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O al menos tal era su deducción y ahora sabía que debía arriesgarse a estar equivocado. Existía una posibilidad de que el helicóptero diera media vuelta para pasar de nuevo por allí, pero quizá tendría que esperar horas antes de estar absolutamente seguro de que se había ido, y no podía permitirse este lujo. No podía retrasarlo más. Corrió hacia el mulo y se subió a la silla de un salto. Antes de que el animal supiera lo que estaba ocurriendo, lo conducía ya colina abajo, de nuevo a través de los pinos, en pos de Vogel. Continuó descendiendo sin pausa alguna. Primero sobre el mulo, luego, cuando la cuesta se hizo demasiado empinada, se bajó y lo condujo tirando del ronzal, eligiendo su camino por encima de rocas y a través de pequeños bosques de envarados y espinosos pinos. En algunos aspectos la bajada era más difícil de lo que había sido la subida; pero ahora podía ver, y resultaba muy diferente. El sendero seguía la disposición del terreno, y en cada lugar que se prestaba a ambigüedad (¿debía girar a izquierda o a derecha?), buscaba una de las discretas señales de Vogel y siempre la encontraba. Tuvo que azuzar al mulo y gritarle; Príncipe protestaba, echaba las orejas hacia atrás y se afianzaba sobre sus pezuñas, pero cuesta abajo Tannis tenía todas las ventajas y se limitaba a tirar de él. Para empezar, estaban a cubierto, ya que los robles y pinos les servían de camuflaje y los escarpados lados del barranco proyectaban oscuras sombras por entre las que se movían. Pero progresivamente, a medida que bajaban, fueron saliendo al descubierto. Los árboles daban paso a matorrales y maleza, y la ruta del barranco se perdía en un amplio abanico de piedras y roca. Pronto el cálido y polvoriento aire del desierto, que ascendía hasta ellos, intensificó la luz del sol de la mañana. Finalmente, parpadeando ante su resplandor, Tannis se encontró en la llanura, al borde del desierto.

Se detuvo. Un poco más allá, como un faro que señalara aquella árida playa, había una gran roca, agrietada como por un rayo, y apremió al mulo para alcanzar su sombra. Sería el último refugio a cubierto en varios kilómetros. Inmediatamente por delante de él, aprovechando a duras penas la última sombra de las montañas, había un montículo formado por una artemisa y creosota, pero después empezaba el llano, agrietado, aplastado, silencioso, inmóvil; una única imagen gris que llenaba la mirada, repitiéndose interminable. Era casi hipnótico, cansaba sólo mirarlo. Pareció necesitar de un esfuerzo de voluntad para levantar la vista hacia la oscura línea en el horizonte donde la tierra se erguía de nuevo, formando las montañas y estribaciones donde Vogel se había ocultado. Entrecerrando los ojos contempló aquella imagen y repasó sus cálculos previos. En realidad la distancia no era tan grande. El mulo estaba fresco. Si lo mantenía a buen paso podría cruzar la extensión en una hora. Pero, claro está, no podía mantenerlo a buen paso. ¿Adónde había ido Vogel? Desde aquel punto la pregunta sería más difícil de contestar. Quizás el mulo conocía el camino, pero eso significaba mantenerse a su paso, que sería lento. Dudaba de que hubiera señal alguna. Aunque habitualmente Vogel pasara por allí de noche, habría luz suficiente para ver y quizá utilizaba una brújula. Tannis concluyó por tanto que tendría que rastrear sus huellas. No era imposible ni difícil si tenía un poco de suerte, pero le llevaría tiempo. Dos horas. Tres. Durante este período él y el mulo serían tan visibles como una mancha de pintura.

Fue ese pensamiento, conscientemente, el que le hizo dudar, pero en el fondo era la ansiedad que sentía al pensar en la caída de la noche. Mientras sus ojos recorrían el cielo (el perfecto e inmaculado azul de un pintor surrealista, punteado de tres nubes blancas, tan algodonosas como las que dibujaría un niño), tuvo de nuevo la sensación de que había pasado por alto algo decisivo que tenía justo delante de las narices. Todo era demasiado evidente. Pero no conseguía descubrir qué era. Había olvidado algo, en cualquier momento lo recordaría y exclamaría ¡claro! Y una vez más una voz le aconsejó que diera media vuelta, que se fuera mientras estuviera a tiempo. Como un alquimista, Vogel le iba guiando, como le había atraído hasta la carretera del aeropuerto de Trona, ¿pero cómo iba a dar media vuelta ahora? Haciendo pantalla con la mano, miró a lo lejos, pero si buscaba una señal que le diera permiso para marcharse, lo que vio fue exactamente lo contrario. En el éter parpadeaba un ojo brillante, un rápido destello, muchos kilómetros a su izquierda, bajo en el horizonte al oeste. Comprendió enseguida que se trataba de un reactor. El avión desapareció, pero sus ojos se movieron instintivamente a lo largo de su trayectoria y volvió a captarlo un instante más tarde. Debía acabar de salir del Armitage Field y ahora daba círculos, ganando altura. Cogió los prismáticos de Vogel que llevaba detrás. Pero antes de que los tuviera en la mano, el avión se ladeó y Tannis vio el perfil de sus alas altas en forma de flecha y luego, cuando se acercó a él, la entrada de aire del motor en el morro le enseñó los dientes como un tiburón. De este modo supo que se trataba de un F-8, un Crusader. Era un modelo antiguo. Se remontaba casi a la misma época que el propio Tannis. «El último de los Gunfighters», lo llamaban y en 1957 John Glenn había utilizado uno para realizar el primer vuelo supersónico atravesando Norteamérica. Aquellos aviones ya no estaban en funcionamiento, pero aún sobrevivían unos pocos por allí, ya que el centro de armamento los utilizaba como banco de pruebas aéreo. Ésa era la cuestión. Porque era imposible que el oficial de seguridad del polígono hubiera permitido que volara un avión de pruebas con un helicóptero dando vueltas por los alrededores. Así que no había absolutamente nada que lo detuviera, y cuando el sordo ruido de los remolinos de los grandes turborreactores Pratt & Whitney lo alcanzó, Tannis arreaba ya al mulo para adentrarse en el desierto.

Tannis se sentía inquieto, pero esto no afectó en absoluto a su eficacia. Siguió la pista de cualquier cosa, desde jeeps a coyotes, por aquel desierto, sabiendo en todo momento lo que estaba haciendo. Dejó que Príncipe hiciera el trabajo, Príncipe y sus propios ojos penetrantes, que captaban el fugaz vislumbre de un casco de caballo sobre la dura arcilla, siguiendo el vuelo de un cuervo durante kilómetro y medio hacia delante hasta que se posaba sobre un montón de estiércol. Y en una ocasión se agachó, caminó en cuclillas y examinó el horizonte hasta que descubrió la estructura medio enterrada de un avión zángano [28] Firebee, uno de los antiguos objetivos del Sidewinder. Había cientos de ellos esparcidos por el desierto. Aquél tenía el morro ligeramente enterrado y la pintura roja pulida por treinta años de viento de modo que ahora, a la luz del sol, brillaba como una baliza.

Y eso era precisamente, un mojón en el camino, ya que cuando llegó hasta allí a lomos del mulo descubrió una multitud de huellas de Vogel en la arena alrededor de la estructura. Había girado allí. Al parecer Príncipe recordaba incluso el lugar, pues bajó el hocico como un sabueso y trotó hacia delante. Así pues no le resultó tan difícil después de todo, y al otro extremo fue aún más fácil, ya que durante kilómetro y medio encontraron una serie de huellas claras a lo largo de tierras yermas cubiertas por una costra de sal. Se acercaba cada vez más. Utilizó los prismáticos. Por delante se alzaba la línea de acantilados, colinas como montones de arcilla gris que se hubieran amontonado allí y secado hasta convertirse en dura roca, agrietándose por el borde. Las fisuras eran barrancos o cañones. Había tres más o menos enfrente de él, los acantilados se desmenuzaban hasta llegar a tres abultados puntos, como muñones de una mano mutilada. Supuso que Vogel estaría en uno de ellos, aunque no era seguro. También cabía la posibilidad de que un barranco atravesara uno de aquellos acantilados hasta el valle y las colinas del otro lado, las cuales formaban Coso Range. La Mina Coso había sido un famoso filón de plata. Cuando la Marina llegó a aquel lugar había cientos de minas y había tenido que comprar los derechos de más de mil propiedades registradas, incluyendo la de su padre. Tannis se dijo, sin embargo, que si Vogel había tomado aquel camino, había escogido el más largo. Le hubiera resultado mucho más sencillo bajar desde el perímetro norte de la base, desde Darwin, permaneciendo en las colinas durante todo el trayecto, en lugar de atravesar aquel peligroso campo abierto. No, estaba seguro, Vogel estaba cerca, justo delante, en uno de aquellos barrancos.

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[28] Avión sin piloto, dirigido por control remoto. (N. de la T.)