tannis se quedó con la vista fija.
Durante unos segundos sencillamente no dio crédito a sus ojos, tan fantástica era la visión. Pero extendió la mano y tocó la cabria y era totalmente real, de frío hierro negro. Estuvo a punto de romper a reír. Pensó que debía de estar loco, o que alguien lo estaba. De repente recordó la letra de la vieja canción: In a cavern in a canyon/Excavating for a mine/Dwelt a miner, forty-niner/And his daughter Clementine [27]. La canción se adecuaba extrañamente a aquella curiosa escena: la caverna, el equipo, Vogel y Marianne, y también le retrotrajo a su adolescencia, cuándo la fiebre del descubrimiento era tan intensa como aquélla; una época en la que se aceptaban retos y se tenían héroes y se reía uno de las chicas, se cavaba en busca de un tesoro y se destripaban ranas para ver lo que había dentro. En realidad aquel descubrimiento, que era evidentemente el descubrimiento de un secreto celosamente guardado, le contagió exactamente de aquel modo adolescente y engreído. Sí, por Dios, ahí estaba, él lo había conseguido. Y los había vencido a todos, a Benson y Rawson y a aquellos memos del FBI.
Con tal acopio de energía (enfebrecido, pero resuelto a luchar contra ella y ya por fin inflexiblemente seguro de que sobreviviría y triunfaría; ése era su estado de ánimo), caminó hasta la peculiar rueca. Estaba en lo cierto; era una trituradora de roca. Prueba: había dos cajas apiladas junto a ella como las que había visto a lomos de los borricos. Las abrió. Estaban llenas de piedras; cuarzo, monzonita de cuarzo, riolitas, según iba identificando rápidamente, al vuelo; pedazos de roca de unos quince a veinte centímetros de diámetro. Impulsó la rueda. Pesadamente empezó a girar, haciendo que la gran mordaza de hierro girara afuera hacia un lado y descendiera para meterse en una tolva de hierro sujeta con pernos a un lado. La llenó de piedras (no era diferente de una tolva para una trituradora de carne); encontró un botón. Lo pulsó. Las luces parpadearon. Se puso en marcha un motor diésel. Todo el aparato tembló. Luego, lentamente, la rueda empezó a moverse, girando con un tosco esfuerzo, un movimiento no demasiado moderno, como si estuviera provocado por el vapor, pero en perfecta armonía con la naturaleza del lugar; como los molinos de los dioses. Igualmente implacable, la mordaza oscilaba hacia un lado y descendía al interior de la tolva, mientras la rueda se estremecía y se detenía casi, entonces aplastaba la roca y volvía a su lugar original. El ruido se hizo ensordecedor. Se elevó una neblina de polvo gris y saltaron chispas del hierro que golpeaba la piedra dentro de una espesa nube. Tannis notó que se le secaba la garganta y que el suelo temblaba bajo sus pies. A medida que iba siendo triturada, la roca caía a través de una criba en un recipiente que había debajo. Obedientemente, inclinándose y levantándose al ritmo cadencial de la máquina, Tannis arrojó más piedras a la tolva, piedra tras piedra hasta que sus manos quedaron llenas de arañazos y sangraron. Pero finalmente todo quedó reducido a gravilla, varios kilos de piedras reducidas a un diámetro de dos centímetros y medio.
Apagó el aparato. Le zumbaban los oídos y tenía el cuerpo empapado en sudor. Pero apenas se permitió una pausa. El recipiente de recogida tenía asas, como una carretilla. Con un fuerte gruñido (necesitó de toda su fuerza) la hizo rodar hasta la segunda gran máquina de la batería, la que parecía una pequeña cabria de petróleo. En realidad se trataba de un bocarte, increíblemente tosco, pero que funcionaba. La gravilla se introducía por una compuerta en la parte inferior del bocarte y se amontonaba en una serie de pesados matrices de acero del interior, un mortero, de hecho. Cuando puso en funcionamiento el aparato, una rueda levantó una columna de hierro (una mano de mortero de cuatro toneladas o más de peso) hasta alcanzar su tope y luego la dejó caer. La tierra tembló cuando aplastó los matrices de debajo. El eje volvió a levantarse. Tannis sintió que se mareaba y, cuando cayó una vez más, se quedó sin aliento. Tambaleándose hacia atrás cerró los ojos y se ahogó con otra nube de polvo duro y seco. Pero entonces una fina lluvia fresca le golpeó la cara. En algún lugar, automáticamente, se había puesto en funcionamiento una bomba y una delgada fuente manaba del ajuste flojo de una manguera, porque la gravilla, al tiempo que era pulverizada, debía ser continuamente humedecida por una corriente de agua que la arrastraba, sacándola de los matrices a través de una fina criba, y la llevaba hasta un estrecho e inclinado canal de descarga. La columna se elevaba y caía con un ritmo pesado y rápido (quizá daba setenta y cinco golpes por minuto), mientras Tannis alimentaba el aparato con gravilla como un fogonero haría con una caldera, o como un revolucionario haciendo funcionar la guillotina. La máquina no paraba y él, para mantener el ritmo, tampoco podía detenerse. Pasó una hora. Finalmente, cuando se sentía a punto de desfallecer, Tannis comprobó que el recipiente de recogida de piedra molida estaba vacío, apagó el bocarte y se quedó, jadeando, en silencio.
Soltó la manguera de la bomba y se roció la cara, después bebió un largo trago de agua fría. Descansó, aunque sólo cinco minutos, controló el tiempo tan cuidadosamente como un capataz. Luego, haciendo acopio de fuerzas, empezó a hurgar en las matrices de la base del bocarte con un pie de cabra. Había seis apilados en una caja metálica, muy parecidos a los de una imprenta. Supuso que los habían recubierto levemente de mercurio, ahora tenían incrustada una gruesa capa de fina arenisca rojiza. De la parte superior del canal de descarga retiró una placa de cobre semejante a las antiguas placas fotográficas, que también había sido recubierta con mercurio y que también estaba incrustada de arenisca. Se quedó atónito por la cantidad que había. Miró a su alrededor, sabiendo lo que tenía que encontrar, y lo halló al fondo de la cámara: una tosca mesa de trabajo con estanterías y herramientas. Cogió un martillo y un escoplo. Sabía que su siguiente tarea debía realizarse con sumo cuidado para que la delicada capa de mercurio sobre los matrices y la placa se estropeara lo menos posible, pero ése sería problema de Vogel, no suyo, así que arrancó la costra trabajando intensamente con el escoplo. Justo al alcance de la mano, pues era obviamente el lugar donde Vogel llevaba a cabo aquellas mismas operaciones, descubrió un almirez y una mano de mortero de acero con los que machacó los pequeños trozos de arenisca hasta convertirlos en un fino y brillante polvo. Después sus ojos recorrieron las estanterías para encontrar una botella fuertemente taponada. Mercurio, por supuesto. Como un hechicero, vertió la espesa corriente plateada sobre la arenisca pulverizada. De inmediato el polvo empezó a separarse, en parte se hundió, pero un buen puñado se quedó flotando en la superficie como espuma. Extrajo esta parte, agitó la mezcla y repitió el proceso. Finalmente vertió el resto del mercurio que quedaba libre, dejando así una especie de fango en el fondo del almirez. Con una cuchara de madera lo sacó y lo puso en una bolsa de tela, que luego estrujó y retorció, escurriendo así el mercurio del fango a través de la tela porosa, dejando que cayera en el almirez. Cuando hubo escurrido todo el mercurio, le dio la vuelta a la bolsa y una gota de «amalgama», mercurio combinado ahora con el metal atraído hacia él, cayó sobre la mesa. Formó con ella una bola. Tan sólo quedaba entonces un paso en el proceso y, aunque no lo había hecho nunca antes, sabía cómo realizarlo. Después de todo, tenía su licenciatura en químicas, por mundano que pudiera parecer ese título en aquel extraño lugar. Así que llevó la amalgama hasta el crisol, la última de las extrañas estructuras de Vogel. Era, en realidad, la menos extravagante. Consistía meramente en un pequeño tambor de acero, algo mayor que una lata de pintura, que estaba suspendido por encima de un vulgar quemador de propano. En el fondo había una junta de metal atornillada. La abrió, metió dentro la amalgama, luego volvió a cerrarla, tomándose la molestia de encontrar una llave inglesa, pues sabía que tenía que estar herméticamente cerrado. De la parte superior del tambor salía un tubo que se doblaba luego hacia la derecha para llegar hasta el suelo. Encontró un cubo, lo llenó de agua y luego metió el extremo del tubo en el interior.